El barrio de la Marina del Prat Vermell
El derecho a quedarse en BCN de Collboni: ¿tarea imposible?
"Barcelona, gracias a los proyectos del equipo de Pasqual Maragall a finales de los años ochenta y con los Juegos Olímpicos de 1992, se ha convertido en una gran ciudad internacional. Y eso implica una cara A y una cara B. Y la B no garantiza el derecho a quedarse. Más bien lo contrario"
Es un buen mensaje. Lo repite el alcalde Jaume Collboni en sus últimas intervenciones públicas. Esta semana lo hizo en el auditorio de Foment del Treball. El derecho a quedarse en Barcelona con el objetivo de retener a los más jóvenes, a aquellos ciudadanos que sienten la ciudad como algo propio.
Para que ese ‘derecho’ pueda ser alcanzable, Collboni insiste en que las administraciones públicas deben hacer todo lo posible para ofrecer una vivienda asequible. También señala que la ciudad debe ser amable, debe generar una calidad de vida notable y ello pasa por habilitar más zonas verdes y restringir la circulación a coches y motos.
De entrada se podría decir que el mensaje político es atractivo. Sin embargo, la intención de Collboni cae en contradicciones, y, además, hay elementos que no puede controlar la administración local.
Barcelona es hoy, todavía, una ciudad barata en el contexto internacional, y lo que ofrece --al margen de las mejoras que se puedan impulsar-- ya gusta a una población flotante que siente que la capital catalana tiene las dimensiones adecuadas y todos los servicios que se pudieran desear.
Barcelona no podrá asegurar ese derecho a quedarse. No puede porque ha triunfado respecto a otras ciudades del sur de Europa. No se puede dejar de lado, aunque los locales no lo vean así, que la ciudad es una gran urbe internacional, con un flujo de estudiantes, emprendedores, visitantes y población jubilada que la acabarán transformado de forma notoria.
Las medidas del gobierno local que dirige Jaume Collboni, como la restricción de los pisos turísticos, pueden ir en una línea adecuada, como hacen ya otras grandes ciudades.
Los turistas y visitantes –como ha sucedido siempre— disponen de una oferta hotelera. Quizá el déficit esté en los hoteles más modestos. Al no generar tanta rentabilidad, el capital no apuesta tanto por ellos y sólo hay proyectos para grandes hoteles de lujo.
La construcción de más vivienda en el perímetro urbano de Barcelona también es una buena respuesta.
Collboni repite que se decía que la ciudad no daba más de sí, que ya no se podría construir, y que eso se ha demostrado falso, que todavía puede crecer.
Sí, de acuerdo. En algunas zonas muy concretas. Lo veremos en La Sagrera, y en la Marina del Prat Vermell en la Zona Franca. También en los espacios de la antigua fábrica de Mercedes-Benz, en Sant Andreu.
Pero hay límites. Y en todas las operaciones urbanísticas, donde el sector público necesaria del concurso del sector privado –que necesita que sean rentables—los precios de las nuevas viviendas atraerán un público que, seguramente, no será el local. O éste, pese a desear esos inmuebles con todo el alma, no los podrá pagar.
Barcelona, gracias a los proyectos del equipo de Pasqual Maragall a finales de los años ochenta y con los Juegos Olímpicos de 1992, se ha convertido en una gran ciudad internacional. Y eso implica una cara A y una cara B. Y la B no garantiza el derecho a quedarse. Más bien lo contrario.
Otra cosa es que lo local, lo barcelonés, se entienda como lo metropolitano. Y el derecho a quedarse se traduzca en vivir y trabajar en la región metropolitana. Desde la comarca del Bages hasta Vilafranca. Pero quedarse en el municipio estricto de Barcelona, eso será muy complicado. Pese a la buena voluntad de Collboni.