Barcelona, como tantas ciudades del sur de Europa (y del norte de África) es una ciudad ruidosa. Sólo en los últimos tiempos el ruido ha empezado a tener condena social y, casi siempre, quien lo condena es quien lo sufre. Lo curioso es que el Ayuntamiento (cuyos dirigentes se hallan aislados por las gruesas paredes del edificio municipal) haya oído las quejas de algunos vecinos y no hubiera oído antes el estruendo de festivales, altavoces y motos con escape libre.

Hasta hace poco, un entorno como el del Clinic, de silencio obligado, vivía atosigado por las sirenas de las ambulancias y las de los coches de bomberos, que tenían el cuartel al lado. Sólo se quejaban los vecinos más cercanos.

Las quejas actuales se refieren, sobre todo, a los sonidos que se producen en los patios de los colegios situados junto a edificios residenciales y el consistorio ha decidido analizar el asunto limitando su uso. Una limitación que se produce en una ciudad sin apenas espacios para que jueguen los críos porque, donde no se ha especulado inmobiliariamente, se han entregado a los vehículos que contaminan y atropellan.

Además de moverse con motores que petardean. Es decir, hacen ruido. Entre reservar espacio para aparcar y para las criaturas, la mayoría de los vecinos prefieren el aparcamiento. Quizás son los mismos vecinos que se lamentan de que la chiquillería se pegue a una pantalla, la del televisor o la de cualquier otro artefacto electrónico. ¡Algo tendrán que hacer los pobres!

El problema, el verdadero problema, es una mala planificación de los servicios de control de los ruidos (ahora llamados contaminación acústica). Empezando por una Guardia Urbana que o es insuficiente o está mal organizada.

Un ejemplo: en la plaza de Joan Cortadas (la Bordeta) hay un centro de enseñanza cuyos patios se hallan rodeados de pisos habitados. A veces algunos jovenzuelos entran en ellos fuera del horario escolar y juegan a lo que les parezca. Preferentemente, baloncesto.

Puede ocurrir, es un decir, a medianoche.

Una vecina llamó a la Guardia Urbana, pero a juzgar por la duración del griterío, la patrulla no acudió de inmediato. Los chavales terminaron y se fueron. Sobre las dos de la madrugada, la vecina recibió una llamada de los agentes para decirle que habían acudido. Pero que allí no había nadie.

“No había necesidad alguna de llamarme a esas horas”, dice la mujer, “yo creo que fue un aviso para que no volviera a quejarme y darles trabajo”.

Será verdad o será mentira, pero la permisividad del Ayuntamiento de Barcelona con el ruido lleva a pensar cualquier cosa.

Lo más grotesco es que se preocupe de los gritos de los chiquillos cuando no ha sido capaz (o no ha querido) poner freno a tantos otros estruendos que padece la ciudadanía. Las motos con escape libre, sin ir más lejos.

Hace unos años, los ediles del momento presumieron de haber llegado a un acuerdo con el gremio de ambulancias para que dispusieran de sirenas con diferentes tonos y volúmenes. ¿Los siguen teniendo? ¿Utilizan alguna vez los menos estridentes?

En el caso de estos vehículos la mayoría de la población estaría dispuesta a aceptar las molestias porque salvan vidas, pero ¿qué ocurre con los camiones de las basuras?, ¿qué pasa con el sistema de reciclado de botellas que, además de antiecológico produce ruidos ensordecedores?, ¿por qué no se establece en las contratas de limpieza que los vehículos sean de bajas emisiones sonoras cuando tantos de ellos actúan a horas en las que la población pretende dormir?

Da la impresión de que, incapaz de acabar con este problema real, el Ayuntamiento se ha inclinado por lo más sencillo: los patios de los colegios, que esos están siempre en el mismo sitio.

Hubiera podido empezar por esos festivales de música (o así llamados) que empiezan al anochecer y se prolongan hasta la amanecida, atronando sin piedad al vecindario. ¿Será que los grupos suenan de forma diferente durante la tarde?

¿Cuál será el próximo paso? ¿Multar a los bebés que lloren por la noche?

El caso es anunciar nuevas medidas sin ocuparse de hacer cumplir las ya existentes. ¿A quién le suena? A nadie: en Barcelona, el ruido no permite oír apenas nada más. Salvo que la queja salga en los diarios.