El agrónomo londinense Arthur Young inició en 1763, con apenas veintidós años, una serie de viajes por Europa (Irlanda, Francia, España e Italia), cuyas impresiones anotó y publicó en libros en los que dio cuenta básicamente del estado de su agricultura. En el primer viaje a Francia en 1787, cuando se encontraba en el balneario de Bagnères-de-Luchon, cerca del Pirineo catalán, decidió hacer una excursión por Cataluña durante el mes de julio, que duró apenas doce días. Alquiló tres mulas y un guía que hablaba francés, emprendiendo el viaje junto a su amigo Maximilian Lazowsky. Entraron en el Principado el 10 de julio por el Valle de Aran, siguiendo el itinerario por el Pallars, la Anoia, Montserrat, Barcelona, el Maresme, Girona y el Empordà, retornando a Luchon el 21 de julio. Al regresar a Inglaterra publicó en la revista Annals of Agriculture el diario del viaje que tituló Tour in Catalonia (1787). Posteriormente, en 1794, volvió a publicarlo incorporándolo a la segunda edición de su Travels during the years 1787, 1788 and 1789 […] of the kingdom of France.

El domingo 15 de julio llegaron a los pies de Montserrat. Al día siguiente visitaron diferentes ermitas repartidas por la montaña y marcharon por el camino de Collbató para dirigirse a Barcelona. Young anotó que a ambos lados de la carretera se veían, en el campo, encantadoras casas y hermosas construcciones de todo género. Compara la animación de los alrededores de Barcelona con los de París, siendo ésta capital de un reino, mientras que la Ciudad Condal tan sólo lo era de una provincia. La presencia de algunas palmeras aumentó la novedad del paisaje que visualizaba Young.

Con prisas, al fin de llegar antes de las nueve de la tarde, hora en que se cerraban las puertas de acceso a la ciudad, y extenuados después de recorrer cuarenta millas bajo un sol ardiente, se encontraron con la desagradable sorpresa del registro de lo que llevaban en el equipaje. Después, tras recorrer dos millas por las calles barcelonesas en busca del hotel Corona de Francia, donde no tuvieron posibilidad de alojarse, se hospedaron en La Fonda, donde estuvieron muy bien. Este hospedaje les brindó una estancia agradable y completamente reconfortante, que contrastaba con los pobres hostales de montaña. La Fonda era una casa excelente, con un servicio abundante y diligente, como en Inglaterra. Una buena cena a base de pescado fresco, melocotones maduros, buen vino y la mejor limonada del mundo, así como buenas camas, les devolvieron la vida.

Viatge a Catalunya 1787 de Arthur Young

 

El día 17 de julio lo emplearon en visitar la ciudad. Como otros viajeros inmediatamente posteriores (Ponz, Bourgoing, etc.), Young destacó la existencia del nuevo barrio de la Barceloneta, con calles cortadas en ángulo recto y con casas pequeñas y bajas, debido a que estaba poblada solamente por marineros, tenderos humildes y artesanos. Uno de sus lados daba al frente del muelle. Las calles estaban iluminadas, pero a causa del polvo que las cubría, sobre todo las más anchas, no pudo identificar si todas estaban pavimentadas. Young comentó la visita a la Real Fundición de Cañones. Tuvo ocasión de ver la operación de taladrar cañones de 24 libras, la más curiosa mecánica de la época. En tiempos de guerra trabajaban en la fundición hasta 300 obreros, pero en el momento en el que él la visitó su número era muy reducido.

Para el agrónomo inglés lo más notable de Barcelona era el muelle: su plano, su ejecución, todo en él era admirable. Tenía de largo cerca de media milla. Una plataforma baja de piedra se elevaba un poco sobre el nivel del mar en el puerto, llegando hasta ella los barcos para abordar; siendo lo suficientemente ancha para poder recibir todas las mercancías que llegaban o que embarcaban. Sobre esta plataforma se abrían una serie de almacenes abovedados, sobre los que se extendía la parte superior del muelle, formando continuación con las otras calles de la ciudad. A través de escaleras y rampas en suave pendiente se permitía circular a los peatones y a los coches con toda facilidad de una parte a otra. Todo allí era piedra labrada y construido con lujo.

MERCADOS DE FRUTAS

El agrónomo inglés continuó sus comentarios sobre las manufacturas, el comercio y la industria de Barcelona. En cuanto a las primeras comenta que eran considerables, pudiéndose oír por doquier el ruido de los telares de medias. Éstas, junto a sedas, encajes, telas diversas y algunas cosas de lana eran las producciones esenciales. Aunque el principal negocio era el de las comisiones, pues las transacciones ascendían a cifras muy elevadas. Como buen inglés, apostilló que tanto el comercio como la industria de la ciudad habían resistido los rigores que la nueva monarquía había mostrado con Cataluña. A los muchos impuestos que soportaba el pueblo, de los que ni el pan quedaba exento, había que añadir la prohibición de llevar armas a todos los catalanes, hasta el punto de que ni los nobles podían usar espada, salvo gracia especial o una obligación de su empleo. Es por ello que muchos aspiraban al título de familiar del Santo Oficio, lo que les daba derecho a poder portar armas.

Recorrió algunos mercados, donde pudo comprobar la abundancia de higos, melocotones, melones y otras frutas comunes, aunque no tenían el exquisito sabor de las inglesas. En este punto del relato Young narra que fue timado al comprar tres magníficos melocotones, pues al reconocerlo extranjero le cobraron un precio desorbitante, según el criado local que los acompañaba. Los huertos estaban llenos de soberbios naranjos y de legumbres, y gracias al clima se podían obtener guisantes todo el año. 

TRANSFORMACIONES ECONÓMICAS EN BARCELONA

También tuvieron ocasión de visitar el castillo de Montjuïc. Ya por la noche Young y su amigo fueron al teatro, edificio más grande que el Covent Garden londinense, con una sala enorme y asientos confortables. Pudieron asistir a una comedia española, seguida de una ópera italiana, llamándole mucho la atención la presencia de numerosos eclesiásticos.

Al día siguiente abandonaron Barcelona camino de la frontera francesa por La Jonquera. Al salir de la ciudad fueron nuevamente registrados, lo que le pareció tanto inútil como vejatorio. De golpe se vieron en medio de una campiña bien regada y admirable, con cultivos próximos (alfalfa y cáñamo, entre otros) y objeto de gran cuidado. No había ni rastro de barbecho. Cada huerto disponía de una pequeña casa con un depósito para el agua, que llenaban casi siempre por medio de una noria. Éste era el sistema utilizado para regar los huertos de Barcelona y sus alrededores. A dos horas de camino de Barcelona, llegaron a Badalona, donde pudieron contemplar las primeras viñas, así como moreras y naranjos. A partir de aquí, Young y su amigo siguieron el camino de la costa, visitando Mataró, Calella, Girona y Figueres antes de cruzar la frontera para llegar al Rosellón el 21 de julio, desde donde continuarían hacia Luchon. 

El relato del agrónomo inglés es uno de los más sutiles y detallados en cuanto a las observaciones sobre el estado del campo catalán. Pero también lo es de las manufacturas y comercio barceloneses y, en definitiva, de las transformaciones económicas que Barcelona estaba experimentando durante las dos últimas décadas del XVIII.

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