Multitud de personas en la presentación del Tour de Francia 2026
Los costes de la centralidad
"Los vecinos de Sagrada Familia también sufren las aglomeraciones frecuentes y la conversión de comercios tradicionales en tiendas de souvenirs de gusto dudoso. Pero alguien se vendió o traspasó aquel negocio (amparado por la libertad de comercio) porque el de ahora es más rentable"
A principios de los años ochenta las manifestaciones y los actos festivos en el centro de Barcelona eran muy frecuentes. Tantos que al final algunos residentes empezaron a quejarse de los inconvenientes que les causaban. El entonces responsable de urbanismo les respondió que vivir en el centro tiene muchas ventajas y también, claro, algunos inconvenientes. Los llamó “costes de la centralidad”.
Quiso el destino que años más tarde y ya apartado de la política municipal, aquel concejal adquiriera un piso en un lugar tan céntrico como la plaza Reial. Poco tardó en darse cuenta de que en ella había a veces un jolgorio notable. Es decir, que lo notaba incluso cuando quería dormir.
Entonces expuso públicamente sus quejas. La respuesta del edil del distrito fue recordarle que tenía que asumir los “costes de la centralidad”.
Todas las monedas tienen una cara y una cruz.
Algunos comerciantes barceloneses se han quejado porque durante cuatro días sus negocios pueden resentirse por las etapas catalanas del Tour de Francia.
Alguien debería explicarles que si la moneda tiene dos caras o dos cruces es porque es falsa.
La perfección sólo se da en Dios, pero a cambio éste tiene que pagar un alto precio: no puede experimentar cambio alguno, porque como la perfección no tiene grados, cualquier movimiento lo llevaría necesariamente a la imperfección.
Vivir en Barcelona y más concretamente en sus zonas más concurridas tiene ventajas e inconvenientes.
Entre las enormes ventajas para los comerciantes del entorno de Sagrada Familia (y de la Rambla y del Gòtic) está la afluencia de visitantes que son clientes potenciales y a los que se les puede vender agua a precio de un buen vino o bocadillos de jamón con tan poca chicha que podrían comerlos hasta los mahometanos.
Pedir que el Ayuntamiento les compense cuando hace campaña para que sus clientes acudan en masa parece algo excesivo. Sobre todo porque la petición no va acompañada de la oferta de compartir los dividendos de más que se deriven de esas mismas campañas.
Los llantos de algunos empresarios empiezan a ser crónicos. Y siempre reclaman que el erario público les pague hasta el pañuelo con el que se secan sus lágrimas de cocodrilo.
¿Hay obras en la calle? Un desastre. ¿No hay obras en la calle? Un desastre porque no se hacen trabajos de mantenimiento.
Hay zonas de la ciudad que, sin ser centrales (aunque están más en el centro que algunas localidades metropolitanas) sufren restricciones todas las semanas. Por ejemplo, las inmediaciones del campo del Barça. Con el agravante de que el club y los comerciantes del entorno obtienen beneficios pero los costes de incrementar el transporte público y las horas extraordinarias de la Guardia Urbana corren a cargo de todos los barceloneses, incluidos los simpatizantes del Espanyol.
Los residentes tienen escasos beneficios, a no ser que se cuente como tal tener información actualizada de los goles porque el griterío de los espectadores se oye a gran distancia.
No es como esos lemas pintados en kilómetros de calle en los que se asocia a Barcelona con el Tour. Letreros que cuesta leer desde el coche porque están pensados para las tomas aéreas de la vuelta ciclista. Es decir, para los de fuera. Los de dentro ya saben que están a favor del tour, les guste o no.
Los vecinos de Sagrada Familia también sufren las aglomeraciones frecuentes y la conversión de comercios tradicionales en tiendas de souvenirs de gusto dudoso. Pero alguien se vendió o traspasó aquel negocio (amparado por la libertad de comercio) porque el de ahora es más rentable.
Ahora se quejan porque han coincidido en poco tiempo la visita del Papa y la competición ciclista.
¡Qué poca visión de conjunto ha tenido el Ayuntamiento! ¡Con lo fácil que hubiera sido hacer coincidir los dos hechos y que León XIV hiciera su entrada en el templo montado en una bici!