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Opinión

Ni Zúrich ni Aix-en-Provence: Barcelona

"Los hechos complican el relato de Barcelona como una ciudad con verdadero éxito. Las clases con más poder, las que habían iniciado en su momento grandes proyectos industriales, se muestran satisfechas hoy gracias a sus inversiones en el ámbito inmobiliario. Los que mueven el dinero no lo hacen por sus ingresos debidos a la venta de productos de alto valor"

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Es la recta final del mandato municipal. A finales de mayo quedará exactamente un año para las elecciones. Y el debate cobra cada vez más fuerza. ¿Qué desea ser Barcelona a medio y largo plazo? ¿Hay un modelo claro de ciudad que pueda combinar la potencia económica con una vida digna para la mayoría de sus actuales ciudadanos?

Todas las grandes ciudades se encuentran en esa tesitura. El líder de la banda Love of Lesbian, Santi Balmes, señalaba en una entrevista en Metrópoli, que Barcelona debía aceptar ser “la segunda ciudad”, que resulta positivo ser la “segunda”, no competir de forma desesperada con Madrid –juega en otra liga—y apostar por una aceptable calidad de vida.

No se trata, sin embargo, de una competición con Madrid o con otras ciudades europeas. Barcelona presenta un grave problema desde hace unos años. No es capaz de retener a su población más joven, porque la falta de vivienda es una fatal evidencia. Ni de alquiler ni de compra.

Mantiene su atracción en el concierto internacional. Y eso es bueno, porque sigue en el mapa, con muchos proyectos, con inversiones, que pueden asegurar el futuro de los propios locales si se adaptan a las exigencias de la economía. Y no se trata sólo del sector servicios, sino de satisfacer las demandas de un ecosistema tecnológico que reclama talento y ambición.

Uno de los más críticos con la evolución de la ciudad es Javier Melero, abogado y escritor, que plasma las carencias de la ciudad en su novela Crímenes decentes. Melero entiende que se podían haber impulsado otras políticas.

Muy pocos hoy considerarán que los Juegos Olímpicos de 1992 fueron un error. No, con aquella operación se transformó la ciudad. Se modernizó de la mano de un capitalismo internacional que sonreía, que pensó que había ganado la batalla frente al bloque soviético. Y todos los años noventa del pasado siglo estuvieron marcados por el optimismo, sin pensar –y eso sí ha sido un problema—en la cara B que supone contar con una urbe tan atractiva.

Melero nombra en la entrevista de este domingo en Metrópoli el caso de Zúrich. Es una ciudad suiza atractiva, que no llega a medio millón de habitantes, que recibe turismo, pero no es su principal fuente de ingresos. Una ciudad orgullosa, que mantiene su identidad. ¿Barcelona sigue esa estela, o ha acabado un tanto perdida, y se ha vendido a los inversores internacionales?

Hay otros modelos que seguro que no gustarán al tejido económico de la ciudad. Aix-en-Provence es una ciudad francesa muy agradable, de menos de 200.000 habitantes. La calidad de vida es alta, y es ideal para alguien con un buen bolsillo y ganas y tiempo para pasear. No parece que los barceloneses, hoy, quisieran convertir su ciudad en una especie de retiro.

Sin embargo, los hechos complican el relato de una ciudad con verdadero éxito. Las clases con más poder, las que habían iniciado en su momento grandes proyectos industriales, se muestran satisfechas hoy gracias a sus inversiones en el ámbito inmobiliario. Los que mueven el dinero no lo hacen por sus ingresos debidos a la venta de productos de alto valor. Les llega a través de las rentas que cobran por el alquiler de pisos de edificios enteros. Esa es la realidad.

Una ciudad de rentistas por un lado, y de “subproletariado”, como señala Melero, por el otro, con trabajadores en el sector servicios, --muchos producto de una inmigración reciente-- y jóvenes locales que miran hacia los límites de la región metropolitana en busca de alguna vivienda asequible.

Aunque --y ese debate se cuida y está presente en Metrópoli-- todas las soluciones pasen por un área metropolitana unificada, que alcanzaría las dimensiones en población y en espacio de Madrid, lo cierto es que Barcelona podría acabar en un reducto de propietarios de avanzada edad, que se podrían pasear como si estuvieran en Aix-en-Provence.

La ciudad perdería a sus hijos y nietos, y, por tanto, se quedaría sin vitalidad, compensada por los jóvenes expats o por los migrantes precarios que malviven en la ciudad.

Queda un año para las elecciones. Sería el momento para constatar qué se ofrece como alternativa para asegurar que Barcelona tendrá un modelo propio, ni el de Zúrich ni el de la ciudad de Cézanne. Y que acogerá a esos profesionales jóvenes locales.