Montaje de Marina y un campo de pitayas

Montaje de Marina y un campo de pitayas

Vivir en Barcelona

Marina Roldán, agricultora que dejó la traducción: “Trabajaba 11 horas frente al ordenador y no me habría podido permitir tener hijos”

Marina pasaba hasta once horas diarias encerrada frente a la pantalla de un ordenador, realizando un trabajo intelectualmente agotador que la mantenía aislada en casa

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Marina Roldán representa un cambio de vida radical que muchos anhelan, pero pocos se atreven a ejecutar.

A sus 36 años, tal y como ha develado en Malas Lenguas, esta joven ha dejado atrás una carrera consolidada como traductora audiovisual y multimedia en Barcelona para convertirse en la principal productora de fruta del dragón en Pedro Martínez, un pequeño municipio de Granada de apenas 1.200 habitantes.

En su "otra vida" en la ciudad condal, Marina pasaba hasta once horas diarias encerrada frente a la pantalla de un ordenador, realizando un trabajo intelectualmente agotador que la mantenía aislada en casa.

A esta carga laboral se sumaban trayectos infinitos; tardaba una hora en metro para ir a cualquier sitio, lo que convertía su jornada en un ciclo de cansancio acumulado. Fue durante el confinamiento por la pandemia de Covid-19 cuando llegó su verdadero punto de inflexión.

En ese momento de crisis global, Marina comprendió que no quería seguir apostando por ese camino y que, bajo esas condiciones laborales y urbanas, no se habría podido permitir tener hijos ni formar una familia con las garantías y el tiempo que ella deseaba para los suyos.

De traductora a agricultora

El destino para su nueva etapa no fue casual: regresó a las raíces de su abuela materna, el lugar donde pasó los veranos de su infancia y donde hoy reside su madre, Magdalena. En Pedro Martínez, junto a su pareja Samir, decidió emprender un negocio agrícola innovador que rompiera con lo tradicional.

Mientras la mayoría de la comarca de los Montes Orientales se dedica al cultivo del olivo o al pistacho, Marina apostó por la pitaya, una fruta tropical que hace cuatro años era una gran novedad en el mercado nacional.

El desafío agrícola no ha sido menor, pues ha tenido que desafiar el clima seco y las temperaturas extremas del norte de Granada. Para lograr un producto de calidad, Marina emplea un "mimo y cuidado" constante dentro de sus invernaderos, controlando minuciosamente la nutrición de cada planta y adaptando la temperatura para protegerlas tanto de los inviernos gélidos como de los veranos abrasadores.

La pitaya, cuya flor es de una sola noche, requiere una atención física que ella describe como un cambio reparador frente al agotamiento mental de la traducción; ahora prefiere "trabajar con el cuerpo" en plena naturaleza.

Hoy, su "oficina" está rodeada de tranquilidad y silencio, solo interrumpido por el canto de los grillos al caer la noche. En el pueblo, Marina ha descubierto que el tiempo tiene un valor real: "En una hora me da tiempo de hacer millones de cosas", afirma, desde realizar labores de mantenimiento en el invernadero hasta actividades cotidianas como ir a la compra o llevar a su hija al colegio.

Esta nueva realidad le permite conciliar su trabajo con la crianza de su hija Mar, de solo año y medio, asegurándole un entorno de aire fresco lejos de la contaminación. Marina tiene claro que ya no cambiaría "los coches y el humo por los grillos y las estrellas".