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Vivienda en alquiler en Gràcia / HOSTMAKER

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Opinión

La obscenidad del alquiler: los inquilinos pobres hacen más ricos a los propietarios

"Hay una avalancha de liquidez, que se ha canalizado hacia fondos de inversión y élites patrimoniales. Y no han dejado de adquirir viviendas a gran escala. En todas las grandes ciudades del mundo. Allá donde pueden hacerlo"

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El propietario que vive en un piso, y que ha podido ---por varias razones—adquirir otro y lo alquila para tener un complemento a su pensión, no debe ser repudiado. Al contrario.

Pero se ha producido en las últimas décadas un proceso –intensificado tras la crisis financiera y económica de 2008—que puede ser determinante para romper las sociedades: la vivienda se concibe como un activo financiero y una clase rentista se enriquece cada vez más a costa de generaciones de jóvenes y de trabajadores precarios que sólo pueden aspirar al alquiler.

Es una transferencia de rentas hacia las clases más pudientes. Y eso puede ser –lo es ya—un problema político de primer orden.

La tesis la desarrolla Javier Gil, investigador del CSIC, en su libro Generación inquilina (Capitan Swing). En Barcelona lo que apunta Gil se cumple a rajatabla, y, por ello, las administraciones públicas han comenzado a actuar, aunque el retraso es muy considerable.

La economía global cambió de forma sustancial a partir de 2008. Si el flujo de crédito se había dirigido hacia los hogares, que se habían endeudado, con la aspiración de llegar a ser clase media, ahora el crédito se concentra en los mercados financieros.

Hay una avalancha de liquidez, que se ha canalizado hacia fondos de inversión y élites patrimoniales. Y no han dejado de adquirir viviendas a gran escala. En todas las grandes ciudades del mundo. Allá donde pueden hacerlo.

La propiedad se ha concentrado y se ha excluido de ella a una mayoría. Y aparece una “generación inquilina”, que sólo puede aspirar a pagar un alquiler, por obligación, no por elección.

Gil habla de una gran contradicción, y es que el capitalismo ha convertido la vivienda como una fuente de riqueza, pero ésta se vuelve inaccesible para la mayoría.

Y la sociedad se parte en dos: los que acumulan propiedades y rentas y los que sólo pueden vivir de alquiler, transfiriendo riqueza hacia arriba, de tal suerte que los beneficios de unos suponen el empobrecimiento de otros.

Si tenemos un contexto de bajo crecimiento, pero de alta rentabilidad del capital, los que poseen activos acumulan riqueza “a un ritmo muy superior al de la economía real”.

El autor de Generación inquilina se apoya en el economista Piketty, quien sostiene que el siglo XXI corre el peligro de parecerse más al XIX que al siglo XX.

Las administraciones corren ahora para construir más vivienda, y una parte sustancial como vivienda protegida. Pero más vivienda, a no ser que sea pública –y que no pueda cambiar de manos—no garantiza precios más asequibles en el futuro, porque pueden ser adquiridas por esos fondos especializados.

Con datos de la Agencia Tributaria, se comprueban esas diferencias. Los caseros son el grupo de mayor renta, incluso sin los alquileres. Ganan unos 51.000 euros, por los 19.758 de los inquilinos.

Los caseros sin la renta del alquiler, ganan 40.515 euros. Los propietarios que viven en sus viviendas obtienen 34.954 euros.

No se trata de agitar la bandera contra ese propietario que ha podido adquirir otra vivienda y la ofrece al mercado del alquiler. Pero sí, siguiendo a Gil, de centrar el debate: si el capitalismo abogaba por una sociedad de propietarios, hoy el propio capitalismo lo imposibilita.

Y el empobrecimiento continuo de una parte cada vez mayor de la sociedad deriva en un problema político de primer orden, aprovechado por populistas, y la extrema derecha cuyas recetas van en dirección contraria a la solución de esa enorme desigualdad.