Cartel informativo de Rodalies
Barcelona como rehén
"El principal problema ferroviario de Barcelona es la reducción de inversiones, acumulada durante años. Reducción debida a dos motivos: el primero, la desidia de los gobiernos centrales; el segundo, la pasividad de los gobiernos catalanes, más preocupados por referéndums y otros montajes teatrales que por el bienestar de los ciudadanos"
Cataluña entera, pero Barcelona sobre todo, ha sido rehén del autodenominado sindicato de maquinistas, que ha aprovechado el desgraciado accidente de Gelida para dejar claro al gobierno catalán cuánta fuerza tienen en Rodalies.
La diferencia entre un sindicato y un gremio es que el primero agrupa trabajadores de empresas y oficios diferentes, mientras que el segundo sólo representa a un colectivo de profesionales, por ejemplo, el Semaf.
Hay colectivos que, por su especificidad, tienen mucho poder negociador. Casi siempre en empresas públicas: los conductores de trenes son uno de ellos. También lo eran los controladores de vuelo, hasta que toparon con Álvarez Cascos.
El Semaf ya mostró su incomodidad cuando se anunció el traspaso de Rodalies al gobierno de la Generalitat.
Se puede discutir si la gestión de proximidad sería mejor o peor que la centralizada, pero lo que a ellos les preocupaba era una hipotética pérdida de derechos laborales, en modo alguno si el cambio beneficiaba o perjudicaba a los usuarios.
Presentar los intereses propios como si fueran el bien común es mucho más efectivo, de modo que esta vez han ido a la huelga (sin llamarla así) diciendo que lo hacían para garantizar la seguridad de los pasajeros.
Los informes sobre el estado de las vías no los hace la dirección de Adif. Los hacen técnicos empleados por esta empresa. De modo que cuando los maquinistas dicen que no se fían de los gestores en realidad están diciendo que ellos son puros pero los técnicos que analizan las infraestructuras son unos vendidos que hacen mal su trabajo.
¿Por qué merece mayor credibilidad la opinión de un conductor que la del técnico que analiza el estado de los componentes ferroviarios, desde la vía al convoy? ¿Son más listos? ¿Tienen mejor preparación? O ¿simplemente tienen más fuerza para paralizar el servicio?
Salvo que dispongan de pruebas de que los técnicos informan de un problema y la dirección ignora esos informes. Podría ser, claro, pero, si es así, deberían aportar esas pruebas para que a los responsables se les pudieran pedir las explicaciones pertinentes.
Esto no quita que el principal problema ferroviario de Barcelona sea la reducción de inversiones, acumulada durante años. Reducción debida a dos motivos: el primero, la desidia de los gobiernos centrales; el segundo, la pasividad de los gobiernos catalanes, más preocupados por referéndums y otros montajes teatrales que por el bienestar de los ciudadanos.
Más aún: el independentismo vive desde hace décadas de la queja sistemática. Se diría que prefiere que nada funcione, sobre todo si depende del Gobierno central, para así poder seguir quejándose.
Ahí están las declaraciones de Carles Puigdemont diciendo que los españoles no saben gestionar. ¡Una memez! Hay españoles que gestionan bien y otros que lo hacen fatal.
Sin descartar que sus afirmaciones surjan de una reflexión sobre la propia práctica: él mismo, que es español, al menos a la hora de cobrar del erario público, ha gestionado trenes y hospitales y centros educativos. ¿Será que lo hizo mal y ahora lo confiesa?
El jueves pasado, las vías de tren del entorno metropolitano eran mucho más seguras que el lunes, el martes y el miércoles, días en los que los miembros del Semaf condujeron los trenes.
Lo que hicieron luego fue manipular el comprensible dolor por la muerte del maquinista en prácticas para mostrar su capacidad frente a los poderes públicos.
En cuestión de horas pararon los trenes. ¡Esa es su fuerza!
No es la primera vez que actúan así. Otras lo han disfrazado de bajas médicas y otras de errores más o menos involuntarios.
Los problemas ocasionados a los barceloneses les trajeron sin cuidado, como les importan un comino los que puedan causar en los tres días de huelga convocados para el mes de febrero.
En realidad son partidarios de aquel maestro de Lenin que sostenía que cuanto peor van las cosas, mejor para los propios intereses.
Pueden ganar batallas porque hay gobiernos democráticos que respetan los derechos laborales. Pero tal vez llegue el día en que gane las elecciones quien piense que la mejor forma de meter en vereda a estos colectivos es prohibir el derecho a la huelga en los servicios esenciales. Por ejemplo: el transporte público.