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Bloque de coliving en la calle Sant Agustí, 14, de la Vila de Gràcia

Bloque de coliving en la calle Sant Agustí, 14, de la Vila de Gràcia Google Maps

Opinión

El tocomocho del 'coliving'

"El fondo buitre de turno te echa una mano para que no digas que vives hacinado en un apartamento o en un despacho, sino que estás cómodamente instalado en un “coliving” o un “coworking”: ya que no se preocupa por tu comodidad, lo hace por tu autoestima. ¡Muchas gracias, señor buitre!"

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Póngale usted un nombre en inglés a la mayor barrabasada social que se le ocurra y verá como su iniciativa parece de pronto más moderna y hasta más justa. Véase el caso del “co living”, que vive su auge en nuestra ciudad, o del “co working”, al que tampoco le va tan mal. En la práctica, la cosa no consiste en nada más que buscarle un nombre resultón al afán de lucro de toda la vida.

Un “coliving” no es más que una pensión con muebles de Ikea. Y el “co working”, tres cuartos de lo mismo, aunque a veces sirva para idear comedias de situación tan estimulantes como Entrepreneurs, de los siempre tronchantes Pantomima Full (Disney: no se la pierdan).

Los fondos buitre se han percatado de que, si se gana una pasta con los pisos, con mayor motivo se puede forrar uno si subdivide cada piso en habitaciones que se pueden alquilar al precio de un apartamento entero. En realidad, nadie tiene ganas de compartir su hábitat vital o profesional, pero a la fuerza ahorcan, y si no te llega para alquilar un piso para ti solo, te ves obligado a compartirlo con otros desgraciados como tú.

Y el fondo buitre de turno te echa una mano para que no digas que vives hacinado en un apartamento o en un despacho, sino que estás cómodamente instalado en un “coliving” o un “coworking”: ya que no se preocupa por tu comodidad, lo hace por tu autoestima. ¡Muchas gracias, señor buitre!

Evidentemente, los co-workings y los colivings se han ido extendiendo por nuestra bendita ciudad sin que nuestras administraciones más cercanas, Generalitat y ayuntamiento, hayan hecho nada para evitarlo.

Aquí, si quieres que te hagan caso, hay que resistir hasta el último minuto, cuando ya tienes en la calle a la comitiva judicial dispuesta a desahuciarte. Véase el caso de ese tal Txema, que es el último de Filipinas de un edificio de la calle Sant Agustí que cayó en manos de un fondo buitre que se ha ido deshaciendo de todos los molestos inquilinos hasta quedarse únicamente con el más molesto de todos (para el buitre), el resiliente Txema, cuyo desahucio fue impedido el otro día gracias a la solidaridad humana.

Igual hasta le sale la cosa bien, después de haberse tirado meses (y puede que años) amargado ante la posibilidad de quedarse en la calle. Aquí, el que no llora, no mama, y las administraciones no te hacen un poco de casito hasta que has movido Roma con Santiago para escapar a tu triste destino buitresco: Salvador Illa en persona se ha puesto de parte de Txema (tras no mover un dedo ni por él ni por el resto de vecinos durante meses) y dice que el hombre tiene derecho a quedarse en su casa.

Asistiremos entonces a un remake de la Casa Orsola, gran ejemplo de resistencia al mundo rapaz, pero que habrá dejado al pobre Txema exhausto y al borde del ataque de nervios.

No es normal que la gente tenga que montar unos números espectaculares para que las administraciones se decidan a poner un poco de orden en la Barcelona gentrificada (o mierdificada). Resulta deprimente esa actitud modelo: pasamos de ti como de la peste, pero si te conviertes en el Héroe del Desahucio, igual te echamos una mano y, de paso, quedamos como Dios ante la opinión pública.

Nadie debería verse obligado a adoptar una actitud heroica para conservar un zulo en la gran ciudad. Y, para eso, habría que pedir a las administraciones un poco de planificación, y no mirar hacia otro lado todo lo que se pueda para luego acabar haciendo una seudo machada que te ayude a reivindicar el socialismo de rostro humano.

Es muy bonito eso que dice Collboni de que luchará para que ningún barcelonés se vea obligado a abandonar su ciudad (o su barrio). Pero la gente sigue abandonando su ciudad o su barrio a diario. A no ser que se opte por el heroísmo, se sufra como buenamente se pueda el asedio de los buitres y se acabe uno convirtiendo en una especie de acróbata de circo, como le ha pasado a Txema, con el que me solidarizo en mi condición de inquilino en proceso de expulsión por el fondo buitre de turno (Mallorca, 243. ¿Les suena?)