Una turista fotografiando la Sagrada Família
Adiós a Nueva York
"Nueva York dejó de ser la ciudad de los creadores y luego dejó de serlo de visitantes y turistas en general. El presidente del país nos cae mal y supongo que se nos nota"
Leo en este periódico que el número de estadounidenses que pisan Barcelona es muy superior al de barceloneses que cruzan el Atlántico. Y no me extraña. No sé si Donald Trump está logrando que América vuelva a ser grande (un eslogan que, por cierto, no es suyo: lo heredó de Ronald Reagan), pero es indudable que lo que sí ha conseguido es que el suyo se convierta en un país antipático para los extranjeros.
Nadie sabe si le van a dejar entrar en el país o si se le van a echar encima los matones del ICE para deportarlo ipso facto. Hasta hace poco, el único problemilla con el que te topabas en el aeropuerto de Nueva York consistía en unos aduaneros malencarados y groseros que te miraban como si hubieses llegado para asesinar al señor presidente o para violar a sus hijas. No podías fiarte ni de los hispanos. Algunos eran simpáticos y te hablaban en español; otros, más gringuistas que los gringos, te tocaban las narices en tu idioma mientras veías que en su placa identificadora ponía Martínez o Sánchez.
Pero eso era todo. Una vez en la calle, ancha es Castilla (o Nueva York, o Los Ángeles, o Miami). Antes éramos los barceloneses los que cruzábamos el charco en busca de estímulos. Ahora, según parece, son los americanos los que huyen de Trumpilandia. Hay que ver las vueltas que da la vida.
Barcelona vivió un largo romance con Nueva York, y nadie lo resumió mejor que el artista Antoni Miralda con su delirante proyecto de nupcias entre la estatua de la Libertad y el Cristóbal Colón del final de la Rambla. Hubo una época en esta ciudad (finales de los 70, principios de los 80) en la que, si no te ibas a Nueva York o acababas de volver de allí, no eras nadie para los moderniquis de la época.
Nueva York sustituyó a París en el imaginario de The In Crowd, aunque sus calles y su metro rebosaran de borrachos, drogadictos, delincuentes y zumbados (o las cuatro cosas a la vez). Había que ir a Nueva York y dejarse ver por el CBGB, cuna de grupos como Blondie, los Ramones o los Talking Heads y sede de los lavabos más guarros del universo. La ciudad estaba en la ruina, pero la creatividad fluía libremente porque cualquier pringado de pueblo podía trasladarse a la gran ciudad y alquilar un apartamento por cuatro duros.
La cosa creativa empezó a flojear con la gentrificación del alcalde Rudy Giuliani en los años 90 (hay que reconocerle que se empleó a fondo en la detección y expulsión de la chusma local, y es una pena que la explosión artística de una ciudad coincida con su estado ruinoso, pero, como decía Sinatra, That´s life), pero se mantuvo a un nivel muy razonable durante los años 2000, cuando mi novia de entonces y yo empezamos a visitar Nueva York con frecuencia y fuimos muy felices allá.
Con la primera administración Trump empezó la definitiva conversión de Nueva York en una ciudad para ricos en la que los precios de todo subían constantemente, como si el objetivo del gobierno fuese (y no lo descartó) la destrucción de los pobres de solemnidad y, ya puestos, también de la clase media: los artistas empezaron a morirse de asco en sus villorrios porque eran incapaces de llegar a final de mes en la ciudad que nunca duerme (porque está muy ocupada sangrando a sus habitantes).
Supongo que la segunda etapa de Trump servirá para rematar a los que se salvaron de la primera y para mantener alejados a los extranjeros de una ciudad maravillosa y estimulante. Cuando te cobran veinte pavos por un capuchino, un croissant y un vaso de agua (del grifo) en una cafetería de Williamsburg, Brooklyn, ha llegado la hora de salir corriendo y de viajar a sitios en los que no te cobren por respirar.
Nueva York dejó de ser la ciudad de los creadores y luego dejó de serlo de visitantes y turistas en general. El presidente del país nos cae mal y supongo que se nos nota. No dudamos (o sí) de la buena intención del alcalde Mamdani, pero sus promesas nos recuerdan a las de Collboni cuando dice que hace lo que puede para que los barceloneses no sean echados de su propia ciudad por los fondos buitre.
Así pues, demos gracias al Señor los que conocimos una ciudad vivificante y echada p´alante y a otra cosa, mariposa.