El periodista y escritor Pedro Bravo, autor de 'Antes todo esto era ciudad'

El periodista y escritor Pedro Bravo, autor de 'Antes todo esto era ciudad' PB

¿Quién hace Barcelona?

Pedro Bravo: “Las ciudades están diseñadas para vivir, no para competir como si fuesen empresas”

El periodista y escritor, autor de ‘Antes todo esto era ciudad’ señala que el peligro es que el ciudadano emprendedor local, en Barcelona o Madrid, hoy “tiene que competir contra un gran fondo internacional que compra todas las cafeterías de su barrio”

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¿Para qué sirve realmente una ciudad? La pregunta lleva a una reflexión de calado. El periodista y escritor Pedro Bravo acaba de publicar Antes todo esto era ciudad (Debate), donde desentraña la "adicción a la atracción" que sufren metrópolis como Barcelona y Madrid. A través de un análisis crítico, pero constructivo, el autor advierte sobre los peligros del monocultivo turístico, la mercantilización extrema de la vivienda reconvertida en un activo financiero global y la urgencia inaplazable de recuperar la vida comunitaria espontánea frente al individualismo urbano que nos asola. Señala que la evolución económica ha llevado a una competición entre ciudades. Y pide centrarse en qué necesidades tienen realmente los que viven en una ciudad. En esta entrevista con Metrópoli, Pedro Bravo, entra de lleno en la situación de las grandes urbes. “Las ciudades están diseñadas para vivir, no para competir como si fuesen empresas”.

En Barcelona estamos viviendo el desembarco del Tour de Francia, que viene poco después de la Copa América o la visita del Papa. El argumento del Ayuntamiento es que estos eventos potencian el orgullo de ciudad y llevan actividad a barrios que habitualmente quedan al margen. Sin embargo, la otra cara es que nos vuelve a colocar en el escaparate publicitario mundial. ¿Hay que entenderlo como una contradicción?

Sí, es una contradicción absoluta y, de alguna manera, el argumento de que se hace por y para la ciudadanía suena a excusa. Lo vimos también con la Copa América; el alcalde aseguraba que interesaba muchísimo a los barceloneses, pero luego la vida real demostró que fuera de los titulares no despertaba mayor interés. El problema estructural no es que venga un evento puntual como el Tour, sino la acumulación sistémica de políticas de atracción, subvención y facilitación administrativa para competir con otras ciudades.

Todo esto produce un extrañamiento en la ciudadanía: la sensación de habitar un escenario diseñado para extraer valor, en lugar de un espacio público para vivir y trabajar. El valor económico de un evento como el Tour no se queda en la ciudad, se va fuera. Incluso ese concepto del "orgullo de pertenencia" que mencionan los administradores debería hacernos reflexionar: ¿debemos estar orgullosos de salir mucho en las noticias extranjeras o de que se viva cada vez mejor dentro de la ciudad?

Pedro Bravo, autor de 'Antes todo esto era ciudad'

Pedro Bravo, autor de 'Antes todo esto era ciudad'

¿Entran las ciudades en una especie de adicción por ser atractivas? Pareciera que ciudades como Barcelona temen que el turista europeo se canse si no se renueva constantemente la oferta de estímulos. ¿Estamos atrapados en esa inercia?

Totalmente. Operamos bajo patrones repetitivos. Barcelona fue pionera en este modelo y ahora muchas otras ciudades la imitan sin analizar las externalidades negativas que genera. Además, a nivel social, replicamos colectivamente conductas individuales: nos gestionamos como marcas personales en redes sociales buscando el click y el like, y las ciudades hacen exactamente lo mismo. Se relatan y gestionan como si fuesen empresas o equipos deportivos, celebrando datos macro como los 100 millones de turistas o los rankings de competitividad. Pero las empresas están diseñadas para competir; las ciudades no. Las ciudades como Barcelona o Madrid existen para que la gente que las habita pueda desarrollar una vida un poco mejor, no para competir como si fueran empresas.

Sin embargo, la competencia global por el talento, los nómadas digitales y los visitantes parece la única alternativa económica viable en el escenario internacional actual. ¿Hay margen para salirse de esa rueda?

Estamos inmersos en lo que ya se denomina la "economía de la movilidad". En un contexto internacional donde la productividad industrial tradicional está de capa caída, el capital se ha volcado en dos motores: la vivienda como activo y el movimiento constante de personas --turistas, expats, estudiantes internacionales... Apostar por este monocultivo de la atracción es extremadamente peligroso por dos motivos.

Primero, porque anula la diversidad económica necesaria para tener una comunidad urbana sana y resiliente. Segundo, porque es un sector profundamente frágil. Lo vimos con la pandemia y lo atisbamos ahora con las tensiones geopolíticas o el encarecimiento de la energía. Nos movemos mucho hoy, pero en cualquier momento la coyuntura puede frenar en seco ese flujo, y si has apostado todo a esa carta, el modelo económico entero se derrumba de golpe.

Mencionaba la pandemia. Se habló mucho en su momento de que el confinamiento serviría para repensar las ciudades, recuperar ejes vecinales y frenar los excesos. ¿Se desaprovechó aquella oportunidad?

Fue una oportunidad completamente perdida. Durante los meses de restricciones, los barceloneses redescubrieron espacios públicos de los que habían sido expulsados porque se habían convertido en infraestructuras netamente turísticas. Aprendimos de golpe lo arriesgado de depender de un único sector. Sin embargo, al salir de la crisis, tanto Barcelona como la mayoría de los territorios insistieron en acelerar el mismo modelo. Es una apuesta cortoplacista e irresponsable ante el escenario geopolítico y climático que afrontamos.

En el libro cita a sociólogos y urbanistas como Peter Marcuse o David Madden y su obra En defensa de la vivienda, incidiendo en la necesidad de desmercantilizar el suelo. En España, el problema del acceso al alquiler es asfixiante, pero las posturas políticas parecen completamente enconadas entre construir más o intervenir precios. ¿Cómo se desbloquea esta situación?

En España padecemos de forma muy aguda lo que denomino el ‘síndrome de la solución singular’, la tendencia a creer que un problema sumamente complejo se soluciona con una única receta. Los que defienden únicamente construir dicen que hay un aumento demográfico. Eso es verdad en Madrid o Barcelona, y allí habrá que edificar nueva vivienda, pero asegurando que no se cometan los errores del pasado que alimentaron el acaparamiento por parte de grandes fondos internacionales. Sin embargo, en ciudades como Zamora, que pierden población, construir más no tiene sentido.

Mientras se construye —un proceso que tarda años—, ¿qué hacemos con la gente que no puede pagar un techo hoy? Hay que aplicar medidas simultáneas y transversales: limitar los precios en zonas tensionadas, como permite Cataluña y rechaza Madrid, sancionar el acaparamiento, pero también ofrecer seguridad jurídica. No se trata de expropiar al pequeño propietario que tiene uno o dos pisos, sino de regular el mercado para que un bien de primera necesidad no destruya los lazos comunitarios. Países como el Reino Unido han regresado a los alquileres indefinidos, y en Navarra o el País Vasco hay políticas públicas de vivienda protegida que funcionan. El problema es que perdemos un tiempo precioso en debates ideológicos de escaparate en lugar de aplicar soluciones múltiples ya.

Portada del libro de Pedro Bravo

Portada del libro de Pedro Bravo

Otro de los ejes estructurales de su análisis es el impacto climático. Solemos proyectar el calentamiento global al futuro, pero las olas de calor extremas ya condicionan el día a día de nuestras ciudades. ¿Están reaccionando los ayuntamientos a la escala adecuada?

No, ni mucho menos. El cambio climático no es el futuro, es un presente absoluto. Estamos en Madrid rozando los 40 grados antes de que empiece oficialmente el verano. Aunque existen fondos europeos y discursos sobre naturalización, se sigue ejecutando un urbanismo que va en la dirección contraria: plazas duras de hormigón, tala de árboles, ausencia de sombras y pavimentaciones masivas. Falta valentía política.

Esto afectará de forma directa a la propia viabilidad del modelo de atracción: ¿quién querrá venir a España en julio o agosto con temperaturas de 45 grados o humedades insoportables? Si no actuamos con urgencia rebajando la temperatura ambiental mediante la despavimentación y el verde, habrá meses enteros en los que será físicamente peligroso salir a la calle, por no hablar del riesgo creciente de inundaciones por DANAs catastróficas ligadas al calentamiento.

En Barcelona, iniciativas como los ‘ejes verdes’ han demostrado reducir la temperatura local de forma medible, aunque es evidente que no se pueden extender de forma homogénea a toda la trama urbana.

Los ejes verdes son una solución excelente y efectiva. Pero además del impacto térmico, han logrado mitigar una agresión silenciosa de la que se habla muy poco: la contaminación sonora. Barcelona es una ciudad históricamente ruidosa. El diseño original de l'Eixample de Cerdà, sin que él pudiera preverlo, facilita que los coches circulen rápido y el ruido rebote en las fachadas. Caminar por calles pacificadas como Consell de Cent supone un alivio sensorial increíble, un desplome drástico de los decibelios que transforma por completo la experiencia humana de la ciudad. Ese es el camino: diseñar para los sentidos y la vida de quienes habitan la calle, no para el tránsito ni el escaparate global.

Pasemos a la competencia casi enfermiza entre Madrid y Barcelona. Tras unos años de atonía marcados por el procés, en Barcelona hay una sensación de que "hemos vuelto" a la escena mundial gracias a hitos como el gran espectáculo de la Sagrada Familia. Mientras tanto, Madrid ha experimentado un despegue colosal. ¿Cómo analiza esta pugna?

Esta competición con rasgos casi deportivos produce auténticos monstruos. Yo estoy en Madrid, y desde aquí te puedo decir que el éxito que buscan sus gobernantes ha sido rápido, reciente y muy motivado por una especie de complejo o envidia ante el éxito histórico de Barcelona, una inercia de ‘quiero ser la nueva gran metrópolis, quiero ser más que Barcelona’. Pero nadie se ha parado a medir el para qué ni en beneficio de quién se hace todo esto. Primero habría que definir qué es el éxito y para qué nos sirve.

El otro día, en un chat de urbanistas, comentaban el gran evento de la Sagrada Família y uno decía con mucha lucidez: ‘Pobrecitos en Barcelona, porque se les va a llenar todavía más de turistas’. Es la trampa. Está muy bien que la mirada exterior nos haga sentir importantes, pero Barcelona ya es una marca admirada. Deberíamos fijarnos en otras definiciones de éxito: Viena es mirada en todo el mundo por sus revolucionarias políticas de vivienda; Pontevedra por su movilidad peatonal activa; Copenhague por la bicicleta; o Finlandia por su adaptación climática. Esos éxitos inciden positivamente en la vida real de los ciudadanos y generan un orgullo de pertenencia sano. ¿Por qué no buscamos ese camino en lugar de repetir patrones destructivos?

El cantante de Love of Lesbian, Santi Balmes, nos decía en una entrevista que a veces hay que estar orgullosos de ser la ‘segunda ciudad’, porque se sufre menos presión y se vive de forma más particular. De hecho, históricamente el Modernismo catalán se explica en parte por esa libertad creativa al no ser la capital del Estado. ¿Tiene ventajas bajarse del primer puesto?

Totalmente, está muy bien ser la segunda ciudad, y estaría fenomenal ser la quinta o la décima en un ranking, siempre que generes condiciones de vida sanas. El poder económico tiende a obsesionarse con crear macrociudades globales, pero hoy, gracias a las infraestructuras tecnológicas y de transporte, España tiene una oportunidad única para generar nodos en ciudades intermedias o pequeñas donde haya desarrollo profesional y humano. Estamos perdiendo esa oportunidad. La ambición enfermiza por ser el primero obliga a políticas que concentran todo en un único sector económico, el de la movilidad y la atracción, y eso rompe los tejidos empresariales y regionales diversos que hacían a la ciudad sana.

Recientemente, la Cámara de Comercio de Barcelona ha defendido la ampliación del aeropuerto de Barcelona argumentando que no se hace para buscar más turistas, sino para atraer inversores que necesitan vuelos directos con Asia o Estados Unidos. ¿Qué opina de este enfoque?

Es un argumento falaz para intentar ir a la contra de lo que la gente ya está pensando, pero el resultado final es el mismo. El gran problema es que esos inversores están volcando su capital principalmente en el sector inmobiliario, por lo que volvemos al inicio del círculo del problema de la vivienda. Además, aquí entramos en el territorio estatal de la balanza de pagos: el turismo computa como exportación y España lo usa para compensar que produce poco.

Pero lo que es un engaño flagrante por parte del Gobierno central es decir que se está muy preocupado por el problema de la vivienda y, simultáneamente, planificar la ampliación de 17 aeropuertos estatales para alcanzar los 100 millones de visitantes. Como no hay hoteles para tal volumen, ese flujo canibalizará la vivienda residencial mediante el uso turístico. Nos estamos engañando a nosotros mismos y engañando a la gente.

Y ese autoengaño puede tener consecuencias políticas directas en la calle...

Claro, es un problema gravísimo a corto y medio plazo. Gran parte de la ira, la frustración y el auge de partidos radicales y populistas nace exactamente de ahí. Si las condiciones de vida de la clase trabajadora y de la clase media se van al garete por culpa de estos modelos, la gente se desespera y busca a alguien que le prometa que va a volver a vivir como vivieron sus padres o como vivían ellos antes. Estamos alimentando al monstruo. Decimos ‘cuidado que vienen los radicales’, pero no hacemos las políticas necesarias para mejorar la vida de la gente y evitar que crezcan.

En su libro une en un mismo capítulo a los inversores inmobiliarios, los turistas, los expats y los inmigrantes. No parece una mezcla casual en el debate urbano actual.

No lo es. A la inmigración se la suele acusar de forma generalizada de no adaptarse, no cambiar sus costumbres o generar problemas, posiciones extremas que están rebatidas por multitud de estudios. Sin embargo, si aplicáramos exactamente esos mismos baremos de juicio a los expats o a los turistas de alto poder adquisitivo, veríamos que cuadran a la perfección: no se integran, transforman los barrios y saturan los servicios públicos. Y, sin embargo, a estos últimos se les fomenta y premia la llegada de manera descarada.

Para mí, el debate de la ‘identidad’es una maniobra de distracción en la que caemos todos. El problema real de fondo no es identitario, es un problema de diversidad y posibilidad económica micro: de pequeños comerciantes, medianos empresarios y autónomos. Hoy en día un ciudadano local tiene que competir contra un gran fondo internacional que compra todas las cafeterías de su barrio, o ver cómo el comercio online compite de forma desleal contra las tiendas locales, o cómo las plataformas tecnológicas hunden al taxi o al transporte público. Estamos perdiendo la capacidad de ganarnos la vida y desarrollar familias en nuestras propias ciudades.

Hay algunas muestras de la realidad que pueden explicarlo todo. En Barcelona, tras pacificarse algunas zonas como la ronda de Sant Antoni, surgen quejas de vecinos que piden al Ayuntamiento restringir que los niños jueguen a la pelota porque les molesta el ruido. ¿Hemos vaciado de sentido el concepto de ‘pacificar’?

Es la ilustración perfecta del despiste generalizado que sufrimos sobre lo que es sano e insano en una urbe. ¡Nos molesta todo! Los niños jugando, la gente en bici, las peatonalizaciones... Estamos sufriendo un aumento atroz del individualismo, de los sesgos y de las posiciones rígidas sobre lo que creemos que es "nuestro". Hemos perdido la capacidad de encontrarnos con gente que piensa distinto y, sobre todo, hemos perdido la acepción comunitaria de lo que es una ciudad.

Una ciudad no es un espacio físico lleno de edificios e infraestructuras; una ciudad es una comunidad diversa donde la gente se encuentra y genera fricción. Los niños jugando a la pelota o las personas que profesan religiones distintas son el origen real de por qué decidimos vivir juntos en ciudades. Si un espacio pacificado se higieniza tanto que ya no se puede jugar a la pelota, ¿para qué lo pacificas en realidad?

Esa es la pregunta.

El arquitecto Rem Koolhaas dice que la ciudad hace siempre todo lo posible por llevarnos la contraria a los que la estudiamos. Es un ecosistema vivo. Los intentos institucionales de poner normas excesivas y absurdas, sumados a las quejas egoístas de los ciudadanos, terminan matando la chispa urbana. La gracia de la ciudad radica en el encuentro espontáneo, en ver a una familia celebrar un cumpleaños en un parque, en sentarte en un banco a ver pasar a la gente sin la pantalla de un móvil. Hoy las ciudades arrastran una preocupante sensación mortecina que es el reflejo de ese extrañamiento del que hablo en el libro. Si eliminamos esa vida comunitaria, aunque estemos rodeados de asfalto, ya no somos una ciudad.