Maria Luisa Villagrasa recuerda la ilusión de su hijo durante los preparativos del cumpleaños. El pasado 19 de julio Ángel Martínez iba a cumplir 22 años y preparaba una sorpresa a su madre y sus dos hermanos. “Ya verás como la liaremos, mama. Este año será recordado. Todo el pueblo estará allí”, le dijo alegre. No hubo festejo. Un domingo antes, la muerte se cruzaba en su camino pocos minutos después de salir de una discoteca de Cerdanyola del Vallès. Adrián H.M, uno de sus mejores amigos, lo atropellaba brutalmente en dos ocasiones y el joven fallecía pocas horas después en el hospital Vall d'Hebron.

"Ha arruinado nuestra vida, la suya y la de su familia. Mi hijo nunca tendrá un futuro. Siempre quiso tener una gran familia. Me apoyaba en todo, cuidaba de mí y de mi hermano", relata Marisa con el corazón en un puño. Nadie entiende las razones que empujaron su amigo de la infancia aquella madrugada a perseguirle, silenciosamente con las luces del coche apagadas, y a arrollar a Ángel.



Maria Luisa Villagrasa, fotografiada el pasado viernes en Ripollet / GUILLEM ANDRÉS

Su madre no aprobaba esa amistad. "Nunca quise que estuviera con él. Había algo en él que era malo. Era dañino, conflictivo, prepotente y cruel. No tenía miramientos". Adrián se encuentra en prisión preventiva por un delito de homicidio voluntario doloso. Tras el atropello mortal se quedó merodeando por el lugar, un polígono industrial del municipio barcelonés, hasta la llegada de la ambulancia. Los Mossos d’Esquadra lo detenían poco después.

'NUNCA SE PELEARON'

Esa noche de verano, Ángel salió con Jesús, su hermano pequeño de 18 años, y dos amigos más a dar una vuelta por Ripollet, su ciudad. Se juntaron con Adrián y otro joven en un evento especial de una discoteca ubicada a unos metros de la carretera de Barcelona, una vía que conecta Cerdanyola con Barberà y Sabadell. Allí, los seis jóvenes pidieron una cachimba, una de esas pipas tan populares en las teterías y que se han puesto de moda en los clubes nocturnos. No bebieron en exceso. Probablemente, unas dos copas cada uno.

Nunca se habían peleado antes. A Adrián se le cruzaron los cables y le atropelló porque le dio la gana”, manifiesta la madre. Según su relato, se enfureció con Jesús cuando éste quiso fumar de la pipa. “Le faltó el respeto y Ángel le llamó la atención”. Hubo un forcejeo y el hermano pequeño recibió un golpe, que intentó devolver sin éxito. La cosa no fue a más y el grupo de la víctima –los cuatro amigos– se marchó del local andando. Minutos después, el presunto asesino les siguió unos metros con su coche. Cuando vio el momento propicio subió el vehículo a la acera con el motor “medio parado” y embistió dos veces a su amigo.

Ángel Villagrasa en una salida a la nieve / CEDIDA



SIN CARNET Y BEBIDO

Maria Luisa inició una carrera imposible hasta el lugar del atropello. Su insuficiencia cardíaca le impedía salvar una distancia de 1,5 kilómetros. Llamó a la novia de Adrián, que vivía cerca de su casa, para que le acercara en coche. “En ese momento no pensé cuál podría haber sido el motivo. Solo que mi hijo podía estar muerto”, explica. La chica conocía lo sucedido y la respuesta la dejó helada. "Adrián lo ha atropellado. Jódete", le soltó antes de colgar.

Adrián había comprado su coche pocas semanas antes pero conducía sin carnet, seguro y con las luces apagadas, por lo que el número de delitos que habría cometido podría aumentar, señala el abogado de Marisa, Álvaro Machado, del despacho Vosseler Abogados. El joven, también de 21 años, reconoció que había bebido varias copas antes del atropello. El letrado, que ejerce como acusación particular, considera que los hechos "denotan la existencia de alevosía en la ejecución de los hechos por la utilización de un vehículo de forma sorpresiva y un aumento deliberado e inhumano del dolor con resultado de muerte por los reiterados atropellos a la víctima".

 

 

EL 'BUENMANDADO'

Ángel trabajó desde los 14 años en unos almacenes de ropa y en varios empleos en la construcción. En el último se llevó a Jesús. En el pueblo de los abuelos maternos, en Salamanca, lo llamaban el “buenmandado”. Siempre se prestaba para desempeñar cualquier faena: limpiar ovejas, ordeñar vacas o cavar en el huerto. Todo lo hacía, recuerda Marisa, con pasión y ganas de descubrir cosas nuevas.

La última noche que pasaron juntos madre e hijo se pasaron toda la noche cocinando hasta la nueve de la mañana. Hicieron bizcochos y pescado para celebrar el cumpleaños del hijo mayor. Su relación era muy estrecha. Eran madre e hijo, pero también amigos.



Ángel y su hermano pequeño, en una imagen de archivo / CEDIDA

 

En un vídeo grabado por ella se ve a Ángel sirviendo una botella de vino a su madre junto a Jesús y un amigo en un bar. Ella canta y él sonríe, una sonrisa inmortalizada por un amigo ilustrador que ha elaborado pegatinas con su cara. En Ripollet muchos coches recuerdan al joven con un adhesivo pegado en el cristal con su nombre y un lazo negro.

UN AMIGO CONFLICITIVO

Adrián había estado en casa de Marisa en muchas ocasiones. Ella no lo aguantaba. Dice que le han detenido "muchas veces" por diversos delitos. Tras uno de esos episodios, un día le dijo que se largara de su piso. “Me empujó con el pecho. Pero nunca entraba en razón. Siempre hacía lo que quería. Su madre siempre le ponía un abogado que le solucionaba sus problemas”, asegura.

Sus padres, una familia adinerada con diversas empresas, y la novia, le “consentían” su actitud. “Metía a los demás en problemas. La gente confía en él porque va de niño bueno. Ahora dice que no se acuerda de lo que hizo pero es mentira. Era plenamente consciente”.



Adrián, el presunto asesino de Ángel / CEDIDA

Los dos amigos se metían a veces en problemas durante alguna noche de fiesta. A Marisa le tocaba visitar la comisaría para recoger a su hijo y los policías de Ripollet se sorprendían que Ángel estuviera en compañía de Adrián. "¿Pero tu hijo qué hace con este? ¿No se da cuenta de que algún día le meterá en un buen problema?", le transmitían los agentes.

ENTIERRO MULTITUDINARIO

Al entierro de Ángel asistieron centenares de personas y la policía tuvo que cortar algunas calles alrededor de la iglesia. Acudió el alcalde, una gran representación de la policía local y también mossos d’esquadra. Ángel se llevaba bien con todo el mundo, también con los agentes. "¿Tu sabes lo que es ver a un policía llorar por tu hijo? Mi Ángel era muy salado", recuerda. El día después del presunto asesinato, un centenar de jóvenes se agolparon delante de los juzgados de Cerdanyola del Vallès para mostrar su repulsa contra el crimen. Algunos querían agredir al detenido. Con los brazos en alto, su madre frenó la "rabia" que sentían los amigos de su hijo y evitó que la situación se descontrolara aún más.

 

 

Marisa apenas duerme y come. A menudo sufre ansiedad y ataques de pánico. "Yo ya no vivo en la realidad. Espero algo que nunca va a suceder". Alberga la esperanza, en algún momento, de ver a su hijo llegar desde una esquina, un sueño que la atormenta con frecuencia. Antes de coger la baja, el sueldo de Ángel servía para mantener a su madre y hermano. Luis Miguel, el mayor, sufre depresión y ha dejado su trabajo. La pérdida del hijo mediano ha destrozado a una familia entera, en especial, a una madre que en cinco años ha visto como morían sus padres y tres hermanos.

'QUE SU FAMILIA SUFRA IGUAL QUE YO'

El principal anhelo de una madre destrozada por la pérdida de su hijo es que su muerte no hubiera sucedido nunca. Por otro lado, Maria Luisa pide la “pena máxima” para su presunto asesino.  “Me gustaría que no mantuviera contacto con su familia. ¿No quiere alegar enajenación para restar años de cárcel a la condena? Me gustaría que su familia sufriera lo mismo que he sufrido yo. ¿No dice que se volvió loco en ese momento? Pues que lo aíslen y que enloquezca como yo”.

 



Ángel, sonríe, en una imagen de archivo / CEDIDA

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