Carmen de Mairena en una aparición televisiva
Una placa para Carmen
"No sé ustedes, pero yo encuentro cierta justicia poética en que se le ponga una placa a Carmen de Mairena mientras la del señor Ballester --diseñador de la estelada-- se desmorona con el edificio en que está clavada"
El próximo domingo se inaugurará en el número 6 de la calle San Ramón una placa en homenaje a la inefable Carmen de Mairena (Barcelona, 1933 – 2020), quien tuvo su hogar (o algo parecido) en ese edificio. La excusa conceptual es su presunto activismo LGBTI, aunque siempre le dieron asco las efusiones homosexuales en público, como descubrimos los lectores del conato de biografía (lo suyo era un boicot constante) que le dedicó hace unos años la ilustradora Carlota Juncosa (un libro muy entretenido, aunque también triste y deprimente como la vida de la biografiada).
Miguel Brau Gou, que así se llamaba realmente nuestra heroína, tuvo una vida de perros que justifica más de una placa en su honor. Empezó de cupletista (más o menos) masculino, y no le iba del todo mal hasta que decidió convertirse en mujer o, más bien, intentarlo a base de inyecciones de silicona y médicos cutres.
Sus fans se tomaron mal la metamorfosis y el pobre Miguel acabó excluido del circuito coplero barcelonés, teniendo que recurrir a la prostitución para ganarse la vida. La televisión la redescubrió como friki y llegó a salir en el programa de Xavier Sardà Crónicas marcianas.
Tuvo un breve paso por la política autonómica en las elecciones de 2010, superando en votos a la UPD de Rosa Díez: dada su habilidad para los ripios, alumbró lemas inolvidables como Artur Mas, te voy a dar por detrás o Pepe Montilla, cómeme la pepitilla. Fue detenida varias veces como colaboradora de la prostitución y rodó un par de películas porno.
En Barcelona, mientras a unos les ponen placas, a otros se las quitan. Es el caso de Vicenç Albert Ballester (1872 – 1938), personaje no menos inefable que Carmen de Mairena, pero con más mala baba, al que el ayuntamiento puso una placa hace unos años en la parte baja de la ciudad por haber diseñado la bandera estelada (copiándola de la cubana), que tanto predicamento tuvo durante los años del prusés.
El problema es que la placa estaba en un edificio que fue demolido, perdiéndose hasta que apareció hace unos días en Wallapop, donde se vendía por la módica suma de setenta euros. Como era de prever, el lazismo ha puesto el grito en el cielo ante el trato recibido por la placa del insigne separatista, así que ya me imagino a Collboni pujando en Wallapop para restituirla (ya se sabe que siempre hay que quedar bien con los independentistas, aunque seas sociata), y a ver si esta vez encuentra un edificio que no vaya a ser derribado en breve.
El señor Ballester fue en vida un prohombre de la independencia y, sobre todo, del odio a España. El delator profesional Santiago Espot se inspiró en él para acosar a los comercios que no rotulaban en catalán. La verdad es que estaba bastante olvidado hasta que le pusieron la placa, y después nos volvimos a olvidar de él, hasta redescubrirlo ahora en Wallapop.
Si no fuera por la placa que aparece y desaparece y vuelve a aparecer, no creo que nadie tuviera presente a Vicenç Albert Ballester.
No sé ustedes, pero yo encuentro cierta justicia poética en que se le ponga una placa a Carmen de Mairena mientras la del señor Ballester se desmorona con el edificio en que está clavada.
Tal vez porque Carmen nunca hizo daño a nadie que no fuera ella misma, mientras que el creador de la estelada se dedicó, básicamente, a odiar a sus vecinos y a propiciar el enfrentamiento civil. Fue la pobre Carmen un personaje esperpéntico y tirando a zarrapastroso, pero se ganó su placa a pulso.
No puedo decir lo mismo del señor Ballester. El siguiente paso debería ser quitarle la calle a Sabino Arana y dársela a La Moños.