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Opinión

La Barcelona de los 30 millones: identidad y ciudad global

"El éxito no es fruto de la casualidad. Barcelona ha construido durante décadas una reputación internacional basada en una combinación singular de creatividad, cultura, arquitectura, innovación, calidad de vida y apertura al mundo"

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Barcelona, o lo que llamamos el “Destino Barcelona”, esto es, la región metropolitana, se aproxima a una cifra simbólica y desafiante, alcanzar los 30 millones de visitantes anuales. Una cifra mareante pero muy real. Actualmente acogemos a unos 26 millones de visitantes según datos de Turismo de Barcelona, pero los recientes acontecimientos internacionales como la visita del Papa León XIV y la nueva proyección de la Sagrada Familia al mundo o el próximo Grand Départ del Tour de Francia 2026, dispararán esa cifra en los próximos años.

Barcelona se ha convertido en una ciudad ineludible y difícilmente se podrá poner puertas al campo.

La ciudad vuelve a proyectarse con fuerza en el mundo y es un imán para el turismo de negocios, cultural, deportivo, gastronómico o de la salud. Igualmente atrae talento, empresas, inversiones o eventos y constata la consolidación definitiva de la ciudad como una de las grandes capitales globales del siglo XXI.

El éxito no es fruto de la casualidad. Barcelona ha construido durante décadas una reputación internacional basada en una combinación singular de creatividad, cultura, arquitectura, innovación, calidad de vida y apertura al mundo.

Esa fortaleza constituye uno de sus principales activos económicos y sociales. Sin embargo, el éxito lleva asociado la difícil gestión de importantes retos como la presión creciente sobre el espacio público, la crisis de la vivienda, los problemas de movilidad, garantizar la sostenibilidad ambiental y social, pero sobre todo preservar la convivencia entre residentes y visitantes.

Para aquellos que puedan tener la tentación de poner puertas al campo, la Barcelona de los 30 millones de visitantes no son únicamente turistas que vienen a pasear. Son estudiantes internacionales, investigadores, emprendedores, asistentes a congresos, profesionales de empresas tecnológicas, creadores culturales y ciudadanos globales que encuentran en Barcelona un lugar donde desarrollar sus proyectos vitales y profesionales.

Es por ello por lo que reducir el fenómeno a un problema de masificación turística sería un error de diagnóstico. También sería ingenuo ignorar los efectos de la presión turística. La ciudad está experimentando un proceso de transformación acelerada y muchos vecinos perciben que determinados lugares han dejado de pertenecerles, que está perdiendo su identidad. Una sensación de pérdida de control sobre el propio entorno que se reconfigura en uno de los grandes desafíos de las ciudades globales.

La paradoja de este fenómeno es aquello que atrae a millones de personas a Barcelona es precisamente su autenticidad basada en una identidad única y singular. Una ciudad viva, con personalidad propia, diversidad cultural, comercio local, espacios públicos de calidad y una identidad local reconocible.

Ahí está el gran reto de la ciudad, cómo encontrar el equilibrio entre mantener la autenticidad de una ciudad abierta al mundo y preservar la cohesión social y territorial. En ese sentido, el mayor riesgo que corre la Barcelona metropolitana es centrar el debate en la limitación de flujos o la tentación de restringir actividades.

El gran reto es construir una gobernanza inteligente que gestione el éxito y sea capaz de equilibrar los intereses diversos de una metrópolis compleja sobre dos principios irrenunciables. El primero de ellos es preservar la cultura de la ciudad abierta frente a aquellos que pueden tener la tentación de promulgar una especie de prioridad nacional local.

O somos una ciudad abierta o no lo somos, no se puede ser un poco abierta y un poco cerrada. El segundo principio fundacional de la ciudad es la colaboración público-social-privada. La mejor Catalunya y la mejor Barcelona es aquella que se construyó sobre ciertos consensos básicos de país y de ciudad, incluidas las cuestiones de lengua y cultura que permitieron sentirnos una verdadera comunidad de destino inclusiva.

Aquellos que se han dedicado, y se dedican, a querer imponer un modelo o una visión de país y de ciudad sobre otro, erosionan gravemente la convivencia, la competitividad y la equidad de nuestra sociedad y del éxito mismo de la metrópolis abierta y global.

Barcelona dispone de unas fortalezas extraordinarias para afrontar los retos complejos a los que se enfrenta. Pocas ciudades del mundo combinan una marca internacional tan potente con una escala humana relativamente accesible. Renunciar a esta dimensión global ante la tentación de un repliegue identitario sería un error estratégico.

Las ciudades que liderarán el siglo XXI serán aquellas capaces de atraer talento, inversión, conocimiento y actividad económica internacional. Barcelona no puede permitirse encerrarse en sí misma, necesita seguir siendo una ciudad abierta al mundo sabiendo gestionar la cultura y las culturas, la identidad y las identidades, así como la formación, atracción y gestión del talento.

La identidad es una construcción dinámica que evoluciona incorporando nuevas influencias sin perder la esencia. Somos una ciudad de intercambio, de mestizaje y de innovación. Nuestra identidad histórica se ha construido precisamente gracias a esa capacidad de dialogar y colaborar con el mundo.

La previsible llegada de 30 millones de visitantes a la Barcelona Metropolitana en los próximos años obliga a repensar el modelo de gestión urbana. Necesitaremos una gobernanza institucional más sofisticada, reforzar las infraestructuras, mejorar la movilidad metropolitana, proteger el comercio de proximidad, la lengua y la cultura, garantizar el acceso a la vivienda y preservar los espacios de convivencia.

El verdadero riesgo no es de una ciudad abierta y global, sino gestionarlo de forma equivocada para atraer sin expulsar y ser competitivos sin dejar de ser habitables.