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El Papa León XIV, durante su visita a Barcelona

El Papa León XIV, durante su visita a Barcelona Óscar Gil Coy

Opinión

Barcelona con el Papa y Gaudí: el éxito de ir de la mano de España

"Ha llegado ya la hora de pedir un cambio en los mecanismos mentales que operan en muchos nacionalistas e independentistas catalanes. Ir de la mano de España, entendiendo el esfuerzo que se ha hecho con la contribución —entre muchos otros de los propios catalanes— es la garantía de que se podrá potenciar la lengua y la cultura catalanas"

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El catalanismo clásico siempre lo ha tenido claro. En tiempos de Antoni Gaudí. Y ahora, para los que han recogido aquella herencia. El nacionalismo catalán como factor de modernización de Vicente Cacho Viu, publicado en 1998, sigue siendo uno de los mejores libros para entender cómo el catalanismo o nacionalismo catalán, quiso siempre una relación con el resto de España, para modernizarla y para proteger y potenciar la lengua y la cultura catalanas.

Aquel objetivo se logró. Con muchas más contribuciones, con el empuje de muchos ciudadanos comprometidos de todas partes de España. El país es hoy un motivo de orgullo para muchas generaciones, que han visto cómo se ha incorporado al concierto de las naciones más punteras del mundo y –eso es importante—más decentes.

Hoy España es un país mucho más justo en términos comparativos que otros países que se habían ensalzado como los mejores. ¿Qué tiene problemas? Claro, como los tiene Francia o Italia o Alemania. ¿Qué tiene casos de corrupción? Sí, es algo que se debe corregir, mirando hacia el norte, hacia Dinamarca o Noruega. Pero nadie podrá discutir el nivel alcanzado en materia de derechos individuales o de bienestar social, pese a las carencias que se han manifestado en los últimos años.

El nacionalismo catalán debería analizar su evolución y comenzar a pensar en otras estrategias. Con seriedad, con rigor. El mismo PSC y sus dirigentes deberían interiorizar otro discurso, más allá de un catalanismo ya antiguo, y señalar sin ningún sentimiento de culpabilidad que sólo de la mano de España lo que más se ama, la identidad catalana, se podrá mantener y proyectar al mundo.

Se ha comprobado esta pasada semana con la visita del Papa León XIV. Ha sido un éxito colosal por parte de todos, sólo algo ensombrecido por un independentismo pasado de vueltas que lo quiere retorcer todo y ve fantasmas que no existen. Gracias a Dios que la seguridad de la Sagrada Família y los Mossos abortaron el boicot independentista en el último momento. El bochorno hubiera sido mayúsculo.

La lengua catalana ha estado presente en los discursos y en la liturgia del Papa. Ha estado porque no puede ser de otra manera cuando la Iglesia catalana es la que más difunde el catalán, como se puede comprobar en la mayoría de las iglesias repartidas por toda la geografía catalana.

Eso lo tiene muy claro el Vaticano y el arzobispado de Barcelona, con el cardenal Juan José Omella al frente, vilipendiado por el independentismo desde hace años, desde el momento en el que Omella se negó a ponerse al lado de las supuestas víctimas del independentismo durante el Procés.

Carles Puigdemont lleva mucho tiempo lanzando duros reproches a Omella. No tiene nada que ver con la visita del Papa.

La proyección de Barcelona ha cobrado un empuje enorme tras la bendición de la torre de Jesús de la Sagrada Família por parte del Papa. El espectáculo con drones, dibujando la figura de Antoni Gaudí, llenó los corazones de todos los barceloneses y también de millones de compatriotas de toda España al verlo en las televisiones.

La presencia del Rey Felipe, con la reina Letizia, del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y de varios ministros. El acompañamiento de un católico convencido, como el president de la Generalitat Salvador Illa, y con el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, todo ello dotó al acto de la Sagrada Família de una profunda significación.

No hay una hostilidad hacia lo catalán. Puede haber animadversión hacia figuras del independentismo, o se puede generar un cabreo –comprensible—hacia dirigentes políticos como Miriam Nogueras –cogió por el brazo al Papa, hablando en inglés, para reclamarle que hablara en catalán en su visita a Barcelona—pero no hay un rechazo hacia Catalunya o lo catalán. Al revés. En el resto de España se sigue manteniendo una admiración por lo logrado a lo largo de los siglos en Catalunya y, especialmente, en Barcelona, como una ciudad moderna y abierta al mundo.

Ha llegado ya la hora de pedir un cambio en los mecanismos mentales que operan en muchos nacionalistas e independentistas catalanes. Ir de la mano de España, entendiendo el esfuerzo que se ha hecho con la contribución —entre muchos otros de los propios catalanes— es la garantía de que se podrá potenciar la lengua y la cultura catalanas.

Pero hay que mostrar complicidad, aunar esfuerzos, no dedicarse a sumar reproches, comentarios o frases desafortunadas una y otra vez, como ha hecho durante décadas el programa APM de TV3, que se ha demostrado un arma del independentismo durante años.

Hay quien disfruta con eso, desde la posición de víctimas.

Es necesario interiorizar y reflexionar sobre lo que ha pasado en Barcelona con la visita del Papa. La proyección del catalán para todo el mundo, poder escuchar el Virolai desde la Sagrada Família. Y Barcelona en todo el planeta.

Y sí, de la mano de España, al lado del rey de España y del presidente del gobierno español.