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Manifestación con el lema ‘No a la guerra’ en 2003 en Barcelona

Manifestación con el lema ‘No a la guerra’ en 2003 en Barcelona ICIP

Opinión

Lecciones municipales de aquel ‘No a la guerra’

"La historia se repite y también los eslóganes, las pancartas, las soflamas y las estrategias electorales 25 años después. Quien aspire a gobernar Barcelona haría bien en reflexionar si ello no acrecentará la fuerza de los extremos a diestro y siniestro o si afianzará y agrandará la actual fragmentación política municipal"

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La precampaña y la campaña electoral municipal del año 2003 vinieron marcadas por un contexto de movilizaciones ciudadanas y de proclamas partidistas cuyo epicentro era el rechazo al conflicto bélico en Irak bajo el eslogan del “No a la guerra”. En ese tiempo, el propio presidente de los Estados Unidos, George Bush, llegó a ejemplificar en Barcelona las protestas promovidas.

En aquel entonces era el candidato del Partido Popular a la alcaldía. Lo fui en un clima de hostigamiento callejero, político y personal. Durante meses, la escolta policial que me acompañaba fue reforzada, mi agenda de actos públicos saboteada por activistas de la izquierda más extrema e, incluso, agredido físicamente por presuntos pacifistas.

Hasta en el mismo debate electoral de alcaldables que organizaba la FAVB se pretendió impedir mi presencia y, con ella, excluir a los miles de vecinos a los que representaba y represento. Todo “muy democrático”.

En aquellas elecciones municipales de 2003 marcadas por el episodio bélico, el PSC retrocedió de 20 a 15 concejales y el PP incrementó los suyos hasta los 7 que era su mejor resultado electoral hasta el momento (en el 2011 obtuve 9 ediles).

La distancia entre socialistas y populares se redujo a la mitad. ERC subió de 2 a 5 munícipes e IC, hoy los comunes, de 3 a 5 y CiU, ahora Junts, consiguió 9.

Un cuarto de siglo después, otro conflicto sacude la paz mundial, pero con Irán en la contienda. Otra vez, el unánime rechazo a la violencia se torna en una partidista e interesada proclama electoral.

Es la misma izquierda que, lejos de su centralidad, se entrega a sus extremos. Se radicaliza en discursos, pero la paz les importa poco. Solo les interesan los comicios. Es la oportunidad para su movilización ante unas elecciones que las saben perdidas por la reprobación ciudadana a su gestión en el gobierno de España. De la misma son corresponsables tanto sus integrantes como sus socios parlamentarios que los aunaron.

Todos, absolutamente todos, izquierdas o derechas, catalanes que nos sentimos españoles e independentistas, rechazamos las guerras. Aquellos que están dispuestos a repetir aquel eslogan del “No a la guerra” confío que sean conscientes de que no vuelvan los enfrentamientos ni las violencias y amenazas que en su día se produjeron y vertieron.

No confundo a Donald Trump con los EEUU ni comparto que desde allí se haga lo mismo con España y Pedro Sánchez. Sigo creyendo en un eje atlántico, democrático y de progreso, pero no en un anquilosado antiamericanismo por rancios neocomunistas y socialistas acomplejados o carentes de todo escrúpulo político.

Apuesto decididamente por una Europa más unida y fuerte como el mejor antídoto para nuestra propia defensa y seguridad y garante de paz y disuasoria de guerra.

No creo que el antecedente barcelonés le interese a un Pedro Sánchez que promoverá política de la mala al ser incapaz de presidir un gobierno del bueno. Deploro la guerra, los insultos y los ataques a mi país de Donald Trump, pero también el intento de distorsionar desde la izquierda y los ultrazurdos la realidad.

Quiere convertir a Trump en el candidato ficticio que batir porque los suyos son batidos en las urnas por su deplorable gestión de gobierno.

La historia se repite y también los eslóganes, las pancartas, las soflamas y las estrategias electorales 25 años después. Quien aspire a gobernar Barcelona haría bien en reflexionar si ello no acrecentará la fuerza de los extremos a diestro y siniestro o si afianzará y agrandará la actual fragmentación política municipal.

Debiera reflexionar si el actual alcalde Jaume Collboni verá su minoría absoluta actual de solo 10 concejales, sobre los 41 del consistorio, aún más reducida en sus ediles obtenidos, como sucedió ya en el año 2003.

Y todo con el daño colateral grave de que será mayor, cuando no imposible, la dificultad de alcanzar acuerdos de gobernabilidad entre fuerzas distintas y distantes de la centralidad y con un epicentro de ciudad escorado hacia sus extremos.

La historia se puede repetir, pero sería importante que quien nos gobierna en Barcelona, Cataluña y España no tropiece dos veces en la misma piedra. Aunque creo que eso es mucho pedir.