El Papa en Montserrat Montserrat
Mosén Faustino tiene razón
"Estamos tan acostumbrados a las inconveniencias de los separatistas que es como si reconociéramos que tienen razón en todo. Y cuando sale un señor de Tanzania a recordarnos la realidad en que vivimos, nos sorprendemos, nos escandalizamos y recurrimos al llanto y crujir de dientes. Sí, Cataluña está en España y el único idioma que estamos obligados a hablar es el español"
La tabarra nacionalista para que el Papa hablase catalán a su paso por Barcelona no se ha limitado al Sumo Pontífice. Aprovechando la coyuntura, el lazismo, convenientemente azuzado por Puigdemont desde su lujosa madriguera en Flandes, ha extendido su condena al arzobispo de Barcelona, Juan José Omella (baturro recalcitrante que se empeña en utilizar el castellano en sus alocuciones y que, según els de la ceba, no ha movido un dedo para normalizar a León XIV) y hasta al cura de la parroquia de Sant Agustí, en el Raval, Faustino Mlegwa, natural de Tanzania, que no utiliza jamás el catalán en el trato con sus feligreses.
Aquí, lo natural ante el asedio independentista, es bajar la testuz y darle la razón a los que se inmiscuyen en tu vida, como hace constantemente el presidente de la Generalitat, creyendo que así contribuye a implantar la paz social. Por eso sorprende que mosén Faustino se mantenga en sus trece y tenga el descaro de afirmar que el español es la lengua nacional de España, incluyendo Cataluña, que para eso forma parte de España. Como era de esperar, estas obviedades han soliviantado a ciudadanos y políticos nacionalistas, que siguen viviendo en una agradable irrealidad según la cual el catalán es la lengua propia de Cataluña, aunque las estadísticas lo desmientan.
Estamos tan acostumbrados a las inconveniencias de los separatistas que es como si reconociéramos que tienen razón en todo. Y cuando sale un señor de Tanzania a recordarnos la realidad en que vivimos, nos sorprendemos, nos escandalizamos y recurrimos al llanto y crujir de dientes. Sí, Cataluña está en España y el único idioma que estamos obligados a hablar es el español. Y si el Papa se ha tirado cuarenta años en Perú y habla español mejor que usted y que yo, no hace falta darle la lata con la exigencia de que cambie de idioma para contentar a unos cuantos amargados permanentes.
Me dirán ustedes: Hombre, mosén Faustino lleva ocho años en Barcelona y ya podría haber aprendido catalán, siguiendo el ejemplo de la monja Lucía Caram, tucumana de nacimiento, antigua groupie de Artur Mas y catalana de adopción. Es cierto, pero no se le puede obligar porque con el castellano va que chuta para apañarse con sus feligreses y porque tiene razón cuando afirma que Cataluña está en España. Lo que pasa es que estamos tan acostumbrados a darles la razón a los lazis (como a los locos) para tener la fiesta en paz que cuando alguien explica como son las cosas, se producen oleadas de santa indignación y de divina impaciencia.
Mi amigo el actor Emilio Gutiérrez Caba aprendió catalán a base de pasar los veranos en su casa del Ampurdán. Bien por él. Pero nadie le obligó. Simplemente, a base de tratar con los lugareños, optó por hablarles en su idioma. Pero no todo el mundo dispone del don de lenguas de Emilio, y no por ello hay que incluirlos entre els que ens volen anorrear. Dijo Josep Pla que los catalanes son unos españoles a los que se ha dicho que tienen que ser otra cosa. ¿Y quién se lo ha dicho? Pues los políticos, los de Omnium y los de la ANC, que siguen insistiendo en el asunto y tratando de envenenar la convivencia para crear una Cataluña irreal en la que puedan sentirse cómodos.
Los que cambiamos de idioma veinte veces al día y luego no recordamos si hablamos con alguien en castellano o en catalán no arrastramos el sufrimiento y la frustración que separa a los lazis de las personas más o menos normales. Los objetivos inalcanzables conducen a la frustración. Y la frustración, a la mala baba. Y si esa mala baba goza de cierto poder, por pequeño que sea, no se libra de ella ni el Papa de Roma. Ni, por supuesto, un humilde párroco negro al que ha habido que recurrir por culpa de la falta de vocaciones en la Cataluña catalana.