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Imagen de la campaña del Ayuntamiento, 'Poca vergonya'

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Opinión

Habermas en Barcelona: la campaña cívica del alcalde Collboni

"El espíritu de Habermas está hoy en Barcelona, si analizamos la campaña de comunicación para fomentar el civismo que ha puesto en marcha el Ayuntamiento de la ciudad. Para Habermas la ciudad no es sólo un espacio físico, es una esfera pública en la que se interrelacionan los ciudadanos. Éstos no pueden limitarse a “consumir” la ciudad sino que deben constituirse en actores comunicativos"

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Una tristeza inmensa. El filosófo y sociólogo Jürgen Habermas falleció este sábado a los 96 años. Se va uno de los pensadores más lúcidos de los últimos cincuenta años, y nos deja en un momento realmente crítico.

Su apuesta por la razón, siguiendo la tradición kantiana, se desprecia hoy. Las pulsiones, la deriva bélica, los insultos y las descalificaciones hacia los que no piensan igual son hoy la tónica.

Quizá Habermas pueda considerarse un revolucionario, porque lo que defendió a lo largo de toda su vida supone un esfuerzo, una manera de estar en el mundo, una defensa del otro, un respeto hacia cualquier interlocutor y todo eso se rechaza con el argumento de que no es eficaz, de que no lleva a ninguna parte y que muestra un pensamiento débil, ingenuo incluso.

Habermas denfendió el llamado “patriotismo constitucional”, con la premisa de que la creencia en unos determinados valores cívicos, en un orden normativo que se ha alcanzado tras un gran consenso, debe estar por encima de cualquier sentimiento de tribu. Estuvo siempre en su cabeza la experiencia alemana, y la necesidad de superar un pasado muy oscuro, cuando esa pasión nacionalista y étnica llevó al asesinato de millones de seres humanos.

El espíritu de Habermas está hoy en Barcelona, si analizamos la campaña de comunicación para fomentar el civismo que ha puesto en marcha el Ayuntamiento de la ciudad, que dirige el acalde Jaume Collboni.

Para Habermas la ciudad no es sólo un espacio físico, es una esfera pública en la que se interrelacionan los ciudadanos. Éstos no pueden limitarse a “consumir” la ciudad –ese es cada vez más uno de los grandes problemas que sufren las urbes globales—sino que deben constituirse en actores comunicativos.

Se puede y se debe discutir con argumentos en una democracia que, por fuerza, debe ser deliberativa. No se trata de votar cuando se produzca la llamada a las urnas, sino de actuar como uno miembro comprometido.

Ser cívico supone el reconocimiento del otro. Las normas no se deben respetar sólo para evitar una multa, sino porque se entiende que esas reglas son el resultado de un acuerdo racional para que la convivencia sea posible.

No vale el supuesto éxito de cada uno, el ganar espacio en la ciudad, o imponer el ruido. Cada uno debe actuar bajo una conducta que pueda ser justificada ante los demás.

Respetar los espacios públicos es vital para asegurar una democracia de calidad: parques, bibliotecas o centros sociales. La ciudad, por tanto, es para Habermas una gran mesa de diálogo donde las acciones son mensajes que deben buscar el respeto mutuo.

El nombre de Habermas, por tanto, se asocia a “esfera pública” y a “acción comunicativa”. Y a racionalidad, a diálogo entre iguales.

Esos principios, claro, no se han interiorizado. O no por parte una parte significativa de los habitantes de Barcelona, sean locales, temporales o turistas de paso. El Ayuntamiento entiende que una campaña comunicativa puede enderezar la situación, hasta el punto de incrementar las multas en caso de incivismo.

Las principales tipologías de incivismo detectadas en las calles son el consumo de alcohol, el ruido nocturno, las micciones y la suciedad, además del deterioro del mobiliario urbano y actos vandálicos.

¿Es complicado entender a Habermas? No, es fácil. Pero requiere un compromiso, exige responsabilidad individual y reclama que se utilize la cabeza y no el estómago.

Collboni desea una ciudad más cívica. La campaña, lanzada con el lema de Poca vergonya incide en que cada acto incívico tendrá consecuencias. Pero el alcalde sabe que las multas lo que pretenden, en realidad, más que suponer un dispendio económico, es un toque de atención para que cada uno haga examen de conciencia. ¿Qué hacemos en el espacio público y por qué lo hacemos?

Y ahí aparece Habermas, que no está muy de moda, que es incómodo, que ya no está entre los vivos, para recordar con su enorme obra que las democracias deliberativas son la mejor construcción que haya realizado el ser humano. Y que sería un drama que se fueran por el desagüe.