El prusiano Wilhelm von Humboldt (1767-1835), hermano mayor del célebre naturalista y explorador Alexander von Humboldt, es recordado por ser uno de los fundadores de la Universidad de Berlín, además de por su labor diplomática en el Congreso de Viena de 1815, convocado para reorganizar Europa tras la derrota de Napoleón, y por su reforma del sistema educativo alemán que tantos éxitos dio. A diferencia de su hermano, Wilhelm dedicó la mayoría de sus trabajos de investigación a las humanidades, especialmente al estudio de las lenguas.

El interés por las lenguas españolas, y especialmente por el vasco, fue el motivo que le impulsó a viajar en dos ocasiones a España. Su primer viaje comenzó en septiembre de 1799. Entró por Irún en octubre y, con un ritmo muy rápido y de estancias cortas, llegó a Madrid a fines del mismo mes. De ahí que Arturo Farinelli, su primer biógrafo y editor de sus relatos viajeros en 1924, considerara algunos de sus juicios sobre España demasiado superficiales.

CATALUÑA Y VIZCAYA

Después de permanecer en la Corte dos meses y conocer a lo más destacado de la intelectualidad de entonces, continuó su viaje por la Mancha hasta Andalucía, siempre acompañado por su mujer y sus dos hijos. Más como etnólogo fascinado con el orientalismo que como lingüista, recorrió las principales ciudades andaluzas y regresó por la costa levantina hasta Francia, previa estancia en Barcelona.

En sus recuerdos hizo una comparación entre dos provincias “por las que se entra en España y se sale de ella, Vizcaya y Cataluña”. Anotó que las dos eran montañosas y boscosas, aunque el paisaje catalán le pareció en conjunto más atractivo y bello: “las montañas y los valles tienen un carácter más grandioso y la vegetación con sus naranjos, áloes y palmeras, naturalmente más escasas, es más suave y meridional”. Las mayores diferencias las encontró entre los habitantes de una y otra región. Si los vascos eran más habilidosos y valientes, los catalanes “sobre todo las mujeres, tienen una constitución más suave y dulce”. Si los vascos, como pueblo montañés, estaban todavía próximos al “estado de rudeza”, los catalanes destacaban por su “laboriosidad, pero también más refinados y más orientados a su propio interés”.

OBSERVACIONES LINGÜÍSTICAS

Durante su primer y rápido recorrido por el País Vasco se entusiasmó con el euskera, aunque comprobó su retroceso en amplias zonas: “En Vergara se habla ya mucho español, incluso por la gente del pueblo, y en Vitoria ya no se habla en vasco. En toda la provincia de Álava, de Vitoria abajo, hay muchos lugares en los que ya ni si quiera lo saben. Parece que este idioma se ve cada vez más reducido”.  El segundo viaje a España, mucho más tranquilo y detenido, lo realizó en 1801 y se centró en el País Vasco con el fin de estudiar el euskera. A raíz de esta estancia desarrolló su conocida teoría de la lengua vasca como la más antigua de Europa.

También en Cataluña, y sobre todo en Barcelona, observó con detenimiento los usos lingüísticos de sus habitantes: “EI catalán se habla como lengua oficial del país y sin comparación más que el valenciano en Valencia. En todas las reuniones sociales, las personas de educación, aunque raras veces las mujeres, hablan castellano. La pronunciación es dura, ruda e incómoda por los muchos monosílabos terminados en consonantes, especialmente en tsch”.

Durante su estancia en la capital catalana conoció no sólo a destacados representantes comerciales alemanes y franceses, también a los eruditos más prestigiosos de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX. Tuvo ocasión de compartir algunas veladas con Ignasi Torres Amat, bibliotecario de la Biblioteca Episcopal. Después de su visita a esta institución anotó que sólo encontró libros catalanes, y entre ellos el único que le despertó cierto interés lingüístico fueron “los fueros de Cataluña, ya que en ellos se pueden seguir las modificaciones que ha experimentado [la lengua] de un siglo a otro”.

DECADENCIA DE LA LITERATURA CATALANA

De sus conversaciones con Ignasi Torres destacó que llevaba un par de años elaborando un Diccionari d’escriptors catalans, un proyecto que culminaría en 1836 su hermano Fèlix Torres i Amat, impulsor también de la Biblioteca d’autors catalans, abierta al público en 1819. Es significativo que Humboldt comentara que el diccionario de Torres no era una iniciativa individual: “Con el otro bibliotecario está empeñado en publicar una noticia sobre todos los escritores catalanes. Ya han reunido 1.200. El otro bibliotecario es Don José Belviches, Catedrático de Filosofía, actualmente empeñado en hacer un diccionario castellano-catalán”. Finalmente, este diccionario incluyó también el latín y fue publicado en 1805.

Pese a contactar con el catalanismo cultural más activo, Humboldt incidió en la decadencia de la literatura en catalán con este demoledor comentario: “Una lengua en la que ya no se escribe nada tampoco debería hablarse. Debería quedar reducida a un patois propiamente dicho”. Reconocía el prestigio social del castellano entre las elites, pero también advertía sobre los peligros de un bilingüismo mal practicado, posiblemente por la extrema debilidad del sistema educativo: “Los habitantes de estas provincias no hablan bien ninguna de las dos lenguas y, lo que es peor, no piensan limpiamente en ninguna”. Su fino olfato de lingüista le permitió detectar por qué usaba el catalán la Iglesia: “Sin embargo, al menos en Cataluña, se predica en catalán. Y mucho”.

BARCELONA, POBRE Y SUCIA

A la capital no le dedicó comentarios demasiado halagüeños: “Barcelona no es precisamente una ciudad bella, limpia y agradable, pero a primera vista conserva el aspecto de un lugar grande y populoso, al que no le faltan ni comercio, ahora un poco estancado, ni fábricas ni lujo”. Subrayó la cantidad de pobres necesitados de una ración diaria de sopa -unos 4.500-, aunque precisó que “las calles no tienen tantos pordioseros como en Valencia”.

Como todos los viajeros de esos años, Humboldt se detuvo en la descripción del puerto, “siempre más lleno que cualquiera de los españoles”, y de los magníficos paseos que se podían dar por la ciudad, tanto por La Rambla como por los alrededores, donde se podía ver “bien el mar o bien la llanura magníficamente cultivada”. No le interesó ni la catedral ni ningún otro edificio religioso, incluso se atrevió a concluir que “en Barcelona no hay tesoros artísticos dignos de mención”.

MONTSERRAT

Cuando Humboldt no ahorró tiempo ni elogios fue en las páginas dedicadas a su viaje de Barcelona a Montserrat. Durante la excursión observó todos los detalles del monasterio y de su entorno: “Fue una de las excursiones que más me ha gustado de todas las que hice en España y los secretos de Goethe se cernían vivamente en la memoria”. El escritor alemán, que nunca había viajado a España, le había pedido a su amigo Wilhelm toda la información posible sobre Montserrat, detalles que después utilizó recreando un mundo espiritual de valles y llanos fértiles “después de haber fecundado masas de rocas”.

Esa Montserrat humboldtiana, como símbolo de vida de meditación y pacificación interior, fue el mayor legado que este sabio prusiano legó sobre Cataluña a los románticos alemanes. Barcelona solo quedó como un lugar de paso, con sus dos lenguas mezcladas y en ebullición, muy lejos de la pureza lingüística que tanto anhelaba Humboldt.

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