El alcalde de Barcelona, Jaume Collboni
Collboni y las ciudades como parapeto de la derecha totalizadora
"El propósito del equipo de gobierno de Collboni es que Barcelona pueda ser un actor en la escena internacional, que influya y que la ciudad constate que hay defensores activos de la democracia, que no se quedarán esperando cómo esa ultraderecha internacional acaba con los logros alcanzados tras décadas de lucha"
Un alcalde que clama frente a la derecha totalizadora. Tal vez un grano en la arena. Poca cosa. Da pie a algunas chanzas. Sí, eso sería lo fácil.
La idea de que los alcaldes no están para ofrecer discursos geopolíticos, y que, pese a la buena voluntad que se pudiera desprender, poco se puede hacer frente a los todopoderosos.
Sería lo fácil, y sería un tremendo error.
El alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, ha apelado este fin de semana a “organizar la esperanza de las regiones”, con el objetivo de que se convierta en votos para poner en pie mayorías nacionales que puedan parar a la derecha y que esta llegue a su fin, después de años en los que han querido socavar la democracia liberal tal y como se ha conocido en Europa tras la II Guerra Mundial.
Lo ha hecho en la última jornada del Global Progressive Mobilisation (GPM), la cumbre internacional que ha reunido a líderes de distintos países en Fira de Barcelona, en L’Hospitalet.
La intervención de Collboni llega después de la decisión del Ayuntamiento, anunciada esta semana de lanzar un premio de la paz dotado con 300.000 euros.
El propósito del equipo de gobierno de Collboni es que Barcelona pueda ser un actor en la escena internacional, que influya y que la ciudad constate que hay defensores activos de la democracia, que no se quedarán esperando cómo esa ultraderecha internacional acaba con los logros alcanzados tras décadas de lucha.
Se podrá considerar que es ingenuo. Pero esa es la ingenuidad. Atrapados como individuos en las redes sociales y en toda clase de artilugios (lo vio antes que nadie Susan George en sus ‘Informes Lugano’), no se han producido grandes respuestas colectivas.
El poder de un capitalismo desbocado, con gurús tecnológicos que señalan de forma abierta que la democracia “es contraria a la libertad”, (Peter Thiel), ha desactivado a una gran parte de la sociedad, que se muestra perpleja, pero que no sabe cómo responder.
Las ciudades pueden y deben ser actores políticos clave en la organización de esas respuestas. “Somos más de lo que nos quieren hacer creer que somos”, clamó Collboni.
Y es cierto. Pero lo primero es entender lo que sucede, conocer el proyecto de esa derecha internacional, que se despegó hace tiempo de la democracia liberal.
Existe una lucha sin cuartel para acelerar el capitalismo, para hacerlo más productivo, para poder competir por la hegemonía frente a China. Y eso implica una sociedad más controlada y vigilada. Y con pocos derechos sociales.
El argumento es que nos jugamos la civilización occidental frente a la dictadura china. Pero el camino que se sigue tendrá unas consecuencias similares a lo que sucede en el viejo Imperio del Centro.
Es inadmisible que esos partidos tan nacionales, como Vox, sigan en la estela de la ultraderecha húngara –derrotada hace una semana en las urnas—o de la dictadura rusa o de la ultraderecha que representa Trump.
Y las cosas pueden comenzar a cambiar a partir de la entereza y de la lucha de los ciudadanos que viven en las grandes urbes internacionales. Y Barcelona es una de ellas.