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Interior Sagrada Família

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Opinión

Entre imaginarios

"La entrada a la basílica es más que magnífica y más que genial. Pero el interior parece los desfiles de turistas por las Ramblas"

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Escribe el filósofo Ferran Sáez en la revista Qüestions de vida Cristiana (@fjoanmaragall): “Si hay una persona y una obra que concentre mejor el legado cristiano de la cultura catalana moderna es, sin duda, Gaudí”.

Se lee en la editorial de esta publicación de la Abadía de Montserrat: “A nadie se le ocurriría pensar que los dos millones y medio de visitantes anuales que recibe Montserrat son todos fervorosos devotos de la Moreneta.”

“Ni tampoco que los cuatro millones anuales de personas que se distraen un rato en la Sagrada Familia ven algo más que la obra colosal de un genio singular”. Así es. Ven vigilantes que revisan, registran y tratan a los visitantes como terroristas en un aeropuerto.

La entrada a la basílica es más que magnífica y más que genial. Pero el interior parece los desfiles de turistas por las Ramblas. En un pequeño espacio reservado al recogimiento, hay pocos devotos. Y la salida del templo pasa obligatoriamente por la tienda de souvenirs.

Sólo un 28% de los jóvenes catalanes de entre 16 y 34 años afirman ser católicos y los practicantes no llegan al 14%. Por ello, el éxito de Rosalía con simbología religiosa y la Escolanía de Montserrat “no demuestra un retorno de Dios y la religión”. Misterios de la fe.

Por su parte, el profesor y periodista Miquel Calsina deduce que los imaginarios que constituyen un “lenguaje intangible […] son más parciales y más efímeros, a menudo dominados por la inmediatez, la emoción, el imperialismo de la objetividad y el cientificismo”.

En estos tiempos de desasosiego y angustia ante lo imprevisto, el imaginario religioso aporta una sensación de pertenencia a la comunidad de creyentes y refuerza sus valores culturales. Aunque esto tampoco presupone el regreso de la religiosidad perdida.

Otro imaginario estudiado por el catedrático Sergio Pardo es el del control migratorio. “La defensa cultural de la identidad no es necesariamente xenófoba”, afirma. Lo mismo que podría decirse de la defensa de la identidad religiosa. O de la lingüística.

Como la identidad social, todas están basadas en miedos culturales. Unos temores que se trasladan a la tensión entre la tradición cristiana y los migrantes musulmanes. Y a la incompatibilidad entre los códigos de valores de ambas religiones.

Pardo admite que “desgraciadamente, el paradigma multicultural ha generado resultados decepcionantes”. A ello se suma el constante crecimiento del laicismo en Europa y gran parte de Occidente.

Lejos quedan los buenos deseos de Ferran Sáez. Sostiene que románico, gótico, Sagrada Familia y la poesía de Verdaguer o Maragall tendrían que ser patrimonio de todos los catalanes, “vengan de donde vengan y tengan la fe que tengan o no tengan ninguna”.

Por el contrario, en la llamada era de la hipocresía, la Catedral de Barcelona cobra entrada a toda persona que no resida en Barcelona. También a los nativos barceloneses que viven fuera de la ciudad. Igual que si fuesen visitantes japoneses.

Si esto no es otra discriminación que daña al imaginario y a la fe en la Iglesia, que bajen los dioses y lo vean.