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Opinión

Dinero público sin control

"Los usuarios de Renfe sufren desde hace tiempo las consecuencias de la desatención de los dirigentes que ha tenido la empresa y de la desidia de gobiernos catalanes que sólo se acordaban de los presupuestos no ejecutados a la hora de llorar y atribuir a otros todos los males de la patria y de la matria"

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Una inspección en la estación de Sants ha concluido con dos personas despedidas, aunque eran seis las que llevaban a cabo las mismas prácticas. Entre los que no se han ido a la calle está el hijo de un directivo de Renfe que, casualidad de casualidades, empezó a trabajar cuando su padre accedió al cargo.

Estas personas estaban encargadas de facilitar billetes gratuitos a quienes, por motivos diversos, habían sufrido algún percance. Además de hacerlo, se los facilitaban también a sí mismos y a sus familiares. Y, cuando era posible, en la categoría máxima.

En toda esta historia hay, como poco, dos cosas un tanto extrañas. La primera, que sólo dos de seis se hayan ido a la calle. La segunda, que entre los que se quedan esté el hijo del gerifalte.

Y una pregunta ingenua: ¿estaba al corriente el presidente de la compañía? Si lo estaba, fatal; si no lo estaba, ¿qué hará con ese directivo que en la duda entre respetar las leyes y proteger al hijo ha optado por lo segundo sin contárselo a su jefe?

Porque muy de fiar tampoco parece. Salvo que invoque el dilema moral de Antígona.

Los usuarios de Renfe sufren desde hace tiempo las consecuencias de la desatención de los dirigentes que ha tenido la empresa y de la desidia de gobiernos catalanes que sólo se acordaban de los presupuestos no ejecutados a la hora de llorar y atribuir a otros todos los males de la patria y de la matria.

Muchos de los marrones que se come se deben a infraestructuras, túneles y otros materiales que ni siquiera son de su competencia, ya que dependen de Adif.

No importa: al final el dueño de ambas empresas es el Gobierno central, aunque su administrador, no siempre atento, sea el de la Generalitat.

A los grandes incumplimientos se añade, ahora, la vista gorda en las minucias. O sea: en permitir que todo vaya manga por hombro y siempre a cargo del contribuyente.

Pero lo peor no es la minucia: se mire por donde se mire, los acusados han producido un quebranto económico a una compañía pública que no va sobrada de dinero. El despido puede ser una primera medida cautelar para evitar que sigan con esas prácticas, pero ¿por qué no se ha notificado al juzgado?

La noticia coincide con otra en apariencia disímil: el Ministerio de Cultura ha comprobado que hay jóvenes que utilizan el bono cultural para irse de discotecas. Una función que no era la prevista inicialmente.

Al mismo tiempo, el Tribunal Superior de Andalucía ha confirmado el despido de una trabajadora de Renfe que se apropiaba de las indemnizaciones por retrasos en los trenes que algunos pasajeros no reclamaban.

Por no hablar del descontrol que se producía en la antigua DGAIA (Direcció General d'Atenció a la Infància i l'Adolescència) durante años. Era de tal calibre que llevó al Gobierno catalán a liquidarla y crear la DGPPIA (Direcció General de Prevenció i Protecció a la Infància i Adolescència) aquejada aún de parecidos males.

Hay un común denominador a todas estas prácticas: el bajo nivel de control sobre el dinero público.

No es nuevo y, en estos casos, es incluso muy menor por lo que hace a las cantidades, sobre todo si se compara con el supuesto 3% de CDC o con la Gürtel y Bárcenas, incluyendo sobres con billetes de banco para un tal M. Rajoy que los jueces no supieron identificar.

Todos estos hechos juntos ponen el foco en la necesidad de evitar que algunos avispados crean que tienen derecho de pernada sobre el dinero de todos.

Que los hurtos sean pequeños o grandes es irrelevante.

Viene al caso aquella historia que se cuenta del irónico George Bernard-Shaw. En una fiesta de la alta sociedad inglesa preguntó a una dama, como hipótesis, si se prostituiría por un millón de libras. La mujer dudó y luego admitió que probablemente sí. “¿Y por un par de libras, porque las llevo?” Inquirió el escritor que recibió una respuesta airada: “Usted ¿por quién me toma?”. “Eso ya ha quedado claro, señora, ahora discutimos el precio”.

El comportamiento de los despedidos (y de los que no han sido despedidos) está claro. El del padre de uno de ellos, con posibilidades de influir en la decisión final, también. Y el monto de lo defraudado es, como en el caso de la dama, una cuestión diferente.