Nuria trabajando en el obrador de Delikatessen Santa Perpètua de Mogoda
Nuria, la pastelera de 24 años que se formó con su familia en un exitoso obrador de Barcelona: "Cada vez hay menos artesanos como nosotros"
La joven trabaja mano a mano con su madre Susi y su tía Yolanda en Delikatessen: las tres forman una línea generacional que hoy resulta casi excepcional
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A primera hora del viernes, la gran cristalera de Delikatessen se ilumina como una pantalla abierta al interior de un oficio que ya casi no se ve. Desde la calle, cualquiera puede observar a Nuria moverse entre masas, harinas y bandejas, con el delantal salpicado de blanco y la precisión de quien lleva toda la vida ahí, aunque apenas tenga veinte y pocos.
Nuria trabajando en el obrador de Delikatessen Santa Perpètua de Mogoda
A su lado, su madre Susi y su tía Yoli trabajan al mismo ritmo, sin detenerse nunca. Las tres forman una línea generacional que hoy resulta casi excepcional: una familia donde el relevo natural del oficio no solo existe, sino que se abraza sin miedo.
La hija que creció entre harinas
Nuria creció dentro de ese obrador. "Desde bien pequeña es lo que me ha apasionado", dice con una seguridad que contrasta con su voz aún joven. Iba allí después de clase, “hurgando”, leyendo libros, buscando recetas en internet, curioseando. A los 16 años lo tuvo claro: quiso estudiar pastelería.
Entró a la escuela, pero salió igual de rápido. "No me gustaba cómo lo estaba estudiando", admite. Así que volvió al único lugar donde sentía que realmente aprendía: el obrador: "Práctica, práctica y práctica".
Un oficio que ya no sabe dónde enseñarse
Ese aprendizaje resume también un problema mayor: la falta de espacios reales donde formarse. "Muchos jóvenes van pegando bandazos", explica su madre.
Las escuelas se quedan cortas, los obradores no siempre pueden enseñar y los ritmos son incompatibles con la vida de un chico o chica de veinte años.
Escaparate de Delikatessen Santa Perpètua de Mogoda
Mientras las grandes empresas se multiplican, los artesanos --los que se levantan a las tres o cuatro de la mañana-- se cuentan, como ellas dicen, "con los dedos de una mano".
La opción que muchos jóvenes ya no eligen
Lo de Nuria, en otra familia, quizá no habría pasado. El sector es duro, exige disciplina casi militar y horarios que chocan con cualquier vida joven: merendar a las cuatro, cenar a las siete, acostarse a las ocho y media, incluso en verano. "Te tiene que gustar mucho… lo llevas un poco a rastras", reconoce.
Aun así, ella no tuvo dudas. "Es un trabajo que me hace feliz. Salgo de aquí, sigo pensando, estudio cuando llego a casa, no paro de mirar cosas". Habla de la pastelería como un idioma materno que aprendió sin darse cuenta.
Los lunes que dedicaron a enseñar
Y, sin embargo, sabe que es una rara avis. La falta de formación empujó a Susi y Yoli a cerrar lunes y martes para dar talleres. Entran jóvenes, aficionados y hasta profesionales con obradores propios. "Compartir nos gusta mucho", dicen.
Puerta de entrada de Delikatessen Santa Perpètua de Mogoda
El martes se dedica a producir lo del miércoles, porque en Delikatessen no congelan nada. Todo se hace desde cero. Esa obsesión por la frescura es también parte del aprendizaje que quieren transmitir.
La pantalla que mostró un oficio en peligro
Paradójicamente, el altavoz que permitió enseñar esta realidad fue casual. Nuria, que dice "odia grabar y editar vídeos", subió un día un clip a TikTok sin pensarlo. Mostraba lo que se ve desde la calle: trabajo real, manos en la masa, rutinas sin glamour.
La gente se enganchó enseguida. Las redes trajeron visibilidad, algo de respiro económico y cientos de mensajes de jóvenes diciendo: "Ojalá poder aprender" u "ojalá hubiera un sitio así cerca". Hay ganas, sí, pero faltan lugares.
Un oficio que se apaga en silencio
Nuria habla del sector sin dramatismo, pero con una lucidez que sorprende. Sabe que la panadería y la pastelería tradicional corren peligro: no por falta de vocación, sino por falta de estructura.
Obras de Delikatessen Santa Perpètua de Mogoda
"Ojalá pudiéramos enseñar a todo el mundo lo que sabemos", repiten. Pero el curso cabe en un lunes. Y son tres mujeres defendiendo un oficio entero.
La herencia que ella sí quiso recoger
La escena que se ve desde la cristalera, Nuria, su madre y su tía trabajando como un engranaje perfecto, es tan bella como frágil. Una imagen que podría desaparecer si no hay más jóvenes como ella. Si no hay más obradores que abran sus puertas. Si no hay más lugares donde equivocarse, practicar y volver a empezar.
Afuera, la cola avanza despacio. Adentro, Nuria sonríe mientras saca una bandeja del horno. Un estallido de aroma invade el obrador. En ese gesto cotidiano está toda la historia: la de una joven que eligió quedarse, la de un oficio que se resiste a desaparecer y la de un país donde cada vez quedan menos sitios para aprender lo que ella, por suerte, pudo heredar.