El pelotón del Tour durante la subida a Montjuïc
La ciudad 'touristificada'
"Quizás hemos olvidado que la función primordial de las instituciones locales es la de garantizar la comodidad de la vida de sus ciudadanos y no tanto la de proporcionarles sesiones gratuitas de entretenimiento"
El Tour es un espectáculo deportivo único. Deportivamente resulta especialmente atractivo, tiene un carácter popular y mantiene la característica de esfuerzos más allá de lo natural que históricamente hemos ligado a una competición de una dureza extrema, especialmente en las grandes citas y sus etapas de montaña.
En el relato, a veces le sobra épica, folclore, así como muchos tópicos de relator de televisión: “serpiente multicolor”, “los esforzados de la ruta”, “carácter titánico”… Un deporte más televisivo que vivido en directo. La emoción presencial solo provoca una satisfacción de segundos, especialmente en circuitos urbanos llanos. En televisión se puede apreciar la situación, tener perspectiva o bien las estrategias de equipo.
¿Qué sería de las tardes de julio sin la somnolencia de sofá que acompaña el seguimiento del Tour? Todos hemos crecido con los numerosos mitos generados, como también los reiterados escándalos de un dopaje que, a nivel médico, siempre va por delante de los mecanismos de control establecidos. En realidad, los aficionados no queremos que se descubran casos de dopaje y se lancen mensajes buenistas en contra de los “tramposos”. En una competición donde el esfuerzo se lleva hasta los límites humanos y más allá, lo de las “ayudas”, lo damos por supuesto.
Pero el Tour, más que una competición, es un gran negocio a nivel comercial que se va desplazando de unas ciudades a otras, contando con todas las ventajas de la ayuda pública. Cualquier urbe francesa o de otros países sueña y paga por ser sede efímera de una etapa de la carrera. El circo se va trasladando en función de que se cumplan exigencias comerciales y de financiación.
Por donde discurre, no deja casi nada más allá de un sentimiento de “reina por un día” que perdura poco. Es lo que tiene la fama, efímera y de corta duración. En las grandes ciudades, el efecto de caos y paralización de la vida habitual resulta inevitable en forma de colapso circulatorio e, incluso, la advertencia al vecindario de que deje de desplazarse durante unos días, como ha sido ahora el caso de Barcelona. ¡Como si esto fuera posible! Hay actitudes de sometimiento humillante que tienen mucho que ver con la película “Bienvenido, Míster Marshall”.
Que asfaltados y obras se hagan con tanta prontitud para un espectáculo que dura unos segundos para cumplir con las exigencias de los organizadores choca con los retrasos para realizar obras de mantenimiento que resultan imprescindibles. La diferencia de rasero resulta brutal. Al final quizás hemos olvidado que la función primordial de las instituciones locales es la de garantizar la comodidad de la vida de sus ciudadanos y no tanto la de proporcionarles sesiones gratuitas de entretenimiento, de circo.
Pero así se ha orientado Barcelona, convertida en una ciudad-espectáculo donde la agenda viene marcada por los grandes eventos de impacto global. Primero, la Copa América de vela, un acontecimiento para ricos sin el menor interés deportivo. Después, el road show de Fórmula 1 que se celebró en el centro de la ciudad. Más tarde, la visita papal, convertida en una escenificación pública de confesionalidad precisamente en una sociedad laica.
Le siguieron el enaltecimiento de la Sagrada Familia —conviene recordar que es un templo expiatorio— y de Gaudí como arquitecto elevado a la condición de santidad. Ahora, el cierre de la ciudad con motivo del espectáculo del inicio del Tour de Francia, un acontecimiento por cuya acogida se pagan además unos buenos millones. Y podríamos añadir el Primavera Sound, el Sónar...
Barcelona se asemeja a un parque de atracciones, pendiente de la imagen que proyecta al mundo a través de grandes espectáculos, mientras se menosprecia la vida de los barceloneses, haciendo de la ciudad un lugar tensionado y con un coste de vida inasumible. Muchos lo aplauden: espectáculo gratuito en pleno centro de la gran ciudad y el orgullo de estar en el epicentro de los grandes acontecimientos.
La satisfacción de unos turistas necesitados de sorpresas y continuos giros de guion para combatir el aburrimiento inherente a esa actividad. Todo ello en beneficio de la turistificación de una ciudad que hace tiempo superó con creces el umbral de sostenibilidad de esta actividad.
Madrid llegó más tarde a este fenómeno, pero está poniendo todo su empeño, con una profusión de medios públicos y privados. Grandes acontecimientos deportivos del motor, del tenis, campeonatos mundiales de lo que sea, una ingente promoción turística que intenta seguir el «modelo Barcelona», pero con toda la potencia que le otorga el hecho de ser la capital del Estado.
Muchos pensamos que construir ciudad no es crear una marca, sino que sea cómoda y habitable para los que la habitan.