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Bloques de viviendas en Barcelona

Bloques de viviendas en Barcelona Iñaki Unsain

Opinión

Un nuevo contrato social para garantizar el derecho a quedarse en Barcelona

"Barcelona tiene ante sí el reto de destapar de nuevo toda su capacidad de imaginación y creatividad colectiva para convertirse en un laboratorio urbano de innovación, resiliencia y justicia urbana que haga del derecho a quedarse y disfrutar de la ciudad no sea un elemento de exclusión sino de orgullo de ciudad"

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Barcelona corre el riesgo de morir de éxito. Somos una de las llamadas nuevas ciudades globales que atrae turismo, talento internacional, empresas e inversiones, especialmente en el terreno de la nueva economía.

Un éxito que, paradójicamente, puede convertirse en una debilidad. Hoy, para muchos de sus residentes, quedarse en la ciudad se ha convertido en un desafío. Lo que antes era un derecho, es hoy un anhelo y un privilegio, justamente lo contrario a los valores progresistas de una ciudad abierta, diversa, plural e inclusiva.

Sería demasiado simple culpar de esta situación a los diferentes actores de la ciudad o a los sucesivos gobiernos que la han gobernado en las últimas décadas. El problema es mucho más complejo e intrínseco a las ciudades globales de éxito.

Barcelona está inserta, afortunadamente, en las principales cadenas de valor global. Es una ciudad conectada tanto física, como digital y emocionalmente con el mundo gracias a un maridaje único y singular entre arquitectura urbana, posición geoestratégica, clima, gastronomía y un vibrante ecosistema económico y social además de su vida cultural y deportiva.

Es una ciudad siempre atractiva, ya sea en los momentos de la globalización acelerada de los últimos años, como en un momento de incertidumbre global de un mundo desconfigurado que se repliega para convertirse en una ciudad refugio.

Barcelona atrae y atrapa, aún con sus limitaciones y contradicciones, porque es una ciudad que invita a venir, imaginar, crear y transformar nuestra realidad personal y colectiva. Lo sabemos bien los que hemos nacido y crecido en la ciudad, así como los barceloneses de adopción.

Gestionar el éxito de Barcelona es, paradójicamente, uno de los principales retos y riesgos a los que nos enfrentamos. La ciudad tiene que seguir siendo e inspirando los proyectos vitales de sus ciudadanos independientemente de nuestro nivel de renta.

El derecho a quedarse en la ciudad, esto es, la posibilidad de vivir y desarrollarse en tu ciudad ya sea por nacimiento o elección, emerge como una cuestión de justicia urbana y social, y entre ellos, el precio de la vivienda sobresale por encima de cualquier otro problema urbano.

Es evidente que la atractividad de la ciudad genera una enorme presión inmobiliaria. En los últimos años, el precio de la vivienda, y en particular los alquileres, se han disparado mientras que los salarios locales no se han ajustado al mismo ritmo.

Un desajuste genera nuevas periferias, no tanto geográficas, sino económicas, lo que supone un vector de exclusión de importantes sectores sociales, empujando a familias, jóvenes y trabajadores a buscar alternativas fuera de la ciudad.

El derecho a quedarse en la ciudad tiene que ver, ante todo, con el acceso a una vivienda digna y asequible en un mercado que prioriza la rentabilidad por encima de la estabilidad social.

Hoy está fuera de cuestión que la mano invisible del mercado sea capaz de solucionar el acceso a vivienda digna y asequible. Muy por el contrario, exacerba las contradicciones de un fenómeno complejo que requiere de nuevas formas de pensar y actuar en el ordenamiento urbano.

El problema es de tal envergadura y complejidad, que tampoco ningún gobierno por sí solo puede afrontarlo. Únicamente la complicidad de un nuevo contrato social basado en la creatividad, la innovación, la agilidad administrativa y la articulación activa de una nueva colaboración público-social-privada, y con sentido de urgencia, será capaz de construir nuevas coherencias.

Solo un pacto verdaderamente transversal por la vivienda entre actores económicos, institucionales y sociales será capaz de generar un círculo virtuoso de movilización de un derecho colectivo como es la vivienda digna y accesible.

El derecho a quedarse en la ciudad no es un slogan, es un elemento de pertenencia y continuidad de la identidad de la ciudad tal y como la hemos conocido hasta ahora.

Una identidad basada en redes económicas, familiares y sociales que generaban adhesión y cohesión y que está hoy en peligro tanto por las dinámicas especulativas, por la presión de las lógicas de la geoeconomía global, como por la incapacidad de las principales fuerzas políticas de la ciudad de acordar una agenda de ciudad común.

La solución a ello no es el repliegue identitario o cerrar las puertas a los que vienen de afuera como promulgan algunos, sino reconstruir la idea de progreso para conciliar competitividad, sostenibilidad, equidad, seguridad y democracia manteniendo nuestro modelo de ciudad abierta.

Barcelona ha demostrado a lo largo de su historia su capacidad de construir espacios urbanos inclusivos y sostenibles, algo que se hace desde los barrios y desde la proximidad. Tenemos que volver a ser aquella ciudad de los prodigios retomando la máxima maragalliana “arreglando un barrio comenzamos a arreglar el mundo".

Las ciudades del s.XXI ya no se transforman con megaproyectos ni grandes palabras. Se transforman desde lo pequeño y lo concreto, conectando a la gente con su territorio para que la ciudad sea un lugar de encuentro, comunicación y comunidad.

Una ciudad en la que podamos entendernos, respetarnos y reconocernos para afrontar juntos tanto los retos de la competitividad estratégica como los de los derechos urbanos, porque el derecho a quedarse en la ciudad no puede convertirse en un lujo, sino un valor central de la vida urbana inclusiva.

Barcelona tiene ante sí el reto de destapar de nuevo toda su capacidad de imaginación y creatividad colectiva para convertirse en un laboratorio urbano de innovación, resiliencia y justicia urbana que haga del derecho a quedarse y disfrutar de la ciudad no sea un elemento de exclusión sino de orgullo de ciudad.

En esa tarea no sobra nadie, pero exige renuncias a dogmatismos y posiciones maximalistas para movilizar voluntades, concretar proyectos y transformar realidades.