Imagen de una manifestación en el baix Llobregat en la transición
En los márgenes de la ciudad
"Pasa con la historia de la transición que hoy se ofrece para consumo masivo y pasó en el guión de la película El 47. Sin desdeñar su calidad narrativa, es obvio que omite la participación de las asociaciones de vecinos. Especialmente el papel del PSUC. Lo margina"
Barcelona tiene un centro -habitualmente cuidado de modo que sirva de escaparate para los turistas- y diversas periferias, que con frecuencia caen en el olvido, rozando la marginalidad.
También la historia tiene centros. Los historiadores tienden a fijarse en las figuras destacadas: los soberanos que detentaron el poder, sus protegidos y los cortesanos, pasando por alto lo que Manuel Vázquez Montalbán llamó “los peatones de la historia”.
Lo vio Bertold Brecht en su poema Preguntas de un obrero ante un libro de historia: “Tebas, la de la siete puertas, ¿quién la construyó? En los libros figuran los nombres de los reyes. ¿Arrastraron ellos las piedras?”
Una reflexión similar se produjo esta misma semana en el Palau Robert, dentro de un ciclo dedicado a rememorar los 50 años de la muerte de Franco y la importancia del movimiento obrero como agente democrático.
A la vista de las versiones que se están dando de lo que ocurrió entonces y en los meses sucesivos, parece que la historia fuera un carro guiado por el Rey y sus validos -Torcuato Fernández Miranda, Adolfo Suárez- mientras que la ciudadanía se quedaba a verlas venir.
En esta visión, los ciudadanos permanecen en los márgenes de la historia, apuntaba Olga Paz, catedrática de la Universidad Autónoma de Barcelona.
Belén López, secretaria general de Comisiones Obreras de Catalunya, llamaba la atención sobre la tendencia a destacar a determinados personajes ignorando la acción colectiva que se daba a veces detrás o enfrente o a su lado.
Pasa con la historia de la transición que hoy se ofrece para consumo masivo y pasó en el guión de la película El 47. Sin desdeñar su calidad narrativa, es obvio que omite la participación de las asociaciones de vecinos. Especialmente el papel del PSUC. Lo margina.
El ciclo sobre la muerte del dictador, impulsado por la presidencia del Gobierno de la Generalitat, se prolongará con diversos actos sobre otros hechos de los que también hace 50 años: las manifestaciones que llenaron las calles de Barcelona reclamando libertad, amnistía y estatuto de autonomía o las huelgas del Baix Llobregat en las que se relacionaban las exigencias de democratización económica (mejores sueldos y condiciones de trabajo) con las de más democracia política y sindical. Democracia ciudadana, en suma.
Pero ¡cuidado! Si hoy se hiciera una nueva constitución y viendo la tendencia a devaluar la democracia, señaló Andreu Missé, director de la revista Alternativas económicas, no sería tan progresista. Lo que se consiguió entonces fue, dijo, fruto de la presión reivindicativa de movimientos vecinales, femeninos, estudiantiles, sindicales, hoy menos activos.
¿La democracia actual fue una concesión o una conquista? ¿Fue una transición o una transacción en la que hubo concesiones de los poderosos a cambio de no modificar sus privilegios, obtenidos a la sombra de la dictadura?
Los tres ponentes se inclinaban por la tesis de la conquista, con un papel relevante del movimiento obrero y sindical. De los sindicatos de clase, claro, no de los corporativos como el Semaf o Ustec.
La diferencia es clara: los sindicatos de clase asocian las condiciones particulares a las generales. No ignoran el bien general. Los sindicatos corporativos sólo se ocupan de sus propios intereses.
No se trata de restar importancia a los diputados que redactaron la constitución, entre ellos dos catalanes: Miquel Roca, por la derecha civilizada, y Jordi Solé Tura, comunista. Se trata de reconocer el papel de las colectividades.
En Barcelona se presionó a favor de la Constitución, de las libertades, pero también de la mejora de los barrios obreros, llamados entonces “barrios dormitorio” y situados en la periferia. Marginados.
Con los ayuntamientos democráticos se consiguieron espacios colectivos para vivir, más allá de las horas de trabajo vendidas y no siempre bien cobradas.
Espacios de integración social, de interacción, de vida colectiva. Donde, junto a los talleres y las fábricas, se forja la fuerza de los peatones de la historia hasta hacerles capaces de empujar hacia el progreso y frenar la degradación.
Con el voto, con las huelgas y en la calle que, como decía el poeta, había llegado la hora de “pasearnos a cuerpo y mostrar que, pues vivimos anunciamos algo nuevo”.
Contra los que pretenden que no hay solución a la crisis presente, bienvenida la esperanza que florece en los márgenes de la ciudad y se apresta a no entregar el futuro, a forjar un mañana en el que las injusticias sean menores.