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Juan Antonio Samaranch

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Opinión

Samaranch se queda sin avenida

"Ponerle una avenida en Barcelona a Samaranch no implica aprobar su discutible carrera profesional. Solo es una muestra póstuma de agradecimiento. Y si preferimos un enclave más discreto, siempre podemos darle la calle de Sabino Arana, que constituye una vergüenza indiscutible para la ciudad"

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Como les dijo Narcís Serra a sus colegas en su momento, “Desengañaos, chicos. Si nos hemos hecho con la olimpiada es gracias al facha”. Con lo de facha se refería al incombustible Juan Antonio Samaranch, quien, desde la presidencia del Comité Olímpico Internacional, había movido Roma con Santiago para que la olimpiada de 1992 le fuese otorgada a la ville de Barcelona, como el mismo dijo con la voz quebrada por la emoción.

Pese al fatalista reconocimiento del alcalde Serra, el agradecimiento del consistorio barcelonés no llega al extremo de dedicarle a Samaranch la avenida del Estadio, como pretendían los munícipes del PP. La relación de la ciudad que los JJOO del 92 pusieron en el mapa (con los agridulces resultados de todos conocidos) con su conseguidor siempre ha sido del modelo: “Gracias, facha. Y ahora, piérdete”. O del más expeditivo: “Fuera, bicho”.

Estamos ante una cuestión de escrúpulos morales. Intuyo que, para nuestro querido alcalde, que era un niño cuando los fastos olímpicos, resulta grimoso premiar al difunto Samaranch a causa de su pasado, que, ciertamente, no es precisamente intachable: falangista de la primera hornada, franquista hasta la médula, hábil manipulador que supo disfrazarse de demócrata de toda la vida cuando tocaba, social climber de nivel cinco y, sin duda, fan de aquella película americana de los años 60 titulada Molly Brown, siempre a flote.

Toda la vida de Juan Antonio Samaranch consistió en cuidar de Juan Antonio Samaranch para que nunca le faltaran monises y cargos postineros. A tal fin, se aplicó con saña, sacrificando primero al falangista para sustituirlo por un franquista, huyendo a Moscú de embajador mientras por aquí escampaba la lluvia progresista, infiltrándose en el COI como recuerdo de su juventud deportista (y para medrar convenientemente).

Todo lo que hizo lo hizo por sí mismo, aunque se le llenara la boca de España y, si no quedaba más remedio, de Catalunya y Barcelona.

Pero la olimpiada nos la consiguió él con labia, argumentos y posibles trapisondas. De hecho, Samaranch es el padre de la nueva Barcelona, con sus virtudes y sus miserias. Así pues, ¿qué menos que poner a su nombre la avenida que conduce al estadio olímpico?

No seamos pueriles y rencorosos. No hace falta admirar al difunto para dedicarle una calle de su ciudad natal. A fin de cuentas, dentro de unos años, ¿quién recordará su pasado de falangista, franquista y medrador oportunista?

Lo único que sabrá la gente es que Samaranch se trabajó la olimpiada, se la trajo a Barcelona y la ciudad nunca volvió a ser la misma.

Desde 1992, todo el mundo quiere visitar Barcelona o quedarse a vivir en ella, hasta el punto de que los expats se hacen con los pisos de las personas desahuciadas por los fondos buitre, que tienen que irse a vivir al quinto pino (o a la mierda, directamente).

Superamos la marginalidad y nos vimos sometidos a la ley del más fuerte, algo que ya sucedía en ciudades como París, Londres o Nueva York, pensadas exclusivamente para los ricos. Y de eso no le podemos echar la culpa a Samaranch, a no ser que seamos Gerardo Pisarello o cualquier otra lumbrera de los comunes o de la CUP.

Ponerle una avenida en Barcelona a Samaranch no implica aprobar su discutible carrera profesional. Solo es una muestra póstuma de agradecimiento. Y si preferimos un enclave más discreto, siempre podemos darle la calle de Sabino Arana, que constituye una vergüenza indiscutible para la ciudad.