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Una agente de la Guardia Urbana de Barcelona con un detenido / GUARDIA URBANA

Una agente de la Guardia Urbana de Barcelona con un detenido / GUARDIA URBANA

Opinión

Quien mucho abarca, poco aprieta

"Nos sobra épica y nos falta control de la realidad. A ver cómo le explicamos al próximo desahuciado por un fondo buitre que su derecho a vivir en Barcelona está por debajo del mercado de la vivienda. O al próximo apuñalado que tiene una visión falsa de la inseguridad ciudadana"

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Mientras robos y puñaladas van creciendo de manera exponencial en nuestra querida ciudad, el ayuntamiento no tiene idea mejor que reducir los efectivos de la guardia urbana durante el fin de semana, que es, precisamente, cuando más desgracia suceden en Barcelona. Llueve sobre mojado, si recordamos la no compra de pistolas Taser de hace un tiempo, que tan bien les habrían venido a nuestros polis para intervenir en circunstancias desagradables sin tener que matar a nadie. Me temo que, en ciertos sectores de la izquierda, se sigue considerando que la ley y el orden son obsesiones de la derechona.

Al mismo tiempo, se destinan fondos a la ayuda a Gaza (nuestro célebre distrito 11), que me parece algo moralmente válido, pero que, en mi opinión, competería a administraciones más amplias, como la autonómica o la nacional.

Un alcalde no es un presidente y debería centrarse, creo yo, en los asuntos que afectan más de cerca a su ciudad. En Barcelona, todos saben cuales son: una vivienda imposible, un control (inexistente) del turismo, unos trenes de cercanías que funcionan de pena y el incremento innegable de la delincuencia y las agresiones, que van del puñetazo a la puñalada, pasando por la violación y los tocamientos indeseados: tal como está el patio, la falta de efectivos policiales los días más complicados de la semana no es algo que invite al optimismo.

Evidentemente, quedas mejor preocupándote por los palestinos que por tus propios conciudadanos. Es más épico y te permite sentirte como el Bono de los munícipes. Pero yo diría que a un alcalde (y, si me apuran, a un presidente del gobierno: véase a un tal Sánchez, que ha convertido la política exterior en una prolongación o sustitución de la interior) no le hace falta la épica ni las ambiciones de mostrar altura moral.

Casi todos nos conformaríamos con un alquiler razonable, una buena práctica del transporte público y algún paseo tranquilo sin que apareciera algún perturbado a robarnos el móvil y la cartera o, directamente, a acuchillarnos (tanto da si grita Allah Uakbar o no).

El amor a Palestina, además, conlleva el asco hacia Israel. Y decisiones tan discutibles como romper la hermandad de Barcelona con Tel Aviv, la ciudad más, digamos, normal de Israel. O a meterse en tanganas con la Fira por acontecimientos en los que participa Israel y en los que, según nuestro consistorio, debería vetarse la presencia de los judíos. Ya la liamos con el congreso mundial de móviles y, a nivel nacional, con el festival de Eurovisión, un evento seudo musical al que no habría que acudir por un boicot a Israel, sino porque es un espanto multicolor para diversión de lo más tonto del colectivo LGBTI.

Zapatero a tus zapatos y munícipe a tu municipio. En ese sentido, no basta con declarar que los barceloneses tienen derecho a vivir en su propia ciudad, sino que hay que currárselo para que eso suceda. Tampoco es de recibo decir, como se ha dicho, que Barcelona es una ciudad segura y que la sensación de inseguridad que tienen sus habitantes es falsa. Como no lo es reducir el número de patrulleros durante los fines de semana y no comprarles las malditas pistolas eléctricas.

Nos sobra épica y nos falta control de la realidad. A ver cómo le explicamos al próximo desahuciado por un fondo buitre que su derecho a vivir en Barcelona está por debajo del mercado de la vivienda. O al próximo apuñalado que tiene una visión falsa de la inseguridad ciudadana.