Pásate al MODO AHORRO
Bicis eléctricas en alquiler

Bicis eléctricas en alquiler BOLT

Opinión

A grandes males, grandes remedios

"La derecha no arreglará el problema, pero lo silenciará por el método expeditivo de prohibir la crítica, como hizo el PP aprobando la aún vigente ley mordaza. Eso sí, permitirá las bicicletas de alquiler"

Publicada

El Ayuntamiento de Barcelona ha decidido no renovar la concesión a las empresas de bicicletas compartidas. Sus usuarios las abandonan donde quieren y las empresas no tienen capacidad para retirarlas con prontitud. Por esa misma razón (el incivismo) Barcelona no tiene empresas de alquiler de patinetes. Así evita una plaga extendida en no pocas ciudades europeas: cacharros abandonados en cualquier lugar, sin miramientos.

La decisión del consistorio parece coherente: hay un problema y se busca resolverlo, en este caso eliminando el servicio.

La oposición ha puesto el grito en el cielo. Quiere bicicletas y patinetes, aunque no explica cómo impedir que molesten cuando queden cruzados en las aceras. ¡No van a pensar en todo!

Confiar en que los servicios municipales retiren los vehículos y multen a las empresas, esperando que éstas cobren el importe al usuario infractor (como ocurre con los coches de alquiler) es muy complicado. El objetivo de las sanciones no es recaudatorio, pese a la idea contraria, tan extendida. Muchas veces ni siquiera cubre el coste de la tramitación.

Ahora bien: la medida adoptada no puede convertirse en norma universal. Si la solución es eliminar la fuente del problema, muchas otras cosas podrían ser suprimidas: desde el metro (se acabaría así con la gente que viaja sin pagar) hasta los perros (para poner fin a las deposiciones que enguarran media Barcelona), pasando por las motos ruidosas. Incluso los carriles reservados al transporte público, de modo que los coches privados y furgonetas no infringieran la ley al ocuparlos.

Muchas de estas infracciones tienen un origen común: el incivismo. Y contra eso, el Ayuntamiento poco puede hacer.

Una parte de esta indisciplina es heredera de la crítica indiscriminada a la autoridad, cuyo momento estelar fueron las algaradas de 1968. Desde entonces, todo poder se ha vuelto sospechoso y cuestionable.

Una herencia indeseada de esa crítica se vive en las escuelas donde la autoridad del profesor ha dejado de contar. No es que no valga como referente moral, es que ni siquiera se reconoce su capacidad de decidir si un alumno está capacitado para seguir las clases de la materia en el curso siguiente.

Abolidos los suspensos y decapitado simbólicamente el maestro, se impone un nuevo lema: ¡viva la ignorancia, abajo la educación!

A su sombra florecen nuevos dirigentes que presumen de ello: (Trump, Farage, Díaz Ayuso). Su no saber se convierte en modelo a seguir, jaleados por unos cuantos tertulianos en emisoras de radio y televisión, junto a otras figuras que antes hubieran sido tildadas de fenómenos de feria.

Un ejemplo muy menor: en los partidos de fútbol o en cualquier otra concentración de masas los cámaras parecen buscar al tipo más extravagante y regodearse ofreciendo su imagen, que sólo aporta una muestra de memez. Y, si se puede, se reproducen sus impertinencias como si procedieran del oráculo de Delfos.

El camino más corto hacia la fama es hoy la patochada.

Uno de esos héroes de cartón piedra era conocido como “Manolo el del bombo”. Acudía a los estadios aporreando el instrumento y aturdiendo sin miramientos a quienes estuvieran a su entorno. Ha creado escuela.

¿De verdad es gracioso soportar la matraca del tambor durante dos horas? ¿Alguien se sentaría voluntariamente a su lado? Igual sí, porque le daría la oportunidad de salir vicariamente en las pantallas.

¡Hay mucho friki! Se lleva.

Si España ya andaba invertebrada en tiempos de Ortega, cuando él era aún capaz de percibir algunas élites, aunque desnortadas, ¿qué no será hoy, cuando las élites son tipos que creen en lo increíble, niegan la efectividad de las vacunas y sostienen que la tierra es plana? A uno de ellos incluso se le ha dado un programa de televisión.

Casi se comprende que se esté recuperando al padre Apeles; comparado con el descubridor de misterios es casi un Descartes.

El incivismo iletrado se impone por goleada. ¿Qué va a hacer el consistorio?

La izquierda de la izquierda, empachada de roussonianismo, sostiene que el incivismo se erradica con la educación y no con medidas policiales.

Mientras eso llega, triunfa la permisividad (no confundir con la tolerancia). Se multiplican las conductas incívicas impunes que, aunque minoritarias, incordian a la mayoría -no siempre bien dotada para el análisis político-, que acaba reclamando un espadón (necesariamente de derechas) que emplee la mano dura contra los malos.

La derecha no arreglará el problema, pero lo silenciará por el método expeditivo de prohibir la crítica, como hizo el PP aprobando la aún vigente ley mordaza. Eso sí, permitirá las bicicletas de alquiler y, ya puestos, brindará por la libertad tomando cañas.