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Ciclistas en una edición anterior del Tour

Ciclistas en una edición anterior del Tour EFE

Opinión

La lógica está sobrevalorada

"Dado que los clubs selectos acostumbran a cobrar unas cifras desquiciadas a los aspirantes a formar parte de ellos, me pregunto cuánto nos habrá costado lo de sumarnos al Tour de France durante tres días"

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Hay que ver cómo nos gustan los grandes eventos a los barceloneses (o a nuestros munícipes). Aún no nos hemos recuperado de la visita del Papa León XIV y ya nos estamos preparando para una vuelta ciclista con la que no tenemos nada que ver, el mítico Tour de France, al que los alemanes Kraftwerk dedicaron uno de sus discos menos interesantes.

Pero una cosa es que te guste el ciclismo y le rindas honores con tus sintetizadores, como hicieron los señores Hutter y Schneider (que en paz descanse), y otra es que una ciudad que no está en Francia se sume a un invento deportivo que, en teoría, ni le va ni le viene.

No es la primera vez que pasa. Recuerdo cuando el célebre París – Dakar empezaba también en Barcelona, algo que hacía muy feliz al difunto suegro de mi hermano mayor, pero que al resto de la población se la traía bastante al fresco, si no recuerdo mal.

Ya sé que es perder el tiempo, pero me gustaría que las cosas tuviesen una cierta lógica. Por eso creo que Israel no debería participar en el festival de Eurovisión: no como castigo por el mal trato infligido por Netanyahu a los palestinos, sino por la sencilla razón de que Israel nunca ha estado y nunca estará en Europa (habría que expulsar a Rusia por parecidos motivos: está en Europa, pero disfruta enormemente de su hecho diferencial, al que concede una importancia mayor de la que otorgaba Jordi Pujol al de los catalanes).

De la misma manera, si un rally atiende por París – Dakar es porque empieza en París y termina en Dakar y no hace ninguna falta escribirle un prólogo barcelonés. Si le cambiamos el nombre por Barcelona – Dakar, llavors parlem-ne, y preguntemos por cuánto nos saldría la broma.

Asimismo, una carrera ciclista que se llama Tour de France debería circunscribirse al hexágono de toda la vida de Dios. ¿Qué pinta Barcelona ahí, si no está en Francia y los nacionalistas hasta querrían que no estuviera en España? ¿Acaso no se puede hacer nada desde nuestra ciudad para que la Vuelta a España gane prestigio y glamour? Eso tendría cierta lógica, pese al previsible rasgado de vestiduras por parte de nuestros lazis, pero, ¿hacernos pasar por franceses para chupar rueda, nunca mejor dicho, de un acontecimiento deportivo internacional no resulta entre ridículo y patético?

Por no hablar de las calles cortadas, el sindiós circulatorio y demás desgracias derivadas del evento. En suma: ¿por qué nos metemos donde no nos llaman?

Dado que los clubs selectos acostumbran a cobrar unas cifras desquiciadas a los aspirantes a formar parte de ellos, me pregunto cuánto nos habrá costado lo de sumarnos al Tour de France durante tres días (del 4 al 7 de este mes). ¿No sabemos vivir sin grandes eventos, aunque estos no nos interpelen lo más mínimo? ¿O es que queremos reingresar en aquella francofonía en la que se empeñó en meternos Pasqual Maragall sin que la ciudadanía, como en el caso de su estatuto de autonomía, manifestara el menor interés por ello?

Hace tiempo que Barcelona dejó de estar trufada de afrancesados y que el inglés sustituyó al francés como lengua más común de uso. Puede que el inicio del Tour de France en Barcelona hubiese hecho momentáneamente feliz al cascarrabias de Joan de Sagarra, pero hace años que el ilustre columnista está criando malvas (lo mismo sucede con Espinàs y demás devotos de la chanson).

De todos modos, lo que más me inquieta de todo esto es que no atisbo ni un gramo de lógica. Como dice el refrán, zapatero, a tus zapatos (o a tus joyas, depende). Es decir: si no formas parte de Europa, haz el favor de no participar en el grotesco festival de Eurovisión. Si tu rally se llama París – Dakar, no le des comienzo en ninguna ciudad que no sea París. Si organizas la vuelta ciclista a Francia, no la inicies en un lugar de España.

Se empieza despreciando la lógica y no se sabe cómo se puede acabar, aparte de mal.