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Dos turistas junto al Arc del Trionf de Barcelona haciéndose un selfie

Dos turistas junto al Arc del Trionf de Barcelona haciéndose un selfie EUROPA PRESS

Opinión

La nueva religión

"Puede que el Covid le ayudara a captar devotos, pero una doctrina que asocia felicidad y turismo quizá tenga que ver sobre todo con una sociedad a la que no preocupa el futuro, que no piensa más que en consumir"

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El viernes pasado, Barcelona estaba rara. El tráfico de las calles había disminuido de forma sorprendente, casi como en un día festivo. No sé por qué, pero no hubo colegios, lo que contribuyó a esa extraña sensación de vacaciones.

El SCT tenía calculado que unos 580.000 vehículos saldrían de la ciudad con motivo de la Semana Santa; o sea, que casi el 30% del parque del área metropolitana iba a echarse a las carreteras, además de quienes optaran por el tren o por El Prat, donde estaban previstos más de 13.000 vuelos.

No es de extrañar, pues, que el lunes y el martes la situación también fuera singular: por más extranjeros que lleguen –las reservas han subido un 20% para estos días--, el aspecto de la ciudad es diferente.

No llenan las calles de la misma manera, no acuden a los mismos sitios y tampoco tienen el mismo comportamiento. Ni mejor ni peor: se mueven como turistas que son, y tienen la obligación de pasárselo bien a toda prisa.

El ocio y los viajes se han convertido en la nueva religión de nuestro tiempo, y las agencias de publicidad y las redes son su evangelio. El que no hace cola en una autopista o no vive en sus carnes el puteo de los empleados del handling en su justificadísima reivindicación se pierde lo mejor de la vida. Es absurdo, pero muy real.

Que la Tramontana hace la pascua, pues ya amainará; que la Costa Brava se pone al 85% de ocupación –100% las noches de viernes y sábado--, qué se le va a hacer. Como el precio de la gasolina: seguro que terminará bajando; o no, qué más da.

El presidente de BlackRock, el fondo de inversión más importante del mundo, recriminaba el otro día a los periodistas por sus enfoques fatalistas de la realidad con el objetivo, decía, de vender más diarios. Larry Fink, que así se llama este hombre, tiene miedo de que los medios desanimen a los ciudadanos y los acobarden frente al riesgo y al gasto.

Debe ser un fiera en lo suyo, pero igual anda flojo en sociología porque si las noticias negativas sobre Donald Trump --que es lo que me temo que a él más le duele--, Irán o Israel tuvieran algún efecto en el comportamiento de la gente, nos quedaríamos en casa.

La nueva religión es más fuerte que todo eso. Puede que la pandemia del Covid le ayudara a captar devotos, pero una fe que asocia felicidad y turismo quizá tenga más que ver con una sociedad que no piensa demasiado en el futuro, que no le preocupa más que consumir. Cree que el futuro está asegurado porque las cuatro últimas generaciones de europeos no han conocido otro mundo que este seguro en el que vivimos.

Hace tiempo que las noticias sobre la buena evolución de la economía española no ocupan lugares destacados en los medios, donde la polarización política y las descalificaciones roban los grandes titulares. Solo las desplazan las amenazas y los bombardeos de Oriente Medio, pero aun siendo algo tan negativo no hacen mella en nuestro ánimo.

Al margen de los medios y de la opinión publicada, los ciudadanos nos informamos viendo las calles, las terrazas, los aeropuertos, los hoteles y el día a día. Internet termina de convencernos de que las cosas van tan bien que ni siquiera una saturación constatable como la que nos rodea es capaz de disuadirnos de ponernos al volante o subir al avión.