Collboni viaja a Kiev y Sarajevo para reforzar el papel pacífico de Barcelona en Europa
La Europa ciudadana
"Hoy el futuro de Europa depende, sobre todo, de sus ciudades. El reciente viaje de Jaume Collboni a Sarajevo, Varsovia y Kiev debe ser contemplado desde esa perspectiva de futuro esperanzador"
Contra lo que puedan sostener los nacionalistas, el primer sentimiento de arraigo y pertenencia de un ciudadano no es la nación sino, precisamente, el lugar del que procede el adjetivo: la ciudad. Las naciones, salvo casos excepcionales como Andorra o Mónaco, no sirven como referencia de cercanía, aunque los poderes públicos hayan fomentado el nacionalismo identitario, que es ideológicamente más barato. La pertenencia la generan los vecinos, los amigos, las vivencias personales y en compañía.
Las ciudades han sido, además, la cuna del progreso económico y político en los últimos dos siglos, por lo menos.
Barcelona fue isabelina y progresista frente al carlismo rural y conservador. Y más tarde, lugar de agrupación y formación de los movimientos sindicales que lograron avances para los más desfavorecidos. Y, ya tras la dictadura, bastión frente al neorruralismo de CiU, formación que estuvo años marginada en lo que se llamó el cinturón rojo barcelonés.
Hoy Europa y el mundo peligran por los enfrentamientos derivados de los nacionalismos.
En Alemania, en Francia, en el Reino Unido, en España. Y en Ucrania, sumergida en una guerra que dura años, consecuencia del expansionismo nacionalista de la Rusia neozarista.
Los Estados pueden ser monárquicos, ya sean dinásticos o presidencialistas. Las ciudades nunca lo son. Nunca lo han sido. Están asociadas a la idea de participación, de democracia.
Incluso en el periodo medieval, la institución más relevante de Barcelona fue el Consell de Cent, con fuerte capacidad representativa. En Francia, el título de ciudadanía era el más preciado. Ser ciudadano equivalía al reconocimiento de los derechos que más tarde serían proclamados como humanos y universales.
Hoy el futuro de Europa depende, sobre todo, de sus ciudades. El reciente viaje de Jaume Collboni a Sarajevo, Varsovia y Kiev debe ser contemplado desde esa perspectiva de futuro esperanzador. Aunque sea un acto de voluntad, contra toda evidencia.
Enlaza Collboni con una larga tradición barcelonesa. Tanto Maragall, uno de los fundadores de Eurocities, como Joan Clos apostaron con fuerza por la Europa de las ciudades, conscientes de lo que representaban y de que, en realidad, su forma de vida y convivencia, sus valores, se expandían por la totalidad del territorio.
Y así sigue siendo. Como afirmó el alcalde de Barcelona ante el plenario de Kiev: “Las ciudades representan hoy, quizá mejor que ningún otro espacio, las sociedades abiertas, democráticas y libres. Las ciudades son espacios de libertad”.
Más allá de la relevancia de la visita a Kiev en un período convulso (sin que este asunto sea menor), más allá de las colaboraciones puntuales en transporte, en energía o en otros intercambios en diversas materias, el viaje de Collboni contribuye a potenciar la cultura de la paz y la cooperación que las ciudades representan frente a los egoísmos nacionalistas y ultranacionalistas.
Que el viaje se iniciara en Sarajevo no es casualidad. A partir de 1995 —otra iniciativa de Maragall—, Barcelona pasó a considerar la capital de Bosnia como “distrito 11 de Barcelona”, destinando diversas partidas a la renovación de una ciudad masacrada por una guerra incivil, nacionalista.
Han pasado 30 años. Sarajevo ha logrado la paz. Durante un tiempo fue una ciudad amenazada, herida. Pasear por sus calles era doloroso: había edificios en los que faltaba una vivienda entera; zonas aisladas por miedo a las minas situadas en cualquier lugar; cortes de energía. Y miedo, mucho miedo.
Uno de sus ciudadanos explicaba que nunca imaginaron lo que iba a pasar. “Veíamos que en otras partes unos disparaban contra los otros porque se les diferenciaba bien. Pero nosotros no nos diferenciábamos en nada. Aquí no puede pasar eso, creíamos. Pero pasó: el odio encontró la forma de distinguir y matar”.
Queda el recuerdo y la voluntad de no repetirlo. Y la conciencia de la necesaria solidaridad entre ciudades. Como dijo Collboni a los concejales de Kiev: “Sarajevo nos enseñó algo que Barcelona nunca ha olvidado: una ciudad puede tener responsabilidades más allá de sus fronteras. Nos enseñó que las ciudades pueden ser víctimas de la guerra, pero también protagonistas de la resistencia, de la fraternidad y de la construcción de la paz”.
Porque, como afirmó Jaime Gil de Biedma: “Importa por lo visto el hecho de estar vivo / Importa por lo visto que hasta la injusta fuerza / necesite, suponga nuestras vidas”. Y el convencimiento de que “la vida / todavía es posible, por lo visto”.