Llucia Ramis, autora de 'Un metro cuadrado', en la entrevista con 'Metrópoli' BARCELONA
Llucia Ramis: "Barcelona es la primera influencer, prefiere gustar al de fuera antes que cuidar de sí misma"
Autora de 'Un metro cuadrado', la periodista y escritora aborda la evolución de Barcelona a través de todas las viviendas que ha alquilado en la ciudad en treinta años: "Se habla de ‘vivienda digna’, pero es indigno que la gente tenga que vivir en caravanas o pagar 800 euros por compartir una habitación"
También: Javier Gil, sociólogo: “Necesitamos expulsar a los grandes especuladores de Barcelona para que emerjan actores que traten la vivienda como un derecho”
Un amor incondicional por Barcelona. Es lo que siente la mallorquina Llucia Ramis (Palma de Mallorca, 1977), periodista y escritora, que vive en la ciudad –salvo algunos breves períodos—desde que llegó para estudiar periodismo a la mitad de los años noventa. Ramis, conocedora como pocos del mercado de la vivienda en la capital catalana, desgrana su propia experiencia en Un metro cuadrado (Libros del Asteroide) IV Premio de No Ficción Libros del Asteroide. Tras casi tres décadas viviendo de alquiler, Ramis ha comprobado cómo ha evolucionado la ciudad.
En esta entrevista con Metrópoli,Llucia Ramis señala que Barcelona está más pendiente del ‘qué dirán’ de ella, que de los habitantes locales de toda la vida. "Barcelona es la primera influencer, prefiere gustar al de fuera antes que cuidar de sí misma", asegura convencida.
El libro parte de su propia experiencia, pero a la vez funciona como un artefacto literario y social. ¿Cómo definiría Un metro cuadrado? ¿Es una novela de no ficción, un ensayo?
A mí me gusta decir que es una novela de no ficción muy autobiográfica. Está atravesada por una crónica de la transformación de las ciudades en los últimos treinta años y por un reportaje literario sobre la vivienda. No sé si es exactamente un ensayo, porque no busco una conclusión o una solución mágica al problema. Mi intención era explicar cómo, sabiendo de dónde venimos y cómo hemos llegado hasta aquí, nuestra mirada sobre el entorno cambia por completo.
Al principio, yo solo quería escribir sobre todos los pisos en los que he vivido. Llevo treinta años en Barcelona, pero soy de Mallorca, y siempre me he preguntado cómo se crea el sentimiento de pertenencia en un lugar que no te pertenece. Quería saber si, de la misma manera que las casas forman parte de nuestra memoria, nosotros dejamos alguna huella en ellas. Pero cuando me presenté al premio, entendí que esto debía ir acompañado de una investigación periodística. Y ahí me cayó el mundo encima. Me metí en un lío impresionante porque la dimensión del problema es brutal.
En esa investigación leyó mucho ensayo sobre la cuestión, pero ¿también se empapó del día a día del problema?
Sí, leí ensayos muy potentes que sí proponen soluciones o analizan cómo se gestiona esto en otros países. Pero, sobre todo, leía la prensa diaria. Los periodistas han hecho un trabajo inmenso. Y me di cuenta de algo fundamental: si no te afecta personalmente, muchas veces ni te enteras de esta realidad. Pero cuando te toca, se convierte en el centro de tu vida. Tu casa es tu intimidad, tus cosas, el lugar al que vuelves de noche. Una persona con problemas de vivienda no puede pensar en otra cosa.
Llucia Ramis, en la entrevista con 'Metrópoli' BARCELONA
Considera que vivir de alquiler es una especie de espada de Damocles constante, una cuenta atrás que no le deja a uno descansar.
Es que firmar un contrato es empezar una cuenta atrás de tres o cinco años. Te preguntas todo el tiempo: ‘¿Y después qué?’. Si no tienes alternativa, no solo pierdes tu casa. Pierdes tu calle, tu barrio, tu ciudad. Dos personas con la misma franja salarial, una propietaria y otra inquilina, viven en mundos completamente distintos. Además, se está instalando un lenguaje de recelo. Los propietarios ven al inquilino como una amenaza y buscan perfiles cada vez más solventes, lo que complica el acceso a jóvenes o estudiantes cuyos salarios no suben a la misma velocidad que las rentas.
Aquí entran los ‘desahucios silenciosos’. Si pierdes tu casa en una catástrofe, todo el mundo entiende que lo has perdido todo. Pero si la pierdes porque no puedes pagar la subida del alquiler o porque no te renuevan, también te tienes que ir, pero parece que no pasa nada. Hemos normalizado que se eche a la gente a pesar de pagar religiosamente. Es demoledor psicológicamente porque le pones fecha de caducidad a todo: a tus relaciones, a tu trabajo, incluso al colegio de tus hijos.
Los políticos no acaban de encontrar una solución. ¿A qué cree que se debe?
Es muy preocupante. No sé si los políticos no son conscientes de la verdadera dimensión del problema, si piensan que la gente exagera o si, directamente, no saben qué hacer. También es posible que teman que una política de vivienda contundente sea antipopular. Mucha gente no está dispuesta a convertir la vivienda en un derecho universal real, como lo son la educación o la sanidad. Prefieren seguir viéndola como un bien de inversión. Mi libro no intenta dar soluciones, solo reflejar la tremenda complejidad de esta situación.
Portada del libro de Llucia Ramis, 'Un metro cuadrado'
Su experiencia le da una perspectiva privilegiada. Si hiciera una radiografía de los pisos en los que ha vivido estos últimos 30 años, ¿qué destacaría?
Veríamos que muchos de los pisos en los que he vivido hoy no me los podría permitir. Y lo peor es que esos pisos están exactamente igual de hechos polvo que cuando yo vivía en ellos; no es que los hayan reformado o mejorado. En la mayoría de los casos son pisos pequeños, muy modestos, pero que han triplicado su precio simplemente por estar en zonas que se han puesto de moda. Barcelona entera se ha puesto de moda bajo un modelo turístico de masas donde parece que ‘más es mejor’, aunque esa masificación acabe pasando factura al PIB per cápita.
De hecho, me pasó algo que me hizo estallar la cabeza. Al volver a visitar dos de mis antiguos pisos, me encontré con que ahora vivían en ellos amigos o conocidos míos. Al principio pensé que aquello era un error, que era Matrix, o el Show de Truman. Creía que me encontraría con expatriados, pero no. Luego comprendí: el mercado es tan pequeño y circulan tan pocos pisos que al final nos movemos por los mismos lugares. Personas de mi entorno que antes se podían permitir un piso modesto, hoy habitan esos mismos espacios modestos, pero pagándolos a precio de oro. Hay gente enriqueciéndose mucho con esto.
En el libro recoge la voz de los inversores. ¿Qué le dicen cuando habla con ellos?
Me dicen: ‘¿Por qué tenemos que pagar los que invertimos en vivienda el problema social de la vivienda?’ ‘¿Por qué nos toca a nosotros pagar el pato y no a otros sectores?’. Y en parte tienen su lógica de mercado: tú no puedes pasarle la responsabilidad ética de un problema estructural al individuo. Se dice que la gente debería ser más consciente, pero luego ves a artistas, músicos, futbolistas e influencers invirtiendo en el sector inmobiliario para especular, nadie les dice nada y siguen siendo ídolos mundiales. En el libro hay un personaje que intenta lanzar ese mensaje: que hacer explotar la vivienda está mal y que a la larga nos daremos cuenta.
Pero también ha conocido la otra cara de la propiedad, ¿no?, la de quien pide un precio que le beneficia, pero es ajustado y se preocupa por el inquilino
Sí, y es importante decirlo. No se puede depender siempre de la suerte, pero yo la he tenido con algunos caseros, especialmente con el del piso de la calle Verdi, en Gràcia. Él era el propietario ideal: si pasaba algo, al minuto dos tenías a alguien arreglándolo. Quería inquilinos de confianza y nos cuidaba. El problema es que tu seguridad habitacional no puede depender de la lotería de que te toque un buen casero. E incluso teniendo esa suerte, yo no dejaba de sufrir. Pensaba: ‘¿Y si viene un fondo de inversión y compra todo el bloque?’ ‘¿Y si él decide venderlo o lo necesita un hijo suyo porque tampoco puede permitirse vivir en otra parte?’. La angustia no te abandona.
Barcelona protagoniza estos meses muchos eventos internacionales, como el Tour de France. ¿Hay una necesidad constante de promoción?
Hay una angustia constante en la ciudad por temor a dejar de ser atractiva, por eso se está promocionando continuamente. Si se hablara con los residentes, tanto en Barcelona como en Mallorca, la mayoría preferiría tener menos éxito internacional. Cuando conviertes algo tan humano como una ciudad o una vivienda en un producto, tienes que hacer que sea rentable. Y para que sea rentable debe crecer siempre, ir a más y a más, no tener límites.
Te dicen que eso estallará, pero no estalla. Solo hay que mirar el centro de Venecia. ¿Qué ha pasado allí? Que ya no quedan venecianos. Se ha convertido en un gran decorado, un producto donde los consumidores pasan, gastan mucho y se van. El tejido social se rompe a propósito para favorecer el negocio. El barcelonés o el balear no necesitan más promoción. Y cuando dicen que van a usar la tasa turística para promocionar el turismo, eso es absurdo. Deberían dedicarlo todo a lo que realmente necesita una inversión fuerte. El residente se siente expulsado y se va. Cuanta más gente se marcha, más fácil es convertir la ciudad en un puro negocio. Estamos destruyendo Barcelona para los barceloneses que quieren vivir en ella.
La periodista y escritora Llucia Ramis, en la entrevista con 'Metrópoli' BARCELONA
Al final del libro se produce un giro clave en su vida: decide comprar e hipotecarse.
Sí, compré. Pero lo hice completamente en contra de mi voluntad y de mis principios. Me he resignado. El sistema actual te obliga a hipotecarte si es que puedes permitírtelo, porque esa es otra: hay una desigualdad social brutal y creciente basada en si puedes pagar una entrada o si heredas.
Yo pensaba que hipotecarme me generaría una ansiedad terrible. En mi casa siempre nos enseñaron a no deber nada a nadie, a mantener la autonomía. Estar endeudada a treinta años debería horrorizarme. Pero lo perverso del sistema es que estar endeudada a tres décadas me inquieta muchísimo menos que no saber dónde voy a parar cuando me cumpla el contrato de alquiler. La hipoteca me ha dado paz mental, y eso es tristísimo.
¿Le ha cambiado el carácter tener esa estabilidad?
Mucho. Antes yo era más trágica, tenía mucha tendencia a la ansiedad, insomnio y angustia por el futuro. Yo pensaba que era mi forma de ser, pero ahora veo que era la situación habitacional la que me ponía así. Ir a terapia ayuda, claro, pero no tener que estar pensando constantemente en un ‘plan B’ o en la amenaza de tener que volver a casa de mis padres a mi edad te cambia la vida.
Ahora mismo en mi bloque pago 650 euros de hipoteca, mientras que los vecinos que están de alquiler pagan entre 800 y 1.000 euros por el mismo piso. Hemos normalizado esta anomalía: que el alquiler sea más caro que la hipoteca por una vivienda que jamás será tuya.
Hay activistas que sostienen que el alquiler es inherentemente perverso porque se produce una transferencia de renta, del que tiene poco al que tiene mucho.
Yo no estoy del todo de acuerdo con eso. Si estuviera bien regulado, el alquiler sería una opción fantástica. A mí no me importaría haber vivido de alquiler toda mi vida si fuera un servicio justo y no un producto especulativo. Pagas por un servicio, mantienes el piso impecable y tienes la seguridad de que no te van a echar de forma arbitraria. Si fuera así, podrías dedicar tus ahorros a otras cosas. Pero el sistema no te da esa opción.
La Constitución dice claramente que no se puede especular con la vivienda y que se debe intervenir la propiedad privada si es por el bien común, pero esa parte de los artículos se saltan sistemáticamente. Se habla de ‘vivienda digna’, pero es indigno que la gente tenga que vivir en caravanas o pagar 800 euros por compartir una habitación. Mientras la vivienda siga siendo un objeto de especulación y no un servicio esencial, la fractura social de nuestras ciudades no dejará de crecer.