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Dos trenes AVE Barcelona-Madrid en una estación / EUROPA PRESS

Dos trenes AVE Barcelona-Madrid en una estación / EUROPA PRESS

Opinión

La gratuidad del transporte

"Con lo que se ha destinado a las líneas del AVE se hubieran podido mejorar por completo los servicios de cercanías de toda España. Y, tal vez, sólo tal vez, incluso hacerlos gratuitos"

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La decisión del gobierno catalán de establecer la gratuidad en Rodalies durante un mes es una medida cosmética de consecuencias nimias. Quien viaja por necesidad no considera el precio como factor esencial. Sobre todo si, como en este caso, no hay otra posibilidad.

El usuario del transporte público reclama, en primer lugar, que lo haya (hay zonas del Área Metropolitana muy mal servidas) y en segundo lugar que funcione con eficacia. Para ser eficaz debe ser suficiente en las frecuencias y en puntualidad. Y ya puestos, disponer de un mínimo confort.

A partir de ahí se puede hablar del precio del billete o del abono.

Pero ya que se ha abierto el melón de la gratuidad quizás no sea ocioso apuntarse al debate.

¿Es el transporte público un elemento imprescindible en la organización de la vida colectiva?

Todo apunta a que sí, ahora que las ciudades ya son más que extensas, como en el caso de Barcelona y su entorno. Y, por lo tanto, que la movilidad sea gratuita no es un asunto baladí.

En estos momentos lo que pagan los usuarios no supera nunca el 40% del coste del servicio y, según el tipo de abono, puede reducirse al 30%.

La Universidad de Karlsruhe hizo hace años un estudio en el que calculaba el rendimiento de la inversión en ferrocarril comparada con la destinada a la carretera.

El ferrocarril supone, en primer lugar, un número de muertes infinitamente menor que las que se producen en carretera. Computar la vida en términos económicos tiene algo de barbaridad, pero también puede hacerse. En el capitalismo, todo es cuantificable.

Un accidente en el transporte (sea en el medio que sea) supone, además del coste de vidas, un gasto hospitalario, en atención inmediata y luego en el proceso de recuperación, al tiempo que repercute en los costes de las bajas laborales. Guste o no, también esto tiene su precio.

La contaminación del coche es nefasta, mientras que la del tren es muchísimo menor. En Barcelona fallecen anualmente unas 350 personas a causa de la contaminación, con el motor de combustión como primer causante.

Hacer gratuito el transporte público metropolitano contribuiría a mejorar la situación en todos esos frentes.

Uno de los motivos aducidos por diversas autoridades para no hacer gratuito el transporte público barcelonés, salvo en episodios excepcionales como el actual, es la posibilidad real de que éste colapse si aumenta el número de usuarios por encima del 20%. De ahí que ni siquiera el día sin coches sea gratis.

Hay otras razones. Las subvenciones que en estos momentos se ofrecen a los pasajeros, sin llegar a la gratuidad, se hacen en detrimento de nuevas inversiones y del mantenimiento, porque el dinero no es infinito.

El usuario (el ciudadano en general) lo quiere todo a la vez; inversión, mantenimiento y bajo coste. Y sin que suban los impuestos.

El resultado es una insatisfacción universal con un servicio que, como reconoció el ministro en su comparecencia en el Senado, es pésimo.

¿De dónde sacar más dinero? La respuesta no es fácil pero una posibilidad es no invertir en el transporte no necesario es decir, la alta velocidad.

España tiene 3.974 kilómetros de vías para la alta velocidad. Francia, con una extensión ligeramente superior a la española, ha construido 2.734 kilómetros.

Pero en España todo el mundo exige un AVE hasta la puerta de casa. El caso más estridente es el de Cantabria, con la demanda hecha clamor por su anterior presidente, el histriónico (y populista) Miguel Ángel Revilla.

Estas peticiones se hacen siempre ignorando los estudios de demanda. Y la verdad más verdadera es que para una línea Madrid-Santander no hay demanda que justifique la inversión. Sería ruinosa. Sale casi más barato pagar taxis al personal.

Quizás la crisis de Rodalies sirva para  abrir el debate sobre cómo se gasta el dinero destinado al transporte público, teniendo en cuenta que la propuesta de hacer una línea de velocidad alta (hasta 300 kilómetros por hora) en vez de alta velocidad (la construida en España, que permite llegar a los 350) nunca prosperó. Y eso que la alta velocidad suponía una inversión que triplica la otra.

Con lo que se ha destinado a las líneas del AVE se hubieran podido mejorar por completo los servicios de cercanías de toda España. Y, tal vez, sólo tal vez, incluso hacerlos gratuitos.