Plaza del centro comercial Glòries de Barcelona / WESTFIELD GLÒRIES
‘Cruising’: un poquito de por favor
"Tengo la impresión de que si los heterosexuales enloquecieran y se dedicaran a practicar el sexo en baños, parques y arbustos seríamos puestos en nuestro sitio ipso facto, pero al colectivo gay hay que llevarlo en mantillas y permitir que sus miembros más delirantes intercambien fluidos donde les parezca"
¿A alguien le apetece ir al baño en algún lugar público y toparse con un montón de congéneres dedicados a comerse el rabo unos a otros? Juraría que no, pero el ayuntamiento de Barcelona no parece compartir mi opinión, pues le ha dado un portazo y una sonora negativa al PP local después de que éste propusiera incrementar la seguridad en espacios públicos para evitar espectáculos como el descrito unas líneas más arriba.
Al parecer, la propuesta de nuestra derechona era una muestra más de su proverbial intolerancia (teñida, claro está, de una indudable homofobia. ¿Qué será lo próximo? ¿Prohibir la sodomía en el Paseo de Gracia?).
Se dice que la libertad de cada uno termina donde empieza la de los demás, pero me temo que un sector del colectivo homosexual se está pasando por el arco de triunfo tan modélica sentencia.
El problema del cruising, que parece estarse extendiendo por la ciudad, encontrando lugares cada vez más insólitos (algunos baños del Hospital Clínico, sin ir más lejos) para su expansión, no tiene nada que ver con la homofobia, sino con la mala educación.
No se trata de decirles aquí a los cruisers que abandonen sus prácticas habituales, sino que aprendan algo de discreción de los heterosexuales y se desfoguen en casa, como hacemos (casi) todos.
Me contó una amiga que, estando en un centro comercial, a su hijo de ocho años le entraron ganas de orinar y que, al acompañarlo a los lavabos más cercanos, un segurata la abordó para decirle que mejor se llevara al crío a otro lado, dado que ahí se habían hecho fuertes los cruisers, que debían estar dedicados a lo suyo. Mi amiga le preguntó por qué no desalojaba el baño a porrazos, y el segurata, fatalista, repuso: “Qué más quisiera yo, señora”.
Es decir, que unos cuantos tíos en celo permanente pueden convertir unos lavabos públicos en una sauna gay y la autoridad competente no tiene nada que decir. Ya sé que, en esta época de víctimas ancestrales y ofendiditos varios, hasta la más elemental lógica puede ser interesadamente confundida con la homofobia, pero me parece que un sector del colectivo gay tiene una idea muy particular del concepto de tolerancia.
La afición gay a visitar urinarios viene de muy antiguo, pero lo de convertirlos en templos del placer es más reciente. Y el fatalismo del segurata que advirtió a mi amiga del espectáculo que le esperaba si entraba en aquel baño no me parece la mejor manera de abordar el problema.
En ese sentido, la propuesta del PP parecía de lo más razonable, pues solo consistía en la reivindicación de una obviedad: los baños públicos no se inventaron para la fornicación homosexual.
Pero a la derechona, hasta en las escasas ocasiones en que lleva razón, no hay que darle ni agua, así que la situación del pesado y cansino cruising seguirá igual o peor en Barcelona, gracias a la negativa del PSC a poner un poco de orden en el asunto, no le fueran a acusar de homofobia los amantes de urinario y los partidarios de chingar en el Paseo de Gracia (que también los debe haber).
Tengo la impresión de que si los heterosexuales enloquecieran y se dedicaran a practicar el sexo en baños, parques y arbustos seríamos puestos en nuestro sitio ipso facto, pero al colectivo gay hay que llevarlo en mantillas y permitir que sus miembros más delirantes intercambien fluidos donde les parezca. Lo cual recuerda un poco a esos imbéciles multi culti que, ante la ablación genital de las niñas, dicen que hay que respetar la cultura de quienes la practican.
O sea, querida amiga, que la próxima vez que a tu hijo le entren ganas de mear en un mall (o en el Hospital Clínico), dile que se lo haga encima, no vaya a molestar a los cruisers, nuevo colectivo a proteger, según nuestro ayuntamiento.