Me lo descubrió, a principios de los años 80, mi amigo Javier Ballester, en arte Montesol, dibujante de comics con el que hice un par de álbumes a principios de esa décadaLa noche de siempre (1981) y Fin de semana (1982)– y una tardía secuela cuarenta años después –Cuando acaba la fiesta (2022)–, que pasó totalmente inadvertida, no sé si por la ineptitud y la cachaza de la editorial que lo publicó o si porque Monte y yo nos habíamos convertido ya en un par de has beens de la historieta.

Me lo vendió como una especie de último café, de reliquia de otra época, alabándome una botella de coñac cubierta de polvo que destacaba en la estantería situada detrás de la barra. Allí quedábamos para hablar de nuestras cosas en un ambiente retro que nos resultaba, vaya usted a saber por qué, muy querencioso (quizás era una manera de dar momentáneo esquinazo a los híper modernos bares de copas donde pasábamos las noches).

Lo redescubrí a finales de los años 80, al regreso de una estancia en Madrid, trabajando para un semanario del grupo Prisa, El Globo, que acabó –perdón por el chiste malo– pinchando, ¡y con todo merecimiento! (yo había dimitido antes porque el ambiente me resultaba irrespirable, y elegí para hacerlo el día que me redujeron una entrevista con Wim Wenders de diez folios a dos, que el lector, al parecer, no estaba para ladrillos).

EL BAR BAUMA

Buscando un sitio para vivir, acabé heredando el apartamento de un amigo que se trasladaba a una ciudad del este de Europa por motivos laborales, un pisito absurdo –y feo: era de Núñez y Navarro– en el que la cocina, enorme, ocupaba más espacio que el resto del habitáculo, que consistía en un estudio a una gran cocina pegado y un baño como de casa normal (la cocina y el baño eran los de un apartamento común, pero el resto era como una sala de estar: nunca llegué a entender qué se le había pasado por la cabeza al arquitecto, en caso de que lo hubiera, pero aguanté ahí un par de años).

Puede que, debido a las dimensiones del zulo, me pasara la vida en el bar Bauma, que estaba a la vuelta de la esquina y que no tardé mucho en convertir en mi cuartel general multitasking: ahí se podía desayunar, tomar el aperitivo, comer, merendar, cenar e inflarse a copas hasta la hora de irse a dormir si no me sentía especialmente sociable y/o moderno. Me gustaba especialmente la marquesina de la entrada, donde veías pasar a la gente a cierta distancia mientras te embriagabas con los tragos que te servía el sentencioso Marcelo, que en paz descanse. Las noches de lluvia, te sentías como en el bar de un buque enfrentado a los elementos. Pasé grandes momentos, solo o en compañía, en aquella marquesina.

Exterior del bar Bauma, en el Eixample de Barcelona / ARCHIVO

LUGAR DE ENCUENTRO

Cuando cambié de zona en 1992, seguí frecuentando el Bauma y utilizándolo, por defecto, como sitio en el que quedar con amigos o con personajes entrevistables (ahí me excedí un poco, pues el fotógrafo se tenía que estrujar las meninges cada vez más para dar con un encuadre que no se hubiera adoptado ya cien veces). Cuando mi difunto amigo Jordi Sabatés pasaba por Barcelona, quedábamos en el Bauma para comer y despotricar del prusés, aunque para entonces, el ayuntamiento ya había hecho demoler mi querida marquesina y situado la terraza al final de la acera, lo más cerca posible de los coches que pasaban por la esquina de Lauria con la Diagonal.

A cambio, cada vez que ibas de la terraza al interior del bar (para pagar, mear o lo que fuera), se te concedía el privilegio de ser atropellado por un ciclista o un skater (Joan de Sagarra, cliente habitual del establecimiento, presumía de haber hecho caer a un ciclista atorrante metiéndole el paraguas entre los radios de una rueda: no sé si es verdad, pero suena a justicia poética).

CIERRA SUS PUERTAS

Me acabo de enterar de que el Bauma cierra sus puertas y renacerá convertido en otra cosa, no sé cuál. Me da una cierta pena por mi relación sentimental con el establecimiento, pero, tranquilos, no les voy a soltar el típico rollo nostálgico y viejuno sobre los sitios que desaparecen y con ellos, el espíritu de una Barcelona que se va difuminando. Sé que las ciudades cambian, aunque, tal vez debido a mi edad, suelo pensar que a peor. Igual abren un bar para guiris o para moderniquis, o una cafetería modelo Williamsburg, o un Mango, o vaya usted a saber qué.

Francamente, que sea lo que Dios quiera. Mi tristeza, en cualquier caso, es de índole moral y nostálgica: fui feliz (a ratos) en el viejo Bauma de aquella marquesina que algunos columnistas intentamos salvar sin éxito (el mismo que cosechamos ciscándonos en los acartonados pegotes de Subirachs para la Sagrada Familia).

Me he quedado sin bar en el que quedar by default, pero lo conservo en la cabeza de cuando me fue útil para huir de un alojamiento absurdo. Hace años que no bebo y que no había marquesina en el Bauma. El gran Marcelo murió hace años. La comida nunca fue gran cosa, pero daba lo mismo: yo ahí tuve, como suele decirse, un hogar lejos del hogar (o, mejor dicho, un hogar al lado de una enorme e inútil cocina). Y siempre me quedarán, en algún rincón de la sesera, aquellas noches de tranquila borrachera en mi mesita de la marquesina, viendo y oyendo caer la lluvia, mientras se me ocurrían ideas geniales que a veces apuntaba en servilletas de papel (para comprobar, a la mañana siguiente, que se trataba de genuinas chorradas, si es que era capaz de entender mi propia letra).

Fue bueno mientras duró, como se dice en estos casos.

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