Una psicóloga trabaja con una mujer con autismo

Una psicóloga trabaja con una mujer con autismo FREEPIK

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Autismo adulto: claves para vivir mejor sin forzar la adaptación

El TEA en la edad adulta existe y merece comprensión para evitar un desgaste emocional que derive en depresión o ansiedad

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El autismo, conocido también como trastorno del espectro autista, es un trastorno del neurodesarrollo y representa una gama de condiciones que se caracterizan por déficit de habilidades sociales, comportamientos repetitivos y dificultades en la comunicación verbal y no verbal. En otras palabras, el TEA es una afección que determina la forma en que una persona percibe y se relaciona con el mundo

El Trastorno del Espectro Autista no desaparece con los años. En la edad adulta, muchas personas con TEA continúan su vida con autonomía, trabajan, mantienen relaciones y toman decisiones, aunque a menudo su realidad pasa desapercibida. No porque no existan dificultades, sino porque han aprendido a convivir con ellas en silencio. “El autismo no es una etapa que se supere, es una forma de estar en el mundo que acompaña toda la vida”, explica la psicóloga Cristina Sanz, del Servicio de Psiquiatría, Psicología y Medicina Psicosomática del Hospital Universitari Dexeus.

En muchos casos, el reto no está en la falta de interés por los demás, sino en la suma de pequeñas exigencias cotidianas: cambios inesperados, conversaciones largas, normas sociales no dichas o entornos cargados de ruido y luces. Esa sobrecarga sensorial constante va minando la energía y puede acabar generando estrés y agotamiento.

Cuando encajar tiene un precio

A lo largo del tiempo, muchas personas adultas con TEA han desarrollado estrategias para pasar desapercibidas. Es lo que se conoce como enmascaramiento: observar, imitar, contener gestos o forzar interacciones para cumplir con lo que se espera. “Es un esfuerzo enorme que no siempre se ve desde fuera, pero que pasa factura por dentro”, señala la psicóloga.

Ese precio suele ser un profundo desgaste emocional, con más ansiedad, dificultad para regular las emociones o sensación de vacío tras una jornada social o laboral intensa. Reducir la presión por aparentar normalidad y permitir que cada persona se muestre tal como es resulta clave para preservar su bienestar.

El papel del entorno cercano

Familia, pareja, amistades y compañeros de trabajo tienen un papel fundamental. No siempre hay mala intención cuando se fuerzan planes, se minimizan necesidades o se insiste en ‘hacer un esfuerzo más’. Sin embargo, estos gestos pueden convertir espacios cotidianos en lugares poco seguros. “La comprensión no es sobreproteger, es respetar límites”, recuerda Cristina Sanz.

Pequeños cambios marcan grandes diferencias: saber con antelación qué va a ocurrir, cuánto durará un encuentro o quién estará presente ayuda a reducir la incertidumbre. Tener claras las rutinas y el orden de las actividades aporta estabilidad y permite decidir hasta dónde participar.

Conocer los propios límites y respetarlos 

Contar con un espacio tranquilo para retirarse, hacer pausas o desconectar unos minutos no es un privilegio, es una necesidad básica. Expresar de forma clara las preferencias y reducir estímulos sensoriales, evitar ciertos temas de conversación o limitar la duración de un encuentro favorece la adaptación mutua y reduce el malestar.

No todas las personas disfrutan de la misma intensidad de vida social, y respetarlo es una forma de cuidado. Reconocer los propios límites y atenderlos mejora la calidad de vida.  Participar por obligación o por cumplir expectativas sociales suele aumentar la ansiedad. No todas las personas necesitan ni disfrutan de la misma intensidad de interacción social, y eso también es válido.