Joan Serra, artesano vitralista, en su taller L'Art del Vitrall en Sabadell
Joan Serra, el maestro del vidrio de Sabadell que resiste a sus 73 años: "Con el patrimonio de este país, el oficio nunca desaparecerá"
Desde su pequeño local en pleno centro de la ciudad vallesana, este vitralista mantiene vivo un oficio que se resiste a desaparecer pese a la falta de relevo y al peso de la burocracia
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Entre cuatro paredes de un pequeño local del centro de Sabadell, Joan Serra mantiene vivo el oficio de vitralista. En una esquina discreta de la calle Sant Feliu, este veterano del gremio abre las puertas día tras día del L'Art del Vitrall.
Dentro del local, lleno de herramientas, vidrieras y plomo, el tiempo parece alejarse de los modernos locales. Envuelto de antiguos vitrales, el tiempo parece no correr. Parece que todo se mueva a otra velocidad.
Dentro del taller, el vidrio se corta a mano, el plomo se suelda sin prisas y la luz atraviesa los colores como lo hacía hace siglos.
Este espacio se ha convertido en una segunda casa para Joan Serra, vitralista artesanal desde finales de los años setenta, y uno de los pocos que aún mantiene viva una técnica que, según él mismo admite, “no ha cambiado prácticamente nada en mil años”.
Interior del taller L'Art del Vitrall en Sabadell Sabadell
Aquí está desde 1984, cuando apostó por abrir un taller junto a su mujer y madre de sus tres hijos. Más de 41 años después, el negocio familiar sigue en pie y sin fecha para retirarse. "No me lo he planteado. Tengo 73 y me siento bien. Es un trabajo que hago a gusto. Me da vida", explica.
"No tengo un momento marcado", añade, aunque reconoce que "si el mundo del vitral estuviera más activo a lo mejor daría un paso al lado", añade. Ninguno de sus hijos continuará con el negocio al que él ha dado vida durante más de cuatro décadas.
Exterior del taller L'Art del Vitrall en Sabadell Sabadell
Un viaje abre la puerta al oficio
Pero pese a ello, Serra no llegó al oficio por tradición familiar ni por vocación temprana. Su historia empieza lejos del vidrio y del plomo, en las aulas de Ingeniería Técnica Electrónica de Terrassa.
A principios de los años setenta, abandonó los estudios y se sumó a una generación que decidió "echarse la mochila a la espalda", como él mismo relata en conversación con Metrópoli.
“Éramos muchos los jóvenes que necesitábamos ver mundo, romper con la idea de una vida compartimentada”, recuerda.
Fue en uno de esos viajes, en Marruecos, donde se produjo el punto de inflexión. Observando durante horas a un anciano artesano que trabajaba el metal, Serra descubrió otra manera de entender la vida.
“Cuando sonó la llamada a la oración, cerró el taller y se fue. Luego volvió y siguió trabajando exactamente donde lo había dejado. Todo tenía el mismo ritmo: trabajo, comida, fe, descanso. No estaba fragmentado”, explica. Aquel equilibrio lo marcó profundamente. “Pensé: yo quiero vivir así”.
Joan Serra, artesano vitralista, en su taller L'Art del Vitrall en Sabadell Sabadell
Elegir un oficio que la máquina no pueda sustituir
De regreso a Catalunya, Serra empezó a buscar una artesanía que le permitiera vivir con esa misma coherencia. No cualquier oficio servía. “Muchos trabajos artesanos han desaparecido porque la máquina los suplanta. No hace lo mismo, pero los reemplaza”, señala.
El vitral, en cambio, ofrecía una resistencia natural a la industrialización. “Un vitral no lo puede hacer una máquina. Y si lo hace, sale más caro que si lo hace un artesano”.
Ese fue el punto de partida de una decisión vital. Aprendió casi todo de manera autodidacta, en una época en la que los talleres eran espacios cerrados. “Tú llamabas a una puerta y no entrabas. El oficio se protegía así”, explica.
Durante años observó, probó, se equivocó y volvió a empezar, hasta que pudo trabajar junto a maestros como Joan Marí y más tarde formarse en la Escola Massana con Antoni Gómez Solagran.
Interior del taller L'Art del Vitrall de Sabadell Sabadell
“En 1978 ya estaba peleándome cada día con el vidrio y el plomo”, dice con una sonrisa. Las mañanas las dedicaba a otros trabajos; las tardes, al taller. “Todo lo que ganaba lo reinvertía aquí. Así fue rodando”.
Una apuesta poco común
Cuando finalmente se estableció en Sabadell, Serra tomó una decisión poco habitual en el mundo artesanal: instalar el taller en un espacio visible, en pleno centro. “Normalmente los talleres están escondidos, pero eso te obliga a ser artesano y vendedor a la vez. Nosotros no queríamos salir a vender; queríamos que nos vieran trabajar”, explica.
El taller, gestionado de forma familiar junto a su mujer, Dolors Guixà, se convirtió con el tiempo en un punto de referencia. Desde allí han realizado vitrales nuevos y restauraciones para clientes particulares, iglesias, edificios civiles y patrimonio protegido, tanto en Sabadell como en otras ciudades del país.
“Hemos sacado adelante una familia de cinco personas solo con este oficio”, afirma. “No te haces rico, pero sí que hay trabajo", asegura. "El oficio vive. Y eso, en artesanía, ya es mucho”, añade.
Joan Serra trabajando en su taller L'Art del Vitrall de Sabadell Sabadell
Sus obras se pueden ver en edificios como el Mercat Central de Sabadell o el Teatro Principal de Terrassa. En Barcelona han trabajado también restaurando vitrales en la Casa Lleó Morera y en numerosos edificios modernistas.
Aunque del que guarda un especial recuerdo es del trabajo que realizaron para recuperar las vidrieras de la casa Joaquim Arimon de Sabadell. "El propietario nos pidió que lo dejáramos como el original", explica. "Nunca me he encontrado otro caso en el que pudiéramos trabajar sin presupuesto. Disfrutamos mucho", añade.
La restauración y el peso de la burocracia
Buena parte de su trabajo actual está ligada a la restauración, un ámbito que, según Serra, se ha complicado en exceso. “Antes te encargaban una restauración porque confiaban en ti. Ahora puedes estar diez días haciendo un presupuesto que no sabes ni si se llevará a cabo”, lamenta.
Joan Serra, artesano vitralista, en su taller L'Art del Vitrall de Sabadell Sabadell
Critica con dureza la burocratización del sector. “La garantía de que una restauración está bien hecha no son los papeles. Es el resultado final. Cuando terminas y está bien hecho, esa es la única prueba real”, explica. A su juicio, el sistema actual ahoga a los oficios en lugar de protegerlos. “Eso sí que mata talleres”, afirma.
Por ese motivo, reconoce que hoy selecciona mucho más los encargos. “Cuando me hablan de empezar con demasiada papelera, muchas veces digo que no. Tengo la suerte de poder hacerlo”.
Sin relevo claro
Además de trabajar el vidrio, Serra imparte cursos en escuelas de arte y oficios como la Escola Illa de Sabadell. Allí detecta interés, pero poco compromiso a largo plazo.
“La mayoría viene a aprender, a conocer el oficio. Muy pocos dicen: ‘me dedicaré a esto’”, explica. La razón es clara: “La gente sabe que es difícil vivir de un oficio”.
Ninguno de sus tres hijos continuará el taller, aunque todos han pasado por él y conocen la técnica. “Uno incluso obtuvo el carnet de artesano, pero cada uno ha seguido su camino”, afirma sin dramatismo. “Eso no significa que el oficio se acabe”, asegura.
Herramientas en el taller L'Art del Vitrall de Sabadell Sabadell
Futuro
Serra es crítico, pero no pesimista. Defiende que el mundo del vidrio es amplio y diverso, y que el problema no es la técnica, sino el desconocimiento. “Muchísima gente nos dice: ‘Pensábamos que esto ya no se hacía’. Y claro, si crees que no existe, no lo buscas”.
"El oficio está vivo y no va a desaparecer. Aunque sea para mantener el patrimonio que tenemos en este país lo necesitamos. En otros momentos ha habido más talleres, pero el oficio nunca va a desaparecer", sentencia.
Mientras tanto, cada mañana, el taller vuelve a abrir. El vidrio se apoya sobre la mesa y revela sus grietas, sus necesidades. “El vitral te habla”, dice Serra. Y mientras haya alguien dispuesto a escucharlo, a trabajar con las manos y con paciencia, "el oficio seguirá respirando", defiende.