El expresident Artur Mas
Los ricos también lloran
"Quien se hubiera alegrado de que Artur Mas hubiera aceptado ir en la lista de Junts sería Jaume Collboni. Mas, hasta ahora, ha hundido todo lo que ha tocado: en el sector privado llevó al desastre a la empresa Tipel. En el público acabó con CDC y con el PdCat"
El distrito de Sarrià-Sant Gervasi llora estos días por la falta de atención. El Ayuntamiento no les hace caso, no arregla las calles ni las zonas verdes. Y todo porque son ricos y de derechas, dice Junts.
Como en el consejo del distrito tiene mayoría, ha hecho votar diversas propuestas que el equipo de gobierno municipal no está obligado a asumir y que, al no considerarlas prioritarias, no asume. Junts podría haber llevado los asuntos al pleno, que sí obliga, pero como allí no tiene votos suficientes, no lo hace. Y luego se lamenta: ¡Una injusticia!
Nada nuevo: si algo define la política de Junts es la queja, incluso el llanto desconsolado por lo perseguidos que están por todo y todos. Jeremiadas.
Entre los problemas que dicen tener hay uno que no citan: la densidad de tráfico a las horas de entrada y salida de los colegios. Hay tantos centros (muchos privados y concertados) que circular resulta imposible por la multitud de autocares escolares y niños que son transportados en coches particulares.
Mientras, casi por desespero, Junts busca aparentar un golpe de timón y presentar un alcaldable de postín. Preferentemente, rico. Como tantos dirigentes del partido. O que medraron al amparo del partido.
De momento se lo han propuesto a Tatxo Benet, que se lo piensa, y a Artur Mas, que ha dicho que no. Ya antes le habían cercenado sus aspiraciones Josep Maria Cullell, Miquel Roca y Joaquim Molins.
¿Buscan fuera porque creen que en su equipo municipal no hay nadie que dé la talla?
Quien se hubiera alegrado de que Artur Mas hubiera aceptado ir en la lista sería Jaume Collboni. Mas, hasta ahora, ha hundido todo lo que ha tocado: en el sector privado llevó al desastre a la empresa Tipel. En el público acabó con CDC y con el PdCat.
Mas reúne una de las condiciones de Junts: proceder de familia adinerada. Su padre, durante la dictadura, como no se podía hacer otra cosa, se dedicó a incrementar la fortuna amasada por el tatarabuelo, Joan Mas Roig, forjada desde la capitanía de un barco esclavista. En 1844 llegó a transportar a 825 esclavos de Benín a Brasil. Todos cómodamente instalados.
Como el negrero Antonio López, pero con apellido catalán.
De todas formas, estas ofertas no pasan de ser juegos florales. En realidad, el candidato de un partido de funcionamiento democrático como Junts lo decide Carles Puigdemont. Son modernos: digitales. O sea, a dedo.
Otras candidaturas a la alcaldía barcelonesa en las elecciones del próximo año se van ya aclarando.
Collboni repetirá. No estarán, en cambio, los cabezas de lista de los Comunes y ERC. Tampoco Trías, en Junts.
Se suponía que Barcelona era un premio gordo para un político, pero sólo lo es para políticos que enfilan la retirada como Trias o Ernest Maragall, de modo que cuando pierden pueden justificar el irse a casa.
Lo de Ada Colau es otra historia. En los comunes se ha ido media lista y por orden de aparición en la misma. Tan poco banquillo tienen que han acabado recurriendo a Pisarello, que vegetaba en la mesa del Congreso. ¡Eso sí que es dar apoyo al PSC!
De los futuros alcaldables hay uno (una, Elisenda Alamany, ERC) que tiene un proyecto claro para Barcelona: volver al siglo pasado. Esta misma semana ha confesado que su modelo de ciudad es la que conoció cuando tenía 9 años, es decir, hace más de un tercio de siglo.
Ser nacionalista es lo que tiene, que lleva aparejado ser conservador y mirar hacia atrás, confiando en no convertirse en estatua de sal ahora que los dioses están por otros asuntos. O no están.
Alamany está en la onda. Hoy no se llevan las utopías, no se sueña el porvenir, pero los historiadores del pensamiento y de la literatura han codificado los proyectos utopistas, los paraísos soñados.
Los hay de dos tipos: los progresistas, que sitúan la sociedad feliz en el futuro y, geográficamente en el oeste, y los conservadores, que ubican los paraísos en el este y, naturalmente, en el pasado. Por ejemplo la Biblia. O, salvando las distancias, Elisenda Alamany.
Es consustancial al nacionalismo ser conservador. De ahí los problemas de Gabriel Rufián, con discurso de izquierdas pronunciado desde un partido con un líder (Oriol Junqueras) muy de derechas, que busca volver a una época dorada que ni siquiera existió.
Los partidos nacionalistas, cuando se ven forzados a decidir entre lo social y lo nacional nunca tienen dudas: lo social es menos importante.
Luego ya encontrarán el medio de justificarse. Le pasa a ERC e incluso a la gente de la CUP que esta misma semana ha dado a Junts la alcaldía de Tàrrega.
No es la primera vez ni será la última. La cabra tira al monte y el nacionalista, a la derecha. Es ley de vida.