Las paredes del número 9-11 de la calle Lancaster del Raval de Barcelona se caen a trozos. El degradado aspecto de la fachada no engaña y el interior solo empeora. El estrecho pasillo del vestíbulo, lleno de pintadas y con un problema endémico de humedades, da la bienvenida al visitante. El Ayuntamiento, propietario del inmueble desde 2017, tiene pendiente empezar unas obras de rehabilitación que fija para este 2022. Los pocos vecinos que viven en él denuncian una situación de abandono administrativo. En un portal, además, se ejerce la prostitución desde hace muchos años. Una práctica que tampoco cesó con el cambio de manos del edificio.

Más de la mitad de los 26 pisos ya están vacíos. Son fáciles de identificar por las puertas tapiadas –ya sea con yeso y ladrillos o con una puerta antiokupa– reclamadas por los vecinos para evitar okupaciones y no alargar más las obras y el realojo de los inquilinos. Este martes, los operarios blindaban el acceso de dos viviendas más del edificio colindante, el 7, que vive la misma situación. En verano de 2017 el gobierno compró las tres fincas por 5,6 millones de euros con el objetivo de rehabilitarlas y sumarlas al parque de vivienda pública. En total son 41 pisos. La reforma, sin embargo, se eterniza y los útlimos vecinos aun esperan para ser realojados.

ESTADO RUINOSO

Un vistazo por la escalera del inmueble 9-11 que permite entrar a las dos fincas certifica su abandono. El frío del invierno entra por todo el edificio gracias a una ventana sin cristal, hay papeles y suciedad en los dos patios, cables colgando, escalones ruinosos y un fuerte olor a humedad. La puerta principal siempre permanece abierta, pues no  existe una llave ni manera de cerrarla. “Si lo hacemos nos quedamos dentro”, se queja Zebida Saci (27 años), hija de una de las últimas inquilinas.

 

La puerta abierta invita a los juerguistas que salen de las discotecas cercanas como el Moog. Entran al portal y esnifan sus rayas, según el relato de varios vecinos. En más de una ocasión se los ha encontrado esta joven cuando salía de madrugada a trabajar.

PROSTITUCIÓN EN EL PASILLO

En la estrechez del pasillo principal también entran las prostitutas y sus clientes. Mantienen las relaciones sexuales allí mismo desde hace años. La chica recuerda las quejas de una vecina ya realojada que escuchaba la pared "temblar". Eso significaba que tenían la "fiesta montada". 

A partir de 2017-2018, una vez el consistorio ya poseía el edificio, los vecinos pidieron una solución al Institut Municipal de l’Habitatge (IMHAB). Reclamaron vigilancia, pero recibieron un portazo. "Nos dijeron que era responsabilidad de los vecinos que la escalera estuviera cerrada. La entrada nunca se cerraba porque los lateros la forzaban para no cerrarla y tener una acceso fácil y rápida", explica la chica. Zebida reprocha, sin embargo, que en la calle Almogàvers el Ayuntamiento sí contrató a un vigilante para mitigar un conflicto con una vecina que daba muchos problemas.

El Ayuntamiento prevé rehabilitar el edificio de arriba a bajo en sintonía con unos cambios profundos destinados a mejorar la calle Lancaster. A pesar de ello, esta vecina está convencida de que situaciones como la prostitución callejera no desaparecerán. "Esta calle tiene un buen futuro, pero somos la parte trasera de La Rambla. Las prostitutas seguirán viniendo y la discoteca Moog seguirá siendo conflictiva. El problema siempre estará ahí", lamenta.

RETRASO DE LAS REFORMAS

La rehabilitación llegará tarde o temprano, pero en los cuatro años de gestión municipal los vecinos no han notado mejoría. "Estas fincas nunca se han arreglado. Nunca ha sido rehabilitado. Solo han pintado la escalera dos veces", explica una vecina de unos 60 años que prefiere mantenerse en el anonimato. Recuerda el incendio de 2020 que les dejó sin luz durante un mes. Una decena de pisos aun están ocupados por varias familias. 



Fotografías tomadas en el edificio 9-11 de Lancaster el pasado martes / GUILLEM ANDRÉS

 

El retraso de las reformas se produce, en parte, porque algunos vecinos han rechazado los pisos que les ofrece el Ayuntamiento. Dos familias dijeron que no a la alternativa al considerar que empeorarían su situación. Alguno de los pisos tiene hasta 110 metros cuadrados. Los inquilinos que aceptan el realojo –la mayoría viven de alquiler– no podrán volver al inmueble una vez rehabilitado porque se destinará a alquiler social.

LA FACTURA DE LOS VECINOS

Para Zebida la reacción del consistorio después de la quema dos sábados atrás del cuadro de luces ejemplifica el abandono que sienten los vecinos. En agosto de 2020 un fuego dañó la instalación y Endesa colocó uno provisional que debía cumplir la función durante un período de tiempo máximo de seis meses. Año y medio después la precaria instalación sucumbió y el edificio se quedó sin luz durante varias horas. Nadie del IMHAB respondió al teléfono porque era sábado. Los vecinos juntaron dinero para pagar los 300 euros del servicio del lampista y aun esperan una respuesta de la administración para, al menos, no perder dinero.

En el número 7 una vecina de 60 años que pide anonimato tiene ganas de irse. Cuenta que lleva años esperando para ser realojada, que siempre le dicen que la fecha será pronto, pero esta nunca llega. “Mi casa se cae en pedazos, aquí no se puede vivir”, cuenta.

AGUA HASTA LAS RODILLAS

Zebida relata enfadada la respuesta que recibió del IMHAB cuando reclamó que arreglaran el cuadro de luces.“A mí me han dicho: ‘Total para lo que os queda en el edificio hace año y medio’”, cuenta esta hija del Raval. El largo historial de calamidades que acumulan las fincas incluyen episodios de chinches y algún que otro punto de venta de droga. 

La madre de Alfonso (nombre falso) vive en el número 7 y asegura que muchos pisos tapiados de su bloque tienen fugas de agua. Al estar deshabitados el fluido se esparce y se filtra hacia los pisos inferiores. En uno de ellos, los operarios se toparon con el agua hasta las rodillas. "No se han molestado en limpiar los pisos una vez los han cerrado. Es una autentica vergüenza", despotrica este hombre. En el bloque, sigue este vecino, viven lateros que también trapichean. Sus situaciones están judicializadas.

LOCAL OKUPADO

Este edificio tiene un problema agravado con la situación de infravivienda en la que vive una familia de origen asiático. Un matrimonio y dos hijos menores de edad viven en un local. Antes fue un negocio, pero el hombre dividió el espacio con pladur y lo acondicionó para intentar convertirlo en un hogar. Pero no lo es, como recuerda el trágico episodio de la plaza de Tetuán del pasado 29 de noviembre. Allí una familia entera de cuatro miembros, incluido un bebé, murieron calcinados en la antigua sede bancaria en la que vivían.

Mudanza de una de las últimas vecinas del número 7 de Lancaster / GUILLEM ANDRÉS

 

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