Imagen de archivo de la Jefatura Superior de Policía de Catalunya
Vía Layetana: suma y sigue
"Pese a lo que digan los nacionalistas que creen ser de izquierdas, la comisaría de Vía Layetana tiene todo el derecho del mundo a seguir siendo una sede policial"
Uno de los bulos (culturales) más insistentes sobre el franquismo asegura que doblar las películas extranjeras al castellano fue una imposición del régimen, lo cual no es cierto, ya que las películas también se doblaban durante la república: el espectador español, de izquierdas o de derechas, siempre se ha mostrado muy reacio a los subtítulos (“Yo no voy al cine a leer”, clamaban unos y otros. Y lo que es peor, lo siguen diciendo).
En el ámbito político, también se ha hecho correr la voz de que en la comisaría central de la policía en Barcelona se empezó a torturar durante el franquismo, cuando, lamentablemente, ya era una práctica habitual en la Arcadia republicana.
Lo único que hizo Franco fue sustituir a los infames hermanos Badia -que se ponían las botas maltratando a los anarquistas, motivo por el que estos los acabaron quitando de en medio- por el no menos infame comisario Creix, que se lo pasaba pipa apaleando a obreros y rojos en general en las mazmorras del edificio de la Vía Layetana.
La izquierda local (y los nacionalistas, por motivos obvios) se olvidó convenientemente de los hermanos Badia y se centró en el comisario Creix para denunciar exclusivamente las torturas del franquismo. De ahí su obsesión por desmantelar la comisaría y convertirla en un centro destinado a la memoria histórica.
Por la cuenta que le traía, Pedro Sánchez aceptó lo de la memoria histórica, pero, haciéndose el ecléctico, decidió que ese supuesto centro histórico podía compartir tranquilamente las instalaciones con los garantes de la ley y el orden. Una decisión, lógicamente, que no satisfizo a prácticamente nadie, pero que ahora Illa defiende con firmeza ante los últimos intentos de los de la memoria histórica (y un pelín histérica).
Uno cree que los edificios no son culpables del uso que se haga de ellos. Pueden ser cualquier cosa que queramos que sean. Véase el caso de Madrid: la comisaría de la Puerta del Sol, donde también se repartió la leña al rojo con generosidad es ahora la sede del gobiernillo de la comunidad autónoma.
Aquí, como ya teníamos un edificio que había albergado a la Generalitat, no hizo falta recurrir a otro edificio bien situado: la Diputación, que debería haber desaparecido por pura lógica, fue trasladada a otra parte para que los partidos políticos pudieran seguir repartiendo cargos y puestos de trabajo entre sus leales y aquí paz y después gloria.
Uno no cree en todas las iniciativas de los forofos de la memoria histórica. Aparte de cuatro masocas que quieran visitar una reproducción del cuarto en el que Creix repartía sopapos a los rojos detenidos, ¿quién puede tener interés en ver con sus propios ojos el asco que daba la comisaría de Vía Layetana durante el franquismo y que es el mismo que debía dar durante el período republicano, cuando Companys hacía como que controlaba la Generalitat?
Pese a lo que digan los nacionalistas que creen ser de izquierdas, la comisaría de Vía Layetana tiene todo el derecho del mundo a seguir siendo una sede policial. De hecho, el timo de la memoria histórica oculta un deseo menos confesable: que la policía nacional desaparezca del centro de Barcelona, lo cual habría facilitado las algaradas del prusés, entre otras desgracias.
Personalmente, yo no necesito que me recuerden las atrocidades policiales del franquismo. Quiero creer que la policía de ahora no tiene mucho que ver con la de entonces. Y en algún sitio tiene que trabajar: no se me ocurre ninguno mejor que el centro de la ciudad.
La opción Sánchez ha sido una chapuza más de las suyas. Comisaría central y centro de memoria histórica. Todo en uno. Esta obsesión enfermiza por el pasado (y su reescritura como más nos convenga) se lleva mal con el presente y, sobre todo, con el futuro, pero es muy propia de un país en el que muchos disfrutan arrojándose mutuamente los cadáveres de sus abuelos.
Recordemos si queremos, pero olvidar también es respetable, sobre todo cuestiones infames que ya no rigen.
Aparquemos la memoria histórica por un momento y dejemos trabajar a la policía, algo más necesario que nunca en una época en la que proliferan en Barcelona los tiros, los navajazos, los pandilleros y los mafiosos, aunque el alcalde insista en que todo es cuestión de percepciones.