Khadija, trabajadora de una residencia geriátrica de Barcelona, durante una manifestación Barcelona
Khadija es gerocultora y trabaja en una residencia de Barcelona: "Estamos siempre estresadas; tenemos que coger la baja para poder descansar"
La trabajadora en una residencia de ancianos relata la precariedad de un sector que desgasta física y mentalmente a sus trabajadoras por un sueldo que roza el salario mínimo
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Khadija tiene las manos cansadas, pero su voz es firme. A sus 55 años, la trabajadora en una residencia geriátrica de Barcelona lleva casi dos décadas dedicada al cuidado de los mayores. Su cuerpo ha empezado a enviarle señales que ya no puede ignorar. Dolores de espalda, hombros castigados y el síndrome del túnel carpiano son las cicatrices invisibles de una profesión que, según denuncia en declaraciones a Metrópoli, las está consumiendo física y mentalmente.
Su testimonio no es un caso aislado, sino el reflejo de la situación laboral que se vive en muchas residencias geriátricas de la provincia de Barcelona. Una realidad que llevó a Khadija y a decenas de sus compañeros a concentrarse el pasado 9 de abril en la calle de Aribau y marchar hasta la plaza de Sant Jaume bajo las siglas del sindicato CGT.
Correr contra el reloj y la falta de medios
El relato de Khadija describe una jornada laboral marcada por la urgencia. Como gerocultora en el turno de tarde, sus tareas incluyen desde movilizar a residentes para la siesta hasta montar comedores y gestionar materiales. Sin embargo, el problema principal es la "falta tremenda de personal". "Tienes que correr para sacar la faena, haciendo más de lo que tu cuerpo te permite. Al final, vas sin descanso y a veces ni haces las cosas bien por las prisas", lamenta.
Esta sobrecarga no solo afecta a las trabajadoras, sino que impacta directamente en la calidad asistencial. "O los residentes están mal atendidos, o tú estás muy sofocada", resume con crudeza. A la falta de manos se suma la precariedad de los recursos: grúas que no funcionan correctamente, carros que dificultan el movimiento y una escasez de material básico, como pañales, que convierte cada jornada en una carrera de obstáculos. Cuando la tecnología falla, el esfuerzo recae sobre sus espaldas: "Si la grúa falla --y la persona atendida tiene sobrepeso-- tenemos que cargar a personas de 100 o 120 kilos entre dos. Una sola no puede".
Un sueldo que no llega al final del mes
La precariedad también tiene una cifra: 1.200 euros. Es el salario bruto aproximado que perciben muchas de estas profesionales bajo el actual convenio sectorial, una cantidad que, en una ciudad como Barcelona, apenas permite sobrevivir.
Trabajadores de las residencias de Barcelona se manifiestan este jueves, 9 de abril Barcelona
"Estamos rozando el salario mínimo", explica Khadija, señalando que la estabilidad es casi un lujo que solo mantienen las empleadas más antiguas, mientras que los nuevos contratos se ven fragmentados en pocas horas o días. En esos casos, la nómina baja de forma proporcional a las horas contabilizadas.
Bajas médicas
El desgaste de Khadija no es solo una cuestión de cansancio al final de la jornada; es una erosión constante que termina en el centro médico. "Todos sufrimos de espalda, de hombros, de codos, de manos... casi todos estamos operados de túnel carpiano", relata, evidenciando que las secuelas físicas son la norma y no la excepción entre las veteranas. Sin embargo, el impacto va más allá de lo muscular.
Trabajadores de las residencias de Barcelona se manifiestan este jueves, 9 de abril Barcelona
Khadija describe un cuadro de estrés y agobio constante que afecta la salud psicológica de la plantilla. Ante esta presión, los periodos de baja son los únicos en los que experimentan un descanso reparador. "Cada dos por tres tenemos que coger la baja y descansar un poco, porque es mucha carga". Es la paradoja de un sistema que, por falta de personal, obliga a las trabajadoras a forzar su cuerpo hasta que este dice basta, alimentando un círculo vicioso de ausencias y mayor sobrecarga para las que se quedan.
Miedo a represalias
A pesar de la dureza de sus condiciones, Khadija confiesa un temor que pesa en cada plantilla, cada comité y cada trabajadora: la represión y el despido. No es un temor infundado. Precisamente, una de las principales reivindicaciones de la manifestación del pasado 9 de abril fue el fin de la "persecución sindical" contra quienes alzan la voz para exigir ratios adecuadas, mejores sueldos y el cumplimiento de los protocolos de riesgos laborales.
Trabajadores de las residencias de Barcelona se manifiestan este jueves, 9 de abril Barcelona
Khadija sigue trabajando, cuidando de otros mientras intenta cuidar de sí misma en un sistema que, relata, parece haber olvidado a quienes sostienen la vida y la dignidad de quienes ya no pueden valerse por sí mismos. Su historia es la de una de tantas mujeres que alzan la voz y exigen a las empresas y la Administración que velen por entornos laborales dignos y seguros y que recuerden que cuidar no debería ser sinónimo de enfermar.