La isla de Buda

La isla de Buda

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La isla catalana con acceso limitado donde se come el mejor arroz: 160 hectáreas de cultivo tradicional, lagunas y 350 especies de aves

Este espacio restringido, que alberga caballos en semilibertad, utiliza el cultivo tradicional del arroz como un escudo ecológico frente a la crisis climática

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Catalunya tiene espacios únicos, lugares donde el asfalto no ha logrado sustituir a la tierra y las agujas del reloj parecen haberse congelado a mediados del siglo pasado.

Uno de sus secretos mejor guardados se esconde en el punto exacto donde el río Ebro se rinde ante el abrazo del mar Mediterráneo. Allí, en un laberinto de cañaverales, lagunas y caminos de fango, se despliega un territorio que funciona prácticamente como una propiedad aduanera debido a su estricto régimen de acceso restringido.

Es un oasis donde el silencio solo se rompe por el estruendo coordinado de miles de alas y donde los pocos lugareños permanentes corren a cuatro patas, luciendo pelajes completamente blancos.

Imagen aérea del Delta del Ebro, después del paso del temporal Gloria

Imagen aérea del Delta del Ebro, después del paso del temporal Gloria EUROPA PRESS

Se trata de la Isla de Buda, la joya lacustre más grande de Catalunya y el humedal mejor conservado de todo el Mediterráneo peninsular. Este edén, blindado a la masificación turística, libra hoy una batalla titánica: una carrera contrarreloj donde el cultivo tradicional del arroz se ha convertido en la última trinchera para evitar que el mar borre el paraje del mapa.

El mapa de la isla está dividido de forma milimétrica en dos: una zona pública, tutelada con recelo por el Parque Natural del Delta del Ebro, y una mitad privada, gestionada por la sociedad Argadel, S.A.

El arroz Bomba como trinchera contra la regresión marina

El paisaje de la Isla de Buda es un tapiz mudable de tonos verdes, amarillos y azules que cambian según la estación del año. Este equilibrio estético se sostiene sobre 160 hectáreas de cultivo tradicional de arroz Bomba, una variedad gourmet codiciada por la alta gastronomía, pero que aquí cumple una función mucho más trascendental que la puramente económica.

El Instituto Pirenaico de Ecología ha estudiado el control de la especie invasora caracol manzana en el Delta del Ebro y la Albufera

El Instituto Pirenaico de Ecología ha estudiado el control de la especie invasora caracol manzana en el Delta del Ebro y la Albufera EUROPA PRESS

Desde mediados del siglo XX, la isla sufre un proceso de regresión alarmante provocado por el cambio climático, la subida del nivel del mar y, fundamentalmente, la retención de los sedimentos fluviales en los embalses río arriba. El cultivo inundado del arroz actúa como una auténtica trinchera ecológica:

  • Freno a la salinización: El agua dulce introducida para el cultivo empuja las cuñas salinas subterráneas, impidiendo que el mar esterilice la tierra.
  • Asentamiento del terreno: Las raíces del arrozal ayudan a compactar el frágil suelo deltaico frente a la fuerza de los temporales.
  • Despensa biológica: Los campos inundados se convierten en zonas de alimentación masiva para la fauna autóctona y migratoria.

Un edén ornitológico custodiado por caballos de la Camarga

Las cifras de biodiversidad de la isla son abrumadoras. Los biólogos tienen censadas en este humedal más de 350 especies de aves, lo que significa que más de la mitad de las variedades de aves de toda Europa utilizan la Isla de Buda como hogar o punto estratégico en sus rutas migratorias.

Las lagunas interiores, conocidas de forma autóctona como calaixos (destacando el Calaix Gran y el Calaix de Mar), son un hervidero de vida donde los flamencos conviven con garzas reales, martinetes blancos y el esquivo chorlitejo chico.

El ecosistema se enriquece, además, con la presencia de los singulares caballos de la Camarga. Estos animales, característicos por su pelaje blanco y su resistencia a los terrenos encharcados, pastan en régimen de semilibertad por los bosques de ribera de la isla, cumpliendo una función clave en la gestión y desbroce natural de la vegetación invasora.

La Isla de Buda en una imagen de archivo

La Isla de Buda en una imagen de archivo

Crónica de un faro fantasma y el enigma de la masía valenciana

La Isla de Buda comenzó a ganar terreno al mar en el siglo XVIII a base de sedimentos. Su crecimiento fue tan espectacular que a principios del siglo XX se convirtió en un pequeño pueblo flotante donde residían decenas de familias de colonos que contaban con su propia escuela e iglesia.

El símbolo de aquella época dorada fue el Faro de Buda, una monumental estructura de hierro de 50 metros de altura diseñada por el ingeniero Lucio del Valle en 1864. En su momento, fue el faro metálico más alto del planeta, una maravilla de la ingeniería decimonónica que acabó sucumbiendo y hundiéndose bajo las olas en 1961 debido a la implacable retirada de la línea de costa.

Hoy, el testigo histórico de aquella comunidad lo recoge la Masía de la Isla de Buda. Construida a finales del siglo XIX con una arquitectura de clara inspiración valenciana, la edificación ha sido rehabilitada con criterios de sostenibilidad como alojamiento de turismo rural.

El parque natural ofrece alternativas periféricas pero espectaculares. Los miradores de Migjorn y del Zigurat permiten otear la inmensidad de la isla mediante telescopios terrestres, mientras que las rutas en kayak y los cruceros fluviales por la Gola de Migjorn ofrecen una perspectiva imponente desde el agua.