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Ada Colau y Gerardo Pisarello, en una imagen el Ayuntamiento de Barcelona

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Opinión

Barcelona, entre la conformidad y la rabia

"Pisarello, cuando habla, no sólo no entusiasma, más bien consigue adormecer al personal, entre otros motivos porque pertenece a una formación que se dice de izquierdas pero que parece haber olvidado los problemas de los más pobres"

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La última encuesta municipal muestra que los barceloneses tienen aspiraciones contrapuestas, como era de esperar en una capital muy plural y diversa.

Un sector amplio y mayoritario quiere la estabilidad y opta por confiar en los partidos que, poco o mucho, han ayudado a ella (socialistas y republicanos) al tiempo que rechaza la indefinición eterna de Junts, que cae en picado, y también la de los comunes, que parecen haber perdido el norte.

Para esta parte de la población las cosas no van del todo bien, pero tampoco del todo mal y, desde luego, podrían empeorar si gobernasen demagogos de tallas diversas.

Collboni, como Illa, tiene proyectos para la ciudad, aunque sean a medio y largo plazo, y no resulta estridente lo que, en medio de gente propensa al alarido, se agradece.

Junto a ellos hay barceloneses irritados que han decidido irse a los extremos, aunque no presenten horizonte alguno. Votar contra todo, especialmente contra los partidos que, en cierta medida, prometen continuidad de un presente que desagrada.

Barceloneses a los que la vida les pone mala cara y desean que su malestar se generalice como forma ingenua de conseguir que algo cambie a ver si mejora.

Junts y los comunes se hallan en esa tierra de nadie de las formaciones que son de gobierno pero que hoy no contribuyen a la gobernabilidad. Se oponen a todo, pero se les ve claramente que, si gobernasen, no harían nada esencialmente distinto. Y encima lo harían peor, porque actuarían a regañadientes.

Aliança, la CUP, Vox (y a ratos el PP) se han hecho expertos en vender la nada y se conforman con ello porque les da réditos. No necesitan proponer, les basta con rechazar, con presentarse como recipiendarios de la mala baba acumulada.

Hay mucha rabia en una ciudad en la que, según el último informe de Cáritas, el 30% de la población se halla en fase de miseria tras haber pagado el coste de la vivienda.

Los indigentes sin techo, ya ni se toman en cuenta.

Algunos economistas sugieren que Barcelona y el conjunto de España son un típico exponente de una economía en K, en la que la riqueza crece muy rápidamente, pero se concentra cada vez más en menos manos.

El resultado es la incertidumbre respecto al futuro, lo que genera miedo, rabia y cabreo.

En este mar de dudas, PSC y ERC suponen la promesa de una cierta estabilidad que, al menos, satisface a las clases medias acomodadas. Pero para los desheredados no hay discurso que les arrastre hasta las urnas.

Se mire por donde se mire, Gerardo Pisarello no es Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York capaz de generar ilusión y esperanza hablando de problemas tan cotidianos como vivienda o transporte.

Pisarello, cuando habla, no sólo no entusiasma, más bien consigue adormecer al personal, entre otros motivos porque pertenece a una formación que se dice de izquierdas pero que parece haber olvidado los problemas de los más pobres. Eso que antes se llamaba la clase obrera y que, a juzgar por los discursos de esa misma izquierda, parece haber desaparecido.

Una izquierda enredada en la defensa de los derechos de las minorías, lo que no está mal, si no se pasa por alto la contradicción principal entre trabajo y capital que genera bajos salarios: un problema bastante extendido.

Aunque suene injusto, da la impresión de que la izquierda aposentada se ha olvidado de hablar de las necesidades básicas dejando el asunto en manos de movimientos sociales como el Sindicato de Inquilinas (sea eso lo que sea porque un sindicato no es) o Cáritas.

Es de esperar que este olvido sea sólo temporal y no se deba a que hayan perdido de vista su situación original: junto a los de abajo. No les vaya a pasar lo que decía Brecht, que para los de arriba hablar de comida es bajo y se comprende, porque ya han comido.