Pásate al MODO AHORRO
El alcalde de Barcelona, Jaume Collboni

El alcalde de Barcelona, Jaume Collboni EFE

Opinión

Collboni, con alma de Lefebvre, pero con la cautela de Popper

"Collboni sacrifica el componente de “revolución urbana” de Lefebvre en favor de una prosperidad gestionada. Sin embargo, ¿en qué medida las decisiones adoptadas, como el final de los pisos turísticos, acabarán siendo eficaces para garantizar ese derecho a 'vivir en la ciudad'?"

Publicada

El conflicto se intenta orillar, pero existe. Anida en todos los rincones, es el motor del cambio, pero se ha domesticado. Es mejor ofrecer paliativos o reformas, que, si no acaban en cambios reales a lo largo del tiempo, son el mejor alimento para generar frustración. En Barcelona esa dualidad ha sido una constante. El choque entre intereses contrapuestos se ha reflejado una y otra vez a lo largo de la historia. Pero ahora, ¿Dónde estamos?

El alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, ha apostado por el “derecho a la ciudad”, a “vivir en la ciudad”. Esta semana dará cuenta de ello en la clásica convocatoria ‘L’alcalde respon’, ante los medios de comunicación. El alcalde incide en que el poder público debe garantizar ese derecho, para que la población local no se vea obligada a residir en otros municipios, a perder una identidad de la que han gozado durante años.

Sin embargo, eso implica un enfrentamiento, un golpe en la mesa. El filósofo y sociólogo Henri Lefebvre publicó en 1968 el volumen titulado El derecho a la ciudad, un libro fundamental, en el que alertaba sobre un conflicto social, con la masa obrera alejada de los centros urbanos, expulsada por un modelo en el que, con el legado marxista, los propietarios de los medios de producción tienen todo el poder.

Sólo la acción política podrá conseguir una democratización necesaria para invertir o mejorar de forma clara esa situación. Decidir sobre la ciudad, es decidir “sobre la política”. Lefebvre, por tanto, es un filósofo del conflicto y, en particular, del conflicto que sucede en la dimensión espacial de la vida urbana.

La ciudad se interpreta, así, como el escenario en el que se expresan los conflictos sociales: hay poseedores de la riqueza y clases subalternas. Hay propietarios de edificios de inmuebles y jóvenes y no tan jóvenes precarizados que no pueden alquilar ni una habitación.

¿Qué hacer, que diría Lenin? Collboni, un ciudadano de Barcelona, del barrio del Guinardó, que sabe lo que ha sucedido en la ciudad en los últimos cincuenta años, tiene el alma de Lefebvre. Sabe que el conflicto es latente, que hay un modelo detrás que explica que las grandes ciudades se hayan convertido en una mercancía. Ellas mismas, de forma física. Barcelona está en esa liga. Es atractiva, todavía barata en el contexto internacional. Un bombón maravilloso para personas y empresas con dinero.

Pero el alcalde quiere actuar con la cautela de Popper, con reformas que puedan esquivar ese conflicto, ese choque directo cada vez más evidente. Si para Lefebvre el turismo podría verse como una colonización del espacio ciudadano, siguiendo esa idea de ciudad como producto, para Collboni el turismo es una industria estratégica, pero que debe ser “ordenada”.

Si para Lefebvre la gobernanza de la ciudad debe pasar por la autogestión de los vecinos del espacio, para Collboni el Ayuntamiento debe gestionar el espacio con más normativa y policía. Si para Lefebvre los grandes eventos suelen ser espectáculos que excluyen a la clase trabajadora, para Collboni son motores de prestigio y de la economía, salvo algunos ejemplos que no se han visto claros, como la Copa América.

Hay muchos puntos en común. Y aquellas tesis del filósofo y sociólogo francés de 1968 --atención al año, porque es en plena efervescencia social en París-- las ha actualizado Jaume Collboni. Hay un derecho a la vida urbana, con un acceso a los recursos y servicios. Hay un derecho a la participación, donde los habitantes no son meros espectadores y deciden sobre el destino de su entorno. Y la ciudad debe ser una obra colectiva, nunca una ciudad “como mercancía”. La ciudad debe ser un espacio de encuentro y de creación colectiva.

Pero Collboni, --son tiempos muy distintos-- sacrifica el componente de “revolución urbana” de Lefebvre en favor de una prosperidad gestionada. Sin embargo, ¿en qué medida las decisiones adoptadas, como el final de los pisos turísticos, acabarán siendo eficaces para garantizar ese derecho a “vivir en la ciudad”?

No hay una oposición al modelo. Se ha perdido, incluso, la posibilidad de imaginar otra fórmula. Y el posibilismo tiene sus límites.