Miguel, el 'guardián' del mercado de Montserrat

Miguel, el 'guardián' del mercado de Montserrat Òscar Gil Coy Barcelona

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El día a día de Miguel (96 años), el 'guardián' del Mercado de Montserrat de Nou Barris: "No falto nunca"

Sentado cada día en su banco, testigo de un siglo de cambios, Miguel encarna la memoria viva de un mercado que se ha reinventado sin perder su alma

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En el renovado Mercat de Montserrat, donde la luz blanca estrena paredes y el sonido se multiplica entre pasillos amplios, hay una escena que no pertenece del todo a la arquitectura nueva. Sentado en un banco, frente a una de las paradas, Miguel observa el ir y venir de la gente como quien mira una película que lleva décadas en cartel. Tiene 96 años y una rutina que no ha cambiado de escenario: el mercado.

Miguel es del barrio de toda la vida. Lo dice sin énfasis, como si no hiciera falta explicarlo más. Ha visto el mercado antes del cambio, durante el deterioro y ahora en su versión renovada. “Yo llevo aquí desde que se abrió el otro”, resume. No habla del edificio como un lugar, sino como una continuidad de su propia vida.

Una vida entera entre paradas y rutinas

Su relación con el mercado no es la de un cliente ocasional. Es la de alguien que nunca se fue. “Todos los días del año vengo”, dice. Con 96 años, su presencia diaria no es una excepción sino una costumbre. Solo las vacaciones de agosto o alguna hospitalización han interrumpido una rutina que él mismo define como inquebrantable.

El mercado de Montserrat en una imagen de archivo

El mercado de Montserrat en una imagen de archivo Òscar Gil Coy Barcelona

El banco donde se sienta es su punto fijo dentro del movimiento. Desde ahí observa, comenta, saluda. A veces compra, a veces solo mira. “No falto nunca”, afirma con naturalidad. La frase no busca épica, pero la contiene.

El cambio del mercado: entre lo nuevo y lo conocido

La transformación del edificio no le resulta ajena. Ha vivido el mercado antiguo, sus años difíciles y su reconstrucción. El nuevo espacio, con más de 10.000 metros cuadrados, luz renovada y una estructura completamente distinta, no le genera rechazo. Al contrario, lo acepta con una sencillez casi resignada. “Pues bien, hacía falta”, dice.

Para Miguel, el cambio no es ruptura, sino evolución. Recuerda un barrio distinto, con viñas, campos y casitas bajas donde hoy hay calles densas y tránsito constante. “Ha cambiado el cien por cien”, resume sin nostalgia dramática, más bien como constatación de un tiempo que ha pasado encima del territorio.

El mercado como memoria viva del barrio

Miguel ha conocido el mercado desde sus formas más precarias hasta su consolidación como uno de los espacios comerciales más activos del distrito. Recuerda cuando el pescado llegaba de madrugada, cuando los pescadores salían a las tres de la mañana y el género se vendía casi al instante.

También recuerda los años duros, cuando había menos gente y el mercado parecía apagarse. "Hemos tenido años malísimos, hacía falta un cambio" confiesa.

El mercado de Montserrat en una imagen de archivo

El mercado de Montserrat en una imagen de archivo Òscar Gil Coy Barcelona

"Luego se levantó la plaza y fue de las mejores de Barcelona”, afirma. La frase condensa una memoria colectiva: el mercado como organismo que ha sufrido crisis, transformación y recuperación.

La vida cotidiana en el nuevo Montserrat

Hoy, su día transcurre sin prisa. Sale de casa, desayuna, baja al bar, se sienta con conocidos. A veces conversa con vecinos que pasan por el mercado y lo saludan. “Vienen y se sientan conmigo y hablamos de cualquier cosa”, cuenta. El mercado, para él, es más social que comercial.

Sobre la gente joven, Miguel no es crítico, pero sí observador. Cree que vienen, aunque menos de lo que podrían. “La que puede, viene”, dice. Entiende que el trabajo y los horarios limitan la presencia en el mercado. También menciona a su nieta, que compra cuando puede, entre obligaciones laborales.

El mercado, en su mirada, sigue siendo un espacio posible, pero no siempre accesible para todos. Un lugar que depende del tiempo libre, cada vez más escaso.

El supermercado y la costumbre de toda una vida

La comparación con los supermercados aparece de forma inevitable. Para Miguel no hay duda: siempre ha comprado en el mercado. No lo plantea como una elección moderna, sino como una continuidad biográfica. “Toda la vida en el mercado”, repite.

El mercado de Montserrat en una imagen de archivo

El mercado de Montserrat en una imagen de archivo Òscar Gil Coy Barcelona

La fidelidad no es ideológica, es práctica. Es la inercia de una vida entera comprando, conversando y reconociendo rostros detrás del mostrador.

Un hombre sentado en medio del cambio

El nuevo mercado avanza a su alrededor: clientes que entran y salen, vendedores que cortan pescado, conversaciones que se cruzan en distintos niveles de ruido. Miguel permanece en su banco, como un punto de referencia estable en un espacio en transformación.

El edificio ha cambiado, el barrio ha cambiado, el ritmo ha cambiado. Él no. Su presencia funciona como una línea continua entre el mercado antiguo y el nuevo, entre la memoria y la actualidad.

Y mientras el mercado sigue su flujo, Miguel sigue allí, mirando, hablando, ocupando el mismo lugar que ha ocupado durante décadas: el de quien no necesita moverse para seguir perteneciendo al mismo sitio.