David Bondia, Síndic de Greuges de Barcelona
Al Síndic le molestan los pobres
"Es difícil saber cuál es la función de un Síndic. Se supone que se encarga de defender a los ciudadanos de los cargos que ellos mismos eligen con muchos más votos que a él, igual porque les importan más. Pero a tenor de lo que le preocupa, resulta aún más difícil saber por dónde se mueve este hombre"
El Síndic de Barcelona, recientemente revalidado con el inmenso apoyo de dos mil barceloneses, ha empezado a trabajar. No le arredra el calor del verano: se esfuerza intensamente por mejorar las condiciones de vida de la ciudad.
De sus aportaciones en el pasado apenas hay constancia, de modo que en la nueva etapa piensa mantener una línea de continuidad: de victoria en victoria hasta la inanidad total.
Cómo serán las cosas que ha descubierto que el principal problema detectado en Barcelona es el ruido que se produce en el interior del transporte público. Allí unos hablan entre sí; otros usan el móvil para escuchar música, seguir una serie o recibir un recado. Y lo hacen en los vehículos, en los andenes, en los pasillos, en las paradas de autobús.
¡Qué algarabía! Insoportable. Ya ha recibido ¡dos quejas! Poca broma: el 1 por mil de los que lo han apoyado, aunque algunos menos de los que han visitado Ceuta y Melilla.
Y la cosa no acaba ahí: resulta que, a veces, en el metro hay quien toca música y canta y pasa el cepillo, y algunos -”es triste pedir, pero es más triste robar”- hasta piden limosna. ¡Qué imagen dan de la ciudad!
Al Síndic no le preocupa que haya pobres sin medios para ganarse la vida y que recurran al limosneo, le molesta que lo hagan en el metro y para evitarlo tiene una solución: ¡caña!
Visto lo visto y oído lo oído, sostiene que este tipo de conductas ha aumentado un montón y que la culpa no es de la pobreza y las desigualdades sociales, sino de TMB, a quien se ha dirigido para reclamarle enérgicamente que ponga coto a estas situaciones y multe al personal infractor.
En catalán hay un dicho: qui no te feina el gat pentina. La versión española podría ser, más o menos, que el diablo, cuando no tiene qué hacer, mata moscas con el rabo. Ambos refranes pueden aplicarse a la actuación de David Bondia. No es una cuestión de la persona. Tiene que ver con la existencia misma del cargo.
Es difícil saber cuál es la función de un Síndic. Se supone que se encarga de defender a los ciudadanos de los cargos que ellos mismos eligen con muchos más votos que a él, igual porque les importan más. Pero a tenor de lo que le preocupa, resulta aún más difícil saber por dónde se mueve este hombre.
Quien circule por Barcelona y utilice el transporte público puede comprobar que hay ruidos mucho más considerables que los de quienes hablan en el metro. Los hay que incluso gritan, pero tampoco es para tanto. Peor son las motos que circulan con escape libre, con el tubo trucado o las de una determinada marca que ya salen de fábrica provocando un estruendo considerable.
Si lo que el Síndic busca es meterse con TMB, puede comprobar que algunos de los motores de sus autobuses (cada vez menos) roncan de lo lindo.
También están algunos vehículos de contratas municipales capaces de armar follón a cualquier hora del día o de la noche.
Si lo prefiere, puede pasearse a determinadas horas de la madrugada por las zonas en las que proliferan bares con o sin terraza (Enric Granados, Tuset, diversas calles de Sants y Gràcia) para comprobar los decibelios que producen sus clientes, antes y sobre todo después de la ingesta de alcohol.
Pero estos ruidos están asociados al negocio, de manera que no son preocupantes para el Síndic. La verdadera preocupación es que un pordiosero muestre las vergüenzas de la ciudad en el metro. Y en voz alta.
En Barcelona hay problemas, unos en vías de solución y otros irresolubles, pero el mayor de ellos no es el ruido en el transporte público.
El ruido es universal, especialmente en los países mediterráneos donde no hay fiesta sin altavoces a toda máquina y miles de petardos. Un ruido que no tiene sanción social, de modo que no será eliminado sólo con una política de multas, que probablemente se cebarían en gente que no puede pagarlas.
Hace unos años un periodista recibió una llamada de Cáritas. Le explicaron que el ayuntamiento de Barcelona había embargado la cuenta corriente a un indigente. La tenía porque era la única forma de cobrar una ayuda social que ni siquiera le daba para un alojamiento. Vivía en la calle y fue multado por hacer sus necesidades, como todos, en su residencia; como no pagó, le embargaron la cuenta.
Tal vez esa sea la senda que gusta al Síndic. Así habrá dinero para el salario de un cargo cuya utilidad queda patente en la densidad social de sus reclamaciones.