Imagen de la plaza de toros Monumental en Barcelona
¡Que viene el toro!
"La inquina de un sector del independentismo contra la tauromaquia deriva, en buena medida, de asociar la fiesta a lo español. Se la persigue, no por lo que pueda sufrir el toro, sino por su supuesta españolidad"
El 28 de septiembre de 2011 acogió la plaza Monumental la última corrida de toros en Barcelona. Torearon José Tomás, Juan Mora y Serafín Marín (nacido en Montcada i Reixac). Luego, nada. El Parlament aprobó una norma que las prohibía.
Se ha escrito mucho sobre los motivos. El principal de los aludidos era la crueldad hacia el animal. Jordi Portabella, que fue concejal por ERC, llegó a hablar del sufrimiento psicológico del bicho, aunque nunca pudo precisar en qué momento hubo un dios que les insuflara alma (psique, en griego).
Los republicanos son a la vez paladines antitaurinos y acérrimos defensores de los correbous en el sur de Cataluña. A veces con fuego en los cuernos.
Tal vez Portabella les convenció de que los toros sólo sienten si son de lidia o que dejan de sentir cuando se trasladan a las Terres del Ebre.
La inquina de un sector del independentismo contra la tauromaquia deriva, en buena medida, de asociar la fiesta a lo español. Se la persigue, no por lo que pueda sufrir el toro, sino por su supuesta españolidad.
Ahora mismo, en Barcelona hay una entidad que promueve recuperar las corridas, tras la anulación en su día de la prohibición por los tribunales. ¿Será por casualidad que ese organismo esté encabezado por alguien que, tras ser expulsado de Ciudadanos, milita hoy en el PP?
Esta misma semana se ha otorgado a Curro Vázquez el premio Nacional de Tauromàquia que el ministerio abolió. Para ello se han unido el Senado y los gobiernos autonómicos del PP.
Es lo que dice, más o menos, el refrán: dios los cría y en los toros (o contra los toros) se juntan.
Al final va a parecer que los toros son cosa de la derecha y su rechazo, patrimonio de una izquierda que, a falta de obreros a los que representar, se empeña en buscar nuevas banderas.
Un absurdo, porque las corridas, si no fuera porque están archisubvencionadas, ya serían una actividad residual.
Su suerte ha sido convertirse en banderín de enganche del españolismo de PP y Vox, y del padre de Felipe de Borbón, capaz de viajar de Abu Dabi a Sevilla para ver una corrida. Fue vitoreado por los asistentes.
Al independentismo este asunto le viene al pelo. Sirve para fingir que sus propuestas son de izquierdas.
Los festivales taurinos no son un invento español. Son una tradición mediterránea, como lo atestiguan mil mitos: desde el minotauro hasta la fundación de Cartago.
En Barcelona, en Catalunya, ha habido (y hay) no pocos taurófilos. Desde un torero tan famoso (no sólo por los toros) como Mario Cabré a una escritora tan catalana y catalanista como Maria Aurèlia Capmany.
La plaza de toros más antigua de Catalunya está en Olot y la más antigua de tierras en las que, poco o mucho, el catalán se utiliza o se ha utilizado, es La Arena, en Nimes.
Pero ¿de qué sirven los datos cuando uno ya tiene la opinión formada?
De modo que ahí están los amigos de Rufián (los de Cataluña y los del resto de España) frente a los toros y los de Ayuso, a su favor.
La ventaja de los segundos es que tienen las llaves de varias cajas. Pueden regar a los taurinos con dinero de todos.
La Comunidad de Madrid aporta este año unos 7,2 millones de euros más otros 3,1 millones que cuesta retransmitir los festejos por Telemadrid.
Castilla-León, Extremadura, Murcía y, faltaría más, Castilla La Mancha aportan otros cuantos millones para garantizar que haya toros que sean picados, banderilleados y estoqueados. Si no mueren, se les remata con el descabello.
Se comprende que haya gente a quien no guste la sangre, pero acudir a la plaza no es, de momento, obligatorio.
Cosa distinta es cómo se paga la fiesta y la insistencia en lograr que, si se acaba, no sea por dinero. Es mucho más urgente subvencionar las corridas que invertir en pisos protegidos o en la mejora de la sanidad pública.
Recoge Andreu Farràs, en su libro sobre los Güell, una anécdota atribuida a Antonio López. Un día perdió éste una cartera con 10.000 pesetas (equivalentes hoy a unos 50.000 euros) y algunos documentos. Al cabo se presentó en su domicilio de la calle de Portaferrissa un pobre hombre con ella, incluido el dinero.
Desastrado como iba, relató las muchas miserias que le habían caído encima. López le dio entonces las 10.000 pesetas y otras tantas que tenía en casa “para que usted pueda rehacer su vida”. Luego echó mano a un revólver que acostumbraba a llevar desde sus tiempos en Cuba y se lo dio también con la siguiente recomendación: “Y si fracasa… entonces péguese un tiro”.
No se conoce lo que fue del tipo, salvo que pilló el dinero. Como los taurinos. Triunfarán o fracasarán, pero con los bolsillos llenos.
Sólo por precisar: Antonio López sería un negrero, pero cuando daba dinero era del suyo.