Una escena de 'Nijinsky' en el Liceu

Una escena de 'Nijinsky' en el Liceu LICEU

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Una obra de arte: 'Nijinsky' en el Liceu

El ballet de Hamburgo, para el que fue creada esta obra, lo interpreta a la maravilla realizando lo que es la esencia del ballet, hacer fácil lo difícil. Movimientos aparentemente sencillos, pero de gran dificultad como demuestra el sudor que poco a poco hace brillar los torsos de unos bailarines que son una escultura viviente

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Un ballet en el Liceu: 'Nijinsky'. Fue uno de los mejores y más famosos bailarines clásicos de comienzos del siglo XX. De origen polaco, nacido en Kiev cuando formaba parte del imperio ruso, se formó en la mítica escuela Imperial de Ballet de San Petersburgo y destacó como solista del ballet del Teatro Mariinsky de la misma ciudad.

Cuentan que sus saltos desafiaban a la gravedad y era todo un espectáculo verle bailar. Pero su fama global llegó al unirse a los ballets rusos de Sergei Diaghilev, representando como nadie papeles icónicos en el mundo de la danza. Posteriormente compuso unas atrevidísimas y escandalosas para la época coreografías, como la siesta de un fauno. Pero antes de cumplir treinta años se le diagnosticó esquizofrenia y su vida estuvo a partir de entonces más marcada por su enfermedad y por su amor compartido entre Diaghilev y su mujer Romola de Pulszky que por su danza.

Para entender la genial obra de Neumeier hay que conocer la vida de Nijinsky o al menos leer el libreto. El hilo narrativo del ballet es genial, pero sin ayuda es imposible entender todo lo que ocurre en el escenario.

La verdad que aunque recomendable no es imprescindible entender lo que ocurre en el escenario porque, sobre todo, es una oda a la belleza. Cerca de 80 bailarines componen unos números estéticamente magníficos, sobre una maravillosa música de Chopin, Schumann, Rimski-Korsakov y Shostakovich, con una escenografía y un escenario que suma.

Una escena de 'Nijinsky' en el Liceu

Una escena de 'Nijinsky' en el Liceu LICEU

El ballet de Hamburgo, para el que fue creada esta obra, lo interpreta a la maravilla realizando lo que es la esencia del ballet, hacer fácil lo difícil. Movimientos aparentemente sencillos, pero de gran dificultad como demuestra el sudor que poco a poco hace brillar los torsos de unos bailarines que son una escultura viviente.

Alexander Trusch, cerca ya de su retirada, borda el papel de Nijinsky, lo mismo que todos los bailarines principales, destacando Artem Prokopchuk quien compone magistralmente las alegorías a dos de los papeles estelares del bailarín ruso, el esclavo de oro y el fauno.

Bailarines principales, solistas y cuerpo de baile funcionan como un reloj maravillosamente engrasado por una institución que pone en escena hasta aprendices y meritorios para asegurar su continuidad. Más del 80% de los componentes de este ballet se han formado en su escuela.

Una escena de 'Nijinsky' en el Liceu

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Da para mucho pensar en la excelencia del ballet de la ópera de Hamburgo pensando en lo nuestro. Su presupuesto es solo algo mayor que el del Liceu (cerca de 70 millones anuales frente a los 60 del Liceu), con sueldos y costes evidentemente más altos. Ellos son capaces de alimentar una máquina de talento y excelencia y nosotros dependemos del acierto, y del desacierto, de las producciones contratadas ya que hace tiempo que nuestras producciones dejaron de ser cotizadas en el mercado.

Modular la orquesta

¿Qué hacen ellos diferente a nosotros? Ojalá la nueva dirección, cuando llegue, sea capaz de descubrir este arcano que hace que una ciudad triste y brumosa, como Hamburgo, tenga un ballet de primerísima categoría y nosotros, con muchísima más tradición e historia, una ópera de segunda, con algún destello eso sí, como este ballet, de vez en cuando.

Mención aparte merece la dirección musical, a cargo de Jonathan Nott, quien será el titular del teatro a partir de la próxima temporada por cinco años. La verdad es que dirige con gusto y la orquesta suena muy bien, recogiendo todos los matices y diferencias que hay entre Scheherazade y la Sinfonía 11 de Shostakovich.

En cualquier caso, habrá que ver cómo se comporta con las óperas donde es fundamental modular la orquesta para no tapar las voces de los cantantes. Una sinfonía o un ballet no tiene mucho que ver con una ópera, lo mismo que una ópera de Wagner tampoco se compara bien con una de Rossini.

En resumen, un excelente espectáculo creado por un maestro para un soberbio ballet.