Bicicletas de Bicing en Barcelona
¡Cuán largo me lo fiáis!
"En el entorno metropolitano conviven el Bicing barcelonés con el AMBici del Área Metropolitana. Como si los habitantes de Barcelona y de L’Hospitalet y otras poblaciones no cruzaran sin sentir los límites de cada ciudad. Vistos los inconvenientes que esto supone para los usuarios, se ha decidido unificarlos en el horizonte de… ¡2030!"
Que el tiempo no pasa con la misma velocidad para las administraciones públicas que para el común de los mortales es más que evidente. Los gobiernos toman cada día decisiones que supuestamente mejoran las condiciones de vida de los ciudadanos, pero que empezarán a aplicarse en un futuro lejano.
En el entorno metropolitano conviven el Bicing barcelonés con el AMBici del Área Metropolitana. Como si los habitantes de Barcelona y de L’Hospitalet y otras poblaciones no cruzaran sin sentir los límites de cada ciudad.
Vistos los inconvenientes que esto supone para los usuarios, se ha decidido unificarlos en el horizonte de… ¡2030!
En los cuatro años que faltan habrá estudiantes que hayan terminado la carrera (o abandonado los estudios), gente que se haya mudado a otra vivienda (y tal vez a otra población), para no hablar de los que puedan cambiar de empresa o lugar de trabajo.
Cuatro años para un ayuntamiento no son nada. Para una persona, casi media eternidad.
Ninguna empresa privada tardaría tanto tiempo en aplicar un cambio que beneficiara a sus clientes. Que pueda (y por cuestiones legales deba) hacerlo la administración pública es un sinsentido y da alas a los liberales que sostienen que lo público funciona siempre peor que lo privado.
Las razones para el aplazamiento están relacionadas con las concesiones a las firmas que ahora gestionan el servicio. Pero también con la falta de previsión inicial, derivada del absurdo que supone la división territorial metropolitana.
Valga una comparativa: la ciudad de Barcelona tiene una extensión de 101 kilómetros cuadrados, con 1,7 millones de habitantes, frente a los 604 km2 de Madrid, donde viven 3,5 millones de personas.
Las cifras son distintas si se compara la ciudad de Madrid con el Área Metropolitana de Barcelona: 636 kilómetros cuadrados y 3,4 millones de habitantes.
Allí hay un único alcalde, con un único pleno, frente a los 36 de AMB.
La división territorial napoleónica es una losa para el conjunto de las poblaciones metropolitanas, pero los intereses particularistas empujan en la dirección contraria: hay hoy peticiones para que una parte de una localidad se convierta en municipio independiente, pero no en sentido contrario.
El resultado es que el diseño de grandes infraestructuras (carreteras, ferrocarril, movilidad, vertederos, zonas industriales, universidades y hospitales, incluso vivienda) topa con la exigencia de cada alcalde y acaba haciéndose sin una visión global. Si se prefiere; disfuncionalmente.
Y con el añadido de dilaciones sin fin en las tramitaciones.
El caso más escandaloso es el de las ayudas a la dependencia. El Gobierno de Salvador Illa ha anunciado la concesión de ayudas de hasta 200 euros mensuales y, lo que es más importante, la reducción del tiempo que necesita la burocracia para reconocer que una persona es dependiente.
En estos momentos, la media es de 397 días, frente a los 180 de máximo que establece la ley.
Estos 13 meses de espera son apenas nada para el responsable gubernamental, pero resultan desesperantes para quienes necesitan incluso tan menguada ayuda.
Para alguien que supera los 80 años, 13 meses pueden ser el resto de su vida.
El pasado año fallecieron en España, más de 32.000 personas, la mitad esperando ser declaradas dependientes y el resto con la dependencia reconocida pero sin haberle sido otorgada la ayuda.
Las decisiones del Gobierno catalán van en buena dirección, pero se quedan cortas porque la situación heredada ya era crítica.
Es lo mismo que pasa con los trenes o las carreteras o la sanidad: estaban tan al límite por años de recortes (en Catalunya el pionero de las rebajas fue Artur Mas) que cualquier percance amenaza con colapsar el sistema.
Quede para otra ocasión hablar del tiempo en la judicatura, que actúa con gran celeridad en algunos casos (Ábalos, Begoña Gómez) pero resulta mucho más que lenta en otros (Kitchen, Montero, Pujol y los que afectan a la derecha en general). Y es que sus señorías, ya se sabe, comen en mesa aparte, de modo que no les afecta ni el reloj, ni el calendario.
Miran al tiempo como si fueran inmortales.
Aunque conviene recordar que Gulliver, tras haber partido de Liliput, prosiguió sus viajes por otros mundos, llegando al país de los inmortales donde a veces, nacía un niño destinado a la inmortalidad. Johnathan Swift señala que no era una bendición sino una desgracia. Y se comprende, ¿quién quisiera tener inmortal en casa?